Francisco A. Cifuentes S.
“Aviente cuchillo Evelio, que el alcalde dio permiso”. (Expresión de La Loca Emilia en La Tebaida Q)
El denominado “Totalitarismo Semántico” siempre ha existido, pero evidentemente se ha exacerbado en la actualidad con la utilización de palabras, categorías, lenguajes y relatos con intenciones de control social, cultural y político. Con ello se fabrican, se venden y se imponen verdades; se descalifican otras personas, grupos y sus expresiones identitarias y, estos discursos viajan a través de las redes individuales, de los agenciamientos publicitarios de ciertos micropoderes y qué no decir de las plataformas de poderes políticos, institucionales o corporativos más abarcadores y supuestamente creíbles. Y con lo cual se construye y se manipula la opinión pública.
Con este control del vocabulario y la gramática se trata de imponer una única narrativa que incide en el campo educativo, en la propaganda política, en los movimientos sociales y religiosos y con todo lo anterior se contribuye a la deshumanización de la persona, de ciertas colectividades, de algunas nacionalidades, de regiones geográficas y culturales enteras y de los oponentes políticos a presidentes, gobiernos, sistemas y Estados.
Generar emociones, captar audiencias, naturalizar exclusiones, fomentar autocensuras, crear dependencia informativa y generar conductas, ambientes y hechos violentos hacen parte de los dispositivos y agenciamientos para el ejercicio de los poderes en varios ámbitos sociales, culturales y políticos.
Por su parte el maniqueísmo según el Diccionario de la RAE es “una religión sincrética fundada por el persa Manes en el siglo III, que admitía dos principios creadores en constante conflicto: el bien y el mal”, con lo cual se ha permeado toda la cultura occidental deviniendo en una separación y una calificación tajante de todo lo humano en bueno y malo, hasta convertirse en una expresión peyorativa para desestimar personas, grupos y discursos.
Los paisajes literarios más oscuros y enmarañados se nutren de las calificaciones de la doxa de las élites y también de toda la paremiología del pueblo llano cuando se introducen y naturalizan algunos dichos que ya están entronizados en la memoria lingüística de las sociedades. Aquí sólo nos vamos a referir a casos de casos para tratar de ilustrar este tipo de configuraciones que ya están en las huellas de la tradición y otros que recién aparecen con toda su carga de sentido y de violencia simbólica, verbal e incluso física.
La indiamenta y negramenta

Para ilustrar esta línea de reflexión es bueno sacar a relucir los siguientes ejemplos: En mis primeros años escolares alcancé a escuchar cuando alguien se refería a “los memes de La Tebaida”, a otra persona mestiza o a otro amigo más o menos duro para el estudio, calificándolo así: “indio tenía que ser” y con esa carga de negativismo se aplastaba al estudiante regular y de paso se revivía la descalificación histórica frente a los pueblos originarios. Así mismo para referirse a una aglomeración popular las élites blancas decían “esa indiamenta”, con ese tono cargado de desprecio que aún se escucha en los clubes sociales.
Cuando estudié con “el Negro Viveros” y compartí algunas de sus pilatunas muchas veces oí gritarle “negro tenía que ser” para tratar de desconocerlo o humillarlo; pero ya estaba en la tradición este refrán mucho más duro: “El negro si no la caga a la entrada, la caga a la salida”, lo que ahora le están endilgando los nuevos blancos del poder, en alianza con los tradicionales, a la vicepresidenta Francia Márquez
Pero este totalitarismo semántico es muy viejo. Existe una anécdota muy famosa en la cual se cuenta que alguna vez en los años cuarenta se encontraron en el mismo andén el dirigente conservador Laureano Gómez y el caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán y en esos espacios estrechos del tradicional Barrio La Candelaria el primero dijo “yo no le doy el andén a un negro hijueputa” y siguió adelante, pero el segundo sencillamente dijo “en cambio yo sí”. Ambos eran políticos, ambos se disputaban el poder y ambos eran de tez morena, el uno rico y el otro pobre. Pero un calificativo de ese talante pretendía acabarlo todo.
En los paseos rurales del bachillerato solíamos llegar a una molienda de caña para sacar panela y era normal que el capataz blanco le dijera cariñosamente “negramenta” a su grupo de trabajadores; pero es muy distinto cuando se califica a un colectivo humano como “esa negramenta”. De todas formas, ambas voces provienen de un esclavismo ya histórico que ha permeado todo el lenguaje de la sociedad. Esto ha llegado hasta el colmo de pretender desconocer las calidades humanas y profesionales de un abogado “de color” cuando ya ha ascendido a Presidente de la Corte Suprema de Justicia de Colombia, absurdamente diciéndole a todo el país que “no es posible que un negro sea conservador”; frente a lo cual cabe preguntarnos: ¿las personas afrodescendientes tienen que ser liberales o comunistas? ¿Solo los abogados blancos pueden ser conservadores? En fin, no es necesario explayarnos en respuestas y sólo basta decir que ese es todo un exabrupto histórico e ideológico que esconde muchos complejos y equivocaciones doctrinarias.
Maniqueismo político

Si en la presidencia no escampa, en mi casa no dejaba de llover. Mi madre que fue de las Juventudes Gaitanistas de Rionegro Antioquia y fundadora del Movimiento Revolucionario Liberal de La Tebaida Quindío, solía decir: “No hay godo bueno ni aguardiente malo” sacando a relucir el más craso maniqueísmo político que hoy tiene nuevos y viejos dichos. Pero mi gran amigo Alexander Girón Torres Presidente del Centro Local de Historia de La Tebaida y “liberal de raca mandaca” llegó a escandalizarse cuando me vio leyendo el libro “Miguel Antonio Caro: vida y obra” del historiador Marco Antonio Díaz; pues no podía entender que mi espíritu humanista también debía consultar los gramáticos, poetas y políticos de la Regeneración sin necesidad de adherirme a sus postulados. De paso, debo apuntar que orgullosamente tengo amigos “mamertos” y amigos “godos” muy buenas personas y que la condición de “ilustrados” no se le puede dejar sólo a mis amigos liberales. Pues calidades humanas e intelectuales he hallado en personas de muy diversa condición política o religiosa.
En la condición sexual
En otra faceta milenaria de la condición humana en el Instebaida fuimos muy respetuosos, pues compartimos todo el bachillerato con dos amigos homosexuales muy distinguidos en la política, primero como comunistas y después como liberales, sin que les endilgáramos ningún calificativo excluyente. Pero valga decir que “era normal” decirles a otros personajes “maricas”, “cacorros”, “amachadas” y “areperas” por su filiación sexual haciendo uso así de palabrejas tradicionales que denotan todo el poder de la ignominia.
Comunistas y guerrilleros
Durante el Movimiento Estudiantil y Cultural de los años setentas y ochentas “era normal” que nuestros padres, los políticos de turno y gran parte de la sociedad tradicionalista nos denominara simplemente “comunistas” para descalificar la protesta juvenil y someter a los muchachos al escarnio público. Pero también se han escuchado otras voces en ese mismo tono al graduar de “guerrilleros” y “guerrillos” a muchos dirigentes sociales que no militan en la extrema izquierda. Y algunos personajes que sí han abrazado las armas y otros que simulan heroísmos trasnochados les gritan a sus críticos “Guerrilleros del Chicó” y “Guerrilleros de café” para no reconocerles su condición rebelde, aunque no necesariamente armada.
Todo lo anterior me hace recordar las famosas 60“Cartas Pastorales de Monseñor Miguel Ángel Builes” sobre la apostasía, el orgullo, los peligros del progreso, el socialismo, el laicismo, el liberalismo, la embriaguez, los atentados de la masonería, los carnavales, el neopaganismo, el marxismo y temas misioneros y eclesiásticos, donde se combina el análisis profundo desde la filosofía y la teología con la diatriba más radical contra el pensamiento divergente. Hoy, sin esa agudeza de análisis todo se descalifica de parte y parte y los influencers son los teóricos más connotados y las bodegas son las bibliotecas más consultadas.
El regionalismo colombiano
Ya hablando de regionalismos, entre los bogotanos de las universidades donde estudié y trabajé, escuché varias veces decir “no hay paisa bueno”, “paisa ni grande ni pequeño” y “los paisas no son una peste, son un virus universal”, claro, eran los tiempos de la guerra entre los carteles de Medellín y Cali y, también en la capital sonaban las bombas en los CAI, supermercados y en el DAS. Pero, qué culpa teníamos nosotros, aunque ese lenguaje nos cobijara de manera excluyente.
El pueblo o el populacho
Con el pueblo y la palabra “pueblo” si que se han hecho usos, maltratos físicos, simbólicos, lingüísticos y utilizaciones políticas con fundamento algunas veces y otras sin ningún argumento teórico; pero casi todo ese arsenal se ha utilizado como instrumento de dominación económica, ideológica y política por parte de populismos de derecha y populismos de izquierda. Ahora se le invoca como un grupo social bien diferente al resto de los estratos socio económicos, de las antiguas clases, castas y élites. ¿Pero será un grupo diferente del proletariado, del campesinado, de los estudiantes, de los empleados del sector terciario, de los funcionarios públicos, de los pueblos indígenas, de los inmigrantes? ¿Qué se quiere construir con ello y que se desea aislar y para qué?
Existe un peligro ideológico al tratar de seccionar económica y políticamente la sociedad sólo en dos bandos: el pueblo y el resto; pues esto permite definir el discurso de odio, las acciones de enfrentamiento y justificar la sublevación de un sector contra otro, dejando atrapada a la clase media o a muchos sectores y estratos y tener que elegir una condición que no es la suya. Y estos son parte de los antecedentes de más de una dictadura y tratar de arreglar por lo bajo todos los problemas de la sociedad, para quedar todos sumidos en la pobreza y así ejercer mucho más fácil la dominación por parte de una élite salvadora, llámese Troika, Comité Central, Familia Gobernante, Partido Único, Dictadura del Proletariado o Dictadura del Pueblo. Y así se sigue jugando con la “plebe”, la “gentuza”, el “populacho”, los “de abajo” o los “naides”; argumentado unos que se trata de “la voz del pueblo” y otros que es “la voz de Dios”. ¿Quién determina cuál es esa voz y quién la emite? Este sería un caso de manipulación fonética que simplemente esconde evidencia la manipulación de masas.
Parece que todos recurren a las masas y, en efeto, parece que todo es una sola masa informe; pero algunas visiones políticas la engloban y se vale de ella para construir su campo y su objeto de acción, desconociendo los otros fenómenos y las otrasvoces. Gran parte de esto se ha tratado en obras ya famosas: muy conocida “La rebelión de las masas” de Don José Ortega y Gasset, menos leídas “Masa y Poder” del premio Nobel de Literatura Elías Canetti y “Psicología de las masas” de Sigmund Freud, pero todas ellas esclarecedoras para quienes deseen ahondar en el fenómeno.
Don Nadie
De otro lado son muy conocidas las siguientes expresiones propias del refranero popular: “todo lo del pobre es robado”, “es un Don Nadie” o “es una caranga resucitada” para descalificar y desconfiar del ascenso social de algunas personas “hechas a pulso” por encima de las normales dificultades del sistema capitalista. Así se presenta la fenomenología del totalitarismo semántico de un lado o de otro para calificar, posicionar o destruir al Otro, a los Otros.
La cultura cafetera y la cultura traqueta
En Colombia y en el Quindío se habla de “la cultura cafetera”, “la narcocultura” y de una simbiosis de ambas. En este terreno económico y cultural surgen los calificativos de “traqueto”, “narco” y “duro” para referirse a los más sobresalientes en el negocio ilícito de las drogas, estableciendo una separación entre “narcotraficantes” y “micro traficantes”, entre “lavaperros” y “jíbaros” y “campaneros”. Pero todos al unísono descalifican al consumidor, del cual proviene su riqueza, nombrándolos simplemente como “drogo”, “marihuanero”, “periquero”, “chirrete”, “bazuquero” o “pegantero”. Y todos los anteriores, al que no consumo y tiene el valor de mantenerse al margen de este fenómeno tan apabullante lo despachan como un“caballo”. Los eufemismos son tan grandes y risibles que algunos áulicos del poder osan en calificar a Antonio Caballero (después de muerto), el más grande columnista del país, como un “burro viejo”, desconociendo su profundidad, cultura y acidez para tratar los problemas nacionales.
El ají, la mermelada o la comisión
Otro campo en el cual los colombianos hemos sido duchos en jugar con las palabras y desde la misma presidencia de la república fabricar un relato que cada día es más natural, es en el fenómeno de la corrupción. Se le atribuye a Turbay Ayala las famosas frases que rezan así: “Hay que democratizar la corrupción” y “hay que reducir la corrupción a sus justos términos”; lo que se ajusta muy bien a cierta cultura nacional en la cual salen a relucir términos ya adoptados por los medios de comunicación, los círculos políticos y muchos ciudadanos: “El ají”, “el cvy” o “cómo voy yo ahí”, “la tajada”, “la torta”, “la mermelada” “la repartija”, “el porcentaje”, “la comisión”, “la liga”, la“tributación paralela” y la “nómina paralela”. Se trata nada más ni nada menos de los distintos retratos del robo para normalizar enunciaciones y realidades que atentan contra lo público y lo legal.
La narrativa de los políticos

En el ejercicio de la representación y la gestión de la polis, de la democracia en sus variables y en sus acentos, se ha acuñado la categoría “política” como “politiquería”, se han autocalificado ciertos políticos como “los decentes”, otros como los protagonistas de “la salvación nacional” e incluso los colores variopintos de la diversidad se los disputan los conservadores herederos del sacrificado Álvaro Gómez Hurtado y todos los grupos LGTBIQ+, desconociendo que el arco iris es de todos los seres de la naturaleza.
Está bien decir que la democracia adolece de una gran crisis de gobernabilidad, de legitimidad, de representatividad y de transparencia; pero en Colombia cada sector la reclama como suya y se apropia de su nombre para el ejercicio privado de su poder, alegando cada uno su pureza, de tal forma que aparecen títulos como “Centro Democrático”, “Polo Democrático”, “Alianza Democrática” y “Nueva Alianza Democrática” y, todos ellos llegando a ser profundamente antidemocráticos en lo interno como en lo externo de su configuración y de su ejercicio. Pero ahí sigue campeando la categoría ya desnaturalizada y corrompida hasta los tuétanos.
Con la categoría “Verde” se ha realizado un desprestigio tal que ya no tiene nada que ver con la naturaleza, lo ecosistémico y el ecologismo, sino con un aparato privado para detentar poder y hacer negocios ilícitos, de tal suerte que ha venido variando su fenomenología desde “Partido Verde”, “Alianza Verde” y ahora a una escisión aún no consumada, no propiamente doctrinaria sin burocrática que arropa a un lado a los idólatras y cómplices de un jefe y a otro a las seguidoras de una señora por naturaleza indecisa; pareciendo más un rifi rafe por cuestiones de género: es decir, “el género en disputa” (Butler).
El discurso de la paz y la muerte
Para finalizar esta disquisición sobre lo bueno y lo malo, la construcción e imposición de verdades y sus correspondientes correlatos enajenantes deseo llamar la atención acerca del uso de las tradicionales categorías de “vida” y “muerte” dentro de los discursos de políticos y gobernantes. ¿Qué naturalista, filósofo o teólogo puede llegar a definir con meridiana precisión quiénes son los “alcaldes de la vida y los alcaldes de la muerte”? ¿Cuál religioso o jurisconsulto puede calificar y distinguir los “senadores malditos” de los “senadores benditos”? De un lado será necesario convocar un Concilio o un Sínodo para discernir lo divino y lo humano de la condición de los poderes públicos, eso sí, ya a esta gran distancia histórica de Constantino, Napoleón y muchos otros coronados y bendecidos.
Sería muy importante que los geógrafos del mundo se reunieran para determinar cuáles países son “Potencias mundiales de la vida” y cuáles son “Potencias mundiales de la muerte” y que acudan a la filosofía clásica en aquella vieja discusión de “el ser en potencia” y así intentar alguna clasificación verdadera. Pero la vida, la muerte, la paz y la totalidad están ligadas; aunque no sepamos cómo ni hasta dónde. Por eso convendría distinguir entre “la paz de los sepulcros”, “la paz de los caballos”, “la paz romana”, “la victoria pírrica”, “el acuerdo de paz”, “la paz justa y duradera” y “la Paz Total”. Así pudiéramos tener cierta información y equilibrio para sopesar la realidad de la violencia y la inseguridad de Colombia.
Bueno, mi querida “Loca Emilia”, una familiar directa de Don Silverio Castrillón uno de los fundadores de La Tebaida Quindío y de la estirpe cercana del poeta y crítico literario Carlos Alberto Castrillón, cada que los escolares la jodían y le sacaban la rabia, ella se desgañitaba mentando madres y otras groserías e inmediatamente llamaba a su hijo Evelio, un pobre hombre con muchas limitaciones en su cuerpo, para que la defendiera, recordándole dizque el Señor Alcalde, como gobernante soberano del pueblo, le había permitido defenderse a cuchilladas. De ahí en adelante, en El Edén Tropical cada que se presenta una reyerta o un conato de pelea, se trae a la memoria este dicho, que entre sorna y seriedad ha naturalizado la violencia: “Aviente cuchillo Evelio, que el Alcalde dio permiso”. ¿Será que en el país pasa lo mismo?