Carlos Alberto Agudelo Arcila
I
Hoy es un día de sol, de hierba quemada, de la venta de una casa junto al pantano, justo a la orilla de la hambruna. Hoy es un día que se cruza con el tiempo perdido. Hoy es un día donde me desplazo entre luces y sombras. Hoy es un día del árbol solitario, mientras tiembla su ramaje entre el viento que trae al cortador de leña. Hoy es un día curvo en el horizonte de la guadua. Hoy es un día de vidrio y llanto, en cuya antesala sucede el dolor de haber nacido. Hoy es un día en el que se rompe la rutina con la primera piedra, hecha a imagen y semejanza de los sentimientos de Dios. Hoy es un día, un día.
II
La sombra con la sombra de la llave abre la puerta de la sombra de la puerta. Entran sombras de hombres próvidos, que le dan sombras de bienvenida. La invitan a una sombra de café, hablan sombras de palabras, ríen sombras. Al retirarse, la sombra deja un reguero de sombras en la sombra del vacío, las cuales, con sombras de diligencia, cierran la puerta de la sombra de la puerta. Más allá de la puerta, la llave es luz, los hombres próvidos son luz, el café es luz, la palabra es luz, la risa es luz. Por esto se habla de dos mundos: El de la luz y el de las sombras, siempre pisoteadas por el resplandor. Mundos en muchas ocasiones paralelos, con sus propias condiciones de vida. Cuando la luz se aleja, a las sombras les queda tiempo para armar su francachela. Las sombras de borrachera en esta sombra de festín son deslumbrantes. Las sombras de lujuria y sombras de desorden no tienen sombra de nombre. Se aparean infinitas sombras para, con sombras de corto tiempo, verse sombras embarazadas, naciendo cantidades de sombras con luz propia. Por esto, las nuevas sombras de generaciones hacen sombras de cuanto les viene en gana. Sus padres incrédulos se dan sombras de bendiciones. Las sombras del tiempo han cambiado, dicen algunas ancianas sombras. Debido a este nuevo mundo de sombras con patas de sombras, nuestros hijos son sombras de sombras de vida. Parecen sombras sin luz, sin dejarse guiar su camino de sombras.
III
La vida en blanco y negro. Sólo el verde se levanta y sitia la palabra en la mesa donde los comensales son fantasmas, recuerdos de un ayer en el patio donde se congregaban la risa, la luz, la lluvia, el beso. Insectos de ultratumba buscan el color, devorado por la noche mortal. Aquí, el tiempo lucha contra la putridez de su naturaleza, el enmaderado de polillas, los ojos del moribundo entre la deriva del más allá. Se escucha por última vez el miedo, pasos sigilosos presagian la fuga. Empieza a evocarse la vida en blanco y negro, sin asomo de verde alguno.
IV
Una joven en la ventana con un fieltro enredado en su cabeza. Cierta señora de falda roja y una niña de blusa amarilla hacen el máximo esfuerzo al cargar la bolsa sin nada dentro. De pronto, el paisaje queda solitario. Yo, desde el techo —con camisa blanca, pantalón azul y una chaqueta negra de una casa al otro lado del mundo—, contemplo la tranquilidad de dicho contorno a la una de la tarde. Después de siete años, me dirijo a este sitio. Al llegar, observo a una joven en la ventana con un fieltro enredado en su cabeza, a cierta señora de falda roja y a una niña de blusa amarilla haciendo el máximo esfuerzo al cargar la bolsa sin nada dentro. Miro hacia el tejado de la casa al otro lado del mundo, en el cual me encontraba hace siete años. Alguien desconocido, con camisa blanca, pantalón azul y una chaqueta negra, echa un vistazo al lugar donde ahora estoy, saluda con su mano mientras yo le sonrío a la una de la tarde.