Esa mujer madura que ves ahí con saco de lana, vestido sastre en cuerpo enjuto, medias para el frío y zapatones de caucho, se llama Rosita. Hubo un tiempo en que fue la soltera más linda y deseada del país, pero las cosas le cambiaron. La pretendieron jóvenes ricos, apellidos notables anduvieron a la caza de sus favores sentimentales porque su cuna, su genealogía o el valor de pertenecer a su círculo, hacían de ella un trofeo que valía la pena ganar. La nobleza de su procedencia contrastaba en gran medida con la humildad de su carácter apacible, entregado a los demás. Al comienzo para sus padres fue un juego el hecho de que la niña regalara sus mejores ropas, sus juguetes o sus útiles escolares a los hijos de los empleados, o que de un momento a otro hiciera detener el automóvil para regalar dinero a quien, según su criterio de niña, lo necesitara.
Ellos poco se preocuparon. No les faltaban las cosas que regalaba y después de todo, querían que fuera feliz. Tenía aptitudes de santa, ¿qué mejor honra para la familia? Los años pasaron. El concepto de Rosita ante la vida no varió, pero ella sí se hizo mujer, sensuales líneas definieron su cuerpo, la gracia del rostro reflejó la de su alma y fue entonces cuando toda su clase la vio como algo codiciable. Muchos quisieron llegar a su corazón por ser la mejor vía hacia las arcas paternas, pero ella no miraba hacia las alegrías juveniles. Su deseo era participar activa en el engranaje social de su país, por lo cual aún joven se inscribió como estudiante de sociología. Pronto fue alumna avanzada en las aulas, en los trabajos de campo con la gente en la calle y para muchos causó gran sorpresa el escándalo que cambió su vida y su futuro.
Las páginas sociales, con fotos y grandes titulares, anunciaron que la hija de uno de los más acaudalados y respetados industriales de la nación, mantenía relaciones con un guerrillero recluido en la Penitenciaría Nacional. En estos casos, los enemigos son implacables y los de su padre no eran la excepción. Los ataques fueron desleales, todos querían leña del árbol que cayó, pero la peor reacción para ella fue la de su familia con sus rostros indignados, amenazantes, los índices señaladores y la decepción en sus argumentos. Por su parte, expuso razones. Justificó, propuso, cuestiono y al final se encerró en un mutismo que rompió al no resistir más señalamientos. Aquel día, desde la terminal de transportes anunció por teléfono su decisión de irse para el monte a luchar por sus ideas o si ellos lo preferían, a luchar por su amor.
Rosita y Claudio se conocieron diez años atrás, en uno de tantos trabajos sociales en los barrios pobres. Desde el primer momento los ojos negros de él, sus pestañas y cabello largos, la rebeldía y sobre todo la cuestionadora agresividad de su palabra, calaron en el corazón de la joven. Era un dirigente comunal comprometido, miembro del partido liderado por un ex general de la república al que consideraban la mejor opción para mejorar la situación de su pueblo.
Juntos leyeron a Marx, a Rousseau, a Mao; lloraron las muertes de Camilo Torres y del Che Guevara, disfrutaron las canciones de Piero, Serrat, La negra Mercedes o Atahualpa Yupanqui y cedieron ante la ansiedad de su carne con un amor libre, sin principio ni fin. Juntos, como habrían de ser todas sus cosas desde entonces, resolvieron combatir el sistema cuando un fraude electoral acabó las aspiraciones de su partido. No fue difícil vincularse al movimiento, pues de sobra era conocida su entrega por la causa. Para Rosita tomar ese camino, significó aceptar que los suyos ya no lo eran y que para luchar estaba tan sola como su Claudio, a quien apoyó en la clandestinidad de sus tareas políticas al principio y de guerra después. En una de estas últimas, cayó preso, fue torturado, juzgado y condenado a veinticinco años de prisión. ¿Cómo no verlo? ¿Cómo renunciar a su presencia y su verbo rebelde? No tuvo que pensarlo mucho para decidir que iría a visitarlo y fue en una de las visitas dominicales cuando un periodista la reconoció y se encargó de difundir la historia.
Rosita soportó como pudo las ofensas, los comentarios irónicos, las lágrimas de su familia y el mismo interrogante fastidioso: “¿Por qué lo has hecho? Si te lo hemos dado todo. ¿Por qué?” Nadie imaginaba que lo más repudiado por ella era ese todo que no podía compartir con la gente de Claudio, la misma que sentía suya. A pesar de ser mujer joven, era madura en sus concepciones. Por eso no soportó que sus padres, sin consultárselo, resolvieran enviarla fuera del país donde jamás volvería a ver los ojos que la enamoraron. Con escaso equipaje y su verdad en la mano, habló por última vez con su familia desde un teléfono en la terminal y emprendió el camino hacia las montañas para asumir la guerra y convertirse en la mujer más buscada del país.
Durante ocho años, alternó el combate con las epístolas de amor a su hombre e insistió después de cada triunfo o de cada derrota sobre la necesidad del rescate hasta que las circunstancias bélicas obligaron al grupo a intentarlo. El operativo, fue un desastre político y militar por las bajas inútiles y por los presos de guerra que engrosaron la lista del gobierno donde figuró desde entonces Rosita, condenada a diez años. Años de reflexión, cartas de prisión a prisión, promesas y recuerdos. Todas las noches cuando la reja dejaba en el aire los últimos sonidos, ella evocaba las jornadas sociales, los mítines comunales, pero sobre todo la tarde cuando el padre Camilo, la relacionó con Claudio.
Recordó que él la rechazó por ser una niña rica que nunca entendería el dolor de su pueblo. Ella lo confrontó para decirle que: “si bien mi hambre no es la misma, sí es igual mi ansia de justicia social, mi indignación ante la miseria de tantos y la opulencia de tan pocos”. Recordó que le dijo: “ególatra y machista. Ese al que usted llama suyo, también es mi pueblo y ojalá Dios permita una oportunidad para demostrar cuál de los dos lo quiere más”.
En efecto, Dios, en la persona del padre Camilo se la dio. El clérigo, consciente de la capacidad de trabajo de la pareja, les asignó la misma zona donde entre discusiones, competencia por el liderazgo y mucho trabajo social, se impuso el amor. Fue algunos años después, cuando el movimiento cambió la guerra por la plaza pública y las armas por los discursos, que ambos se supieron traicionados porque en las listas de amnistiados no figuraban sus nombres. Esto los obligó a cumplir la condena sin rebajas ni beneficios del caso.
No fue lo único que debió superar Rosita. También tuvo que hacerlo con la existencia de otra mujer en la vida de Claudio. Este nunca dejó de quererla, pero para que un hombre soporte tantos años de encierro debe contar con compañía femenina, aunque reemplace durante diez años la presencia añorada con la de aquella compañera de guerra que estuvo a su lado mientras ella cumplió su condena.
En la encrucijada que era su vida, en momentos en que a su hombre le restaban siete años de condena, perdonó, abrió otros caminos y de nuevo juntos se comprometieron a demandar las torturas que veinte años atrás hicieron de Claudio un hombre estéril. Por otra parte, vaya paradoja, debía agradecer que este hecho no le permitió a él embarazar a la amante que lo acompañó durante su ausencia. La labor fue ardua pero aguerrida. Al final, cuando lograron el veredicto a su favor, estaba terminando él la pena impuesta, treinta y tres años después, desde la tarde en que juntos le pidieron a Dios una oportunidad para demostrar cuánto querían a su pueblo. Ahora, Rosita, enfundada en su vestido sastre y su saco de lana, espera tranquila la salida de su amor, mientras que yo, que hace tantos años me interesé por su historia para usarla en mi periódico contra su padre, decidí que ella, su hombre y su historia, son un ciclo que no tiene por qué repetirse.