La pérdida de un ser querido es uno de los dolores más grandes que puede sentir una persona, pero también una oportunidad para que el legado de quien parte perdure para toda la eternidad. El célebre escritor portugués José Saramago diría que “la muerte no es más que el efecto de una desorganización”, porque efectivamente todo el contexto alrededor de la persona que se va de este plano siente un dolor inconmensurable, aunque de él debe nacer la fortaleza para que la vida que ha trascendido sea recordada perennemente en objetivos y acciones por un mejor mañana. El llanto por la ausencia, luego de la reflexión, emerge como una gran energía de cambio.
En ese sentido, es claro que la sociedad quindiana, la comunidad académica, la Corporación Universitaria Alexander Von Humboldt y todo su cuerpo docente y administrativo aún se encuentran conmocionados por el suceso acaecido el 24 de mayo de mayo en el puente helicoidal, jurisdicción del municipio de Calarcá, Quindío. Este accidente que cegó la vida de 7 estudiantes, 2 docentes y un funcionario del área administrativa genera un doloroso aprendizaje de lo frágil que es la naturaleza humana, pero al mismo tiempo se erige como una responsabilidad para todos los actores del conocimiento encaminada a hacer lo necesario para evitar nuevas tragedias. Las sonrisas, las conversaciones y las aulas de clase ya no tendrán a nuestros compañeros, pero su amor por la sabiduría y por un mejor mañana deben ser el motor de una nueva página de nuestra historia.
Este siniestro robó algo muy preciado para todos, pero no nos quitó la libertad para tomar de quienes partieron sus mayores anhelos y hacerlos propios. En palabras de García Márquez la muerte sería como una estructura que “parecía ocupar un ámbito propio, un especio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las costumbres de los pájaros”, por lo que detendría el tiempo. Sin embargo, no podemos permitir que el llanto nuble lo más precioso de las vidas que se fueron y son los sueños que motivaron sus decisiones académicas. Cada uno de ellos tuvo un motivo para profundizar en las ciencias de la ingeniería y, por ende, es labor de la institucionalidad hacer realidad esas metas.
Los profesores que acompañaron la visita cumplieron su rol hasta el último instante. Ellos fueron ejemplo de tenacidad aún en las peores circunstancias. Todo el tiempo pensaron en sus estudiantes, pese a que, no estaba a su cargo ni bajo su dominio la resolución de la situación de riesgo. Su vida, hasta el último instante, refleja sacrificio, entrega y una vocación de servicio. Se trata de una herencia valiosa para toda persona que ingresa o ejerce el mundo de la docencia.
Saramago en el “Ensayo sobre la ceguera” indica que por el temor a la muerte “siempre buscamos disculpas a los muertos”, pero a nuestra comunidad no le asiste temor, sino la valentía por hacer realidad lo que nuestras víctimas querían. Todos los quindianos y la academia no buscan justificaciones, sino oportunidades para ser más fuertes luego de este lamentable acontecimiento. No hay palabras para acompañar las tragedias que viven las familias, la consternación que tenemos todos los que estamos vinculados con la universidad, pero desde ya debemos sacar la fortaleza para construir las oportunidades que demandaban nuestros muchachos y las enseñanzas de los docentes fallecidos. Todos ellos reflejaron lo mejor del salón de clases y es nuestro trabajo potencializarlo y hacerlo mejor cada día. De esa manera la muerte será un sinónimo de vida eterna. Estamos de duelo, sin duda, pero la resiliencia y la esperanza son el camino frente a esta dura adversidad.
Mis sinceras condolencias a las familias afectadas y a toda la comunidad académica.