Londres, mayo 14 de 2025
Cuento
Como Jesús de Nazaret, llegó al mundo envuelto en pajas de estancia. Desde que abrió sus ojos, quienes de él cuidaban, le descubrieron una mirada, entre tierna y escrutadora, que alumbraba con metafísica inteligencia.
La pobreza que se llevó a su padre, cuando apenas la metamorfosis propia de la pubertad le generaba inquietudes, le interrumpió sus escolares letras, a la postre suficientes para descollar en austeridad y sabiduría.
Hambre y rigor castrense dominaban su vida y espacio. La barriada, tan subyugada como él, ávida de libertad y maná, le ungió como su líder. Al fin y al cabo, sabían de sus dotes y carisma de oso panda.
El exceso de compromiso e inocencia le cobraron pronto su osadía. Balas de regimiento se alojaron a lo largo y ancho de su cuerpo. A pesar de que su vida se sobrepuso, lo amontonaron bajo tierra, como si en efecto hubiese muerto. Enloquecer o morir se convirtieron en penas subsidiarias. Optó por la vida, y de ella fue germen su memoria. Ah, y un enjambre de hormigas podadoras que, en su tiempo fisiológico, se cruzaba por su celda tubércula, llevando a lomo hojas de acacia como alimento para su colonia. A sus oídos, acéfalos de ruido, como un sonido de Strauss, arrimaban las notas que se desprendían del bamboleo de las hojas.
Maltrecho del cuerpo, que no del alma, volvió a los aires de Montevideo. Sobre el Río de la Plata navegó y sus aguas lo llevaron a la cúspide. Allí le hablaron su esposa, Onetti y Benedetti. Bajó a su chacra, despejó sus ideas, entró al Palacio y cundió el ejemplo.
El cansancio y la dignidad lo llevaron al retiro. Agobiado por el fragor sublime de su existencia reclamó respeto por su refugio. En sus conscientes estertores, quiso volver a escuchar la melodía de la horda de hormigas.
Se ha marchado Pepe.