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Murió Bruno, un maestro guardián en Circasia

19 mayo 2025 11:34 pm
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Leonardo Novoa

Hoy murió Bruno, uno de los guardianes de mi manada, y aunque prometí no tener más mascotas, aún no sé si he aprendido todo lo que ellos vinieron a enseñarme.

Era un pequeño perrito café, el mejor guardián de finca que jamás haya visto. Como casi todos los perros pequeños, pensaba que era cinco veces más grande de lo que realmente alcanzaba, y exhibía unos dientes dignos de esa creencia.

Bruno no fue solo un perro valiente, fue también un compañero de vida. Cuando llegué a La Chakana, el rincón de tierra bajo mi tutela con el que busco alcanzar un 80% de autosostenibilidad alimentaria para seis personas, él ya vivía allí. Compartía su reino con Toy, un pequeño perro amarillo que caminaba brincando en tres patas, como si tuviera las cuatro en perfecto estado. Toy falleció hace dos años, y desde entonces Bruno se convirtió en el único custodio de este lugar y de su manada.

Tras la partida de Toy, Bruno siguió en su labor, cada día más viejito, pero siempre lleno de vitalidad. Recuerdo cómo, en una ocasión, una perra cercana estuvo al borde de la muerte por complicaciones tras una cirugía. Bruno, sin que nadie lo llamara, fue hasta aquella casa a visitarla, y más tarde llevó consigo a los demás perros de la manada, al parecer, para asegurarse de que estuviera bien.

Rodeado del cariño de humanos y de la compañía de su familia canina, Bruno vivió con dignidad hasta sus últimos días. Murió de un infarto tras dos meses de deterioro progresivo en su salud. Aunque perdió peso y apetito, nunca dejó de ser el protector de esta tierra. En su última etapa, se levantaba menos, pero aún recibía el sol y caminaba junto a sus amigos. No creo que la eutanasia sea siempre la solución; a veces, el cuerpo simplemente se apaga en paz.

Sus últimos momentos fueron en mis brazos, arropado con sábanas impregnadas de su olor y cubierto por una camiseta que me quité para darle calor cuando sus extremidades empezaron a enfriarse y ya no pudo levantarse por más que lo intentó. Le dije que había sido el mejor perro, que todo estaba bien, que mi tristeza era pasajera y fruto de mi egoísmo. Le di las gracias por sus enseñanzas, por su lealtad y cuidados. Su corazón dejó de latir mientras sus ojos, nublados por la edad y la orina de los guatines que amaba perseguir, se cerraban lentamente.

Un amigo humano que lo alimentó cada día por tres años lo enterró en un lugar especial de La Chakana. Bruno no fue solo un perro, fue un monje, un maestro silencioso, que vivió y murió en su templo, en mi casa, en este castillo que me ha acogido entre lágrimas y alegrías.

No sé usted, amigo lector, pero una mascota, un café humeante y la silente soledad, contemplando, bajo techo, caer la lluvia son, a veces, el mayor tesoro que un ser humano puede poseer.

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