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Digresión sobre el Día de las Madres: entre “Los hijos de la chingada” y “el complejo de ideputa”

Adolphe Lalyre (1848–1933) "La Madeleine" Musée Thomas-Henry
10 mayo 2025 10:50 pm
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Francisco A. Cifuentes S.

“- ¡Oh hi de puta, bellaco, y cómo es católico!

– ¿Veis ahí -dijo el del Bosque en oyendo el hi de puta de Sancho- como habéis alabado este vino llamándole hi de puta?

-Digo -respondió Sancho- que confieso que no es deshonra llamar hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle. Pero, dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere: ¿este vino es de Ciudad Real?” (  

Aun estando adolescente tuve la oportunidad de leerme la mayoría de los libros del filósofo antioqueño de “Otraparte” Fernando González y ahora, un tanto al azar, recuerdo su obra “Los Negroides” y de ella una categoría típica de un pensamiento libre y muy paisa, la de “el complejo de ideputa”: esto para significar que los latinoamericanos sentimos “vergüenza de lo propio”, lo que se constituye en una mentalidad que obstruye la construcción de una personalidad, una cultura y un modelo de desarrollo propio, diríamos en la actualidad.  Por su parte la RAE reconoce esta expresión en el doble sentido de “algo injurioso o como alabanza”.

Con el correr de los años me dedique a estudiar toda la obra del poeta y ensayista mexicano Octavio Paz, justo antes de recibir el premio Nobel de Literatura. Inicie por “El laberinto de la soledad”, del cual recuerdo muy bien el cuarto capítulo denominado “Hijos de la Malinche” y más adelante otro escrito suyo titulado “Los hijos de la chingada”. En ambos abordajes el significado se refiere a que “la Chingada es la madre abierta, violada o burlada por la fuerza. Y el hijo de la chingada es el engendro de la violación, del rapto o de la burla”. Ya en 2023 apareció en la Editorial Piedra Santa un ensayo de Julio Enríquez-Orleans titulado justamente “Los Hijos de la Chingada” donde se desarrolla la anterior tesis en el sentido de los complejos que a través de la historia nos han producido la simbiosis y su mestizaje y la dificultad emocional y cultural para asumir que somos el “producto ilegítimo” de españoles, indígenas y negros.

En Colombia el tratamiento jurídico de esta condición de ilegitimidad de ciertas personas ha sido este: En el artículo 41 de la Ley 283 de 1869 del Estado Soberano del Cauca se consideraba “hijos naturales” a los habidos fuera del matrimonio. ¡Vaya paradoja¡ Entonces los hijos concebidos y nacidos dentro del matrimonio serían “Hijos Antinaturales” … Posteriormente en plena República Liberal por medio de la Ley 45 de 1936 en su artículo 1º. rezaba “el hijo de padres que al tiempo de la concepción no estaban casados entre sí, es hijo natural cuando ha sido declarado y reconocido como tal” y así prosigue la condición antinatural de los hijos legítimos. ¡Que contradicción! Hasta que llega el poeta conservador Belisario Betancourt a la Presidencia de la República y mediante la Ley 29 de 1982 fortalecida con la Sentencia C-177 de 1994 emitida por la Corte Constitucional vuelven a hablar de lo mismo, pero reconociendo que “también se tendrá en calidad respecto de la madre soltera o viuda por el solo hecho del nacimiento”.

Pero la doxa popular y el refranero han acuñado las dos versiones más comunes de lo que se suele llamar simplemente “Hijo de Puta”: por un lado, es un franco descrédito para cualquier ser humano y una humillación pública por su condición de hijo de una madre que no está casada legalmente o que ejerce el oficio más antiguo de la humanidad. Y de otro lado, esta voz folclórica, ya instalada en el imaginario popular designa algo positivo en la medida que se le aplica a alguien para reconocerle la fuerza, la capacidad de armar y desbaratar varias cosas y situaciones; por ejemplo, voltear unos votos y hundir una ley.

De galimatías en galimatías y de eufemismo en eufemismo nuestra cultura ha señalado como seres bastardos a unos niños y niñas que no tienen la culpa de haber sido engendrados por padres desconocidos, simplemente abandonados, en noche de juerga anónima, francas violaciones o en medio de un trabajo que aún no valoramos, pero del cual ha disfrutado toda la humanidad.

La Magdalena del Greco

Gritarle a una mujer o decirle en voz baja que es una puta, escribir en documentos oficiales que es una trabajadora sexual, dictar conferencias académicas calificándolas como mujeres en ejercicio de prostitución y muchas otras consideraciones no hace más que esconder un atavismo cultural, donde salen a flote los complejos de ciertas personas que evidentemente vienen desde abajo y cuyo ascenso social es non santo y cuando emiten la expresión consabida desean esconder su propia condición y tristemente dar a entender su propia fatalidad. Sin desconocer, eso sí, que cuando las élites pronuncian la palabra citada, una vez más son violadores, dominadores y ejercen una violencia simbólica y verbal que ya nadie debería soportar. Esto es lo que en la sabiduría popular se conoce como las dos caras del complejo de inferioridad.

Los calificativos en mención también pueden ser el producto de oscuras represiones o de hondas filiaciones, que en forma consciente o inconsciente salen a flote cuando necesitamos justificarnos como sanos, cultos y éticos ante las multitudes o entre nuestros círculos sociales más cercanos. Entonces nos afanamos a aclarar que las putas y los hijos de putas son los otros y de ninguna manera nosotros. Ahí es cuando el lenguaje se sale de los posibles límites para tratar de justificar nuestras propias limitaciones como seres humanos. Y en esto es bueno recordar al filósofo alemán Martin Heidegger cuando nos insistía que “la palabra era la morada del ser”, remitiéndonos al judaísmo en el sentido hermenéutico de develar la voz del alma por medio de lo que se dice; es decir, se trata de saber qué es lo que se esconde en el verbo.

Ahora bien, en estos tiempos donde parece que van primando los paradigmas del feminismo, de la cultura LGTBIQ+ y todo lo calificado como Wokismo, es muy arriesgado hablar de putas y de hijos de putas, sopena de quedar en la palestra pública como una persona simplemente inculta, atrasada frente a los alcances políticos y culturales de la lucha de género. Pues ahora entonces habría que hablar de putos y de hijos de putos, si proseguimos en una retórica desconectada de la realidad y de las últimas tendencias de las ciencias sociales, humanas y jurídicas. Quedando así enredados en un malabarismo dialéctico que no nos permite salir del moralismo católico y del machismo tradicional.

En este mes de mayo que estamos celebrando El Dia de la Madre es muy importante reconocerle este noble mérito a todas las meretrices, cortesanas, geishas, damas de compañía, webcam, las que trabajan en las casas de citas y en las zonas de tolerancia, las modernas prepagos y por supuesto a las mujeres que rondan por las plazas públicas, las que se cuadran en los semáforos desafiado el frío de la noche; las muchachas de los hoteles, hoteluchos, residencias y ollas; todas con sus respectivos hijos e hijas que también deben merecerse las dignidades reservadas para el resto de los humanos y ciudadanos del mundo. Aquí deben incluirse los niños, niñas y adolescentes albergados en los hogares de ICBF, los albergues infantiles, los centros de rehabilitación y a los que dejan en manos de tías, tíos, abuelos o vecinos para que muchas mujeres vayan a levantarse la vida en el extranjero.

Pero ¡Dejémonos de vainas¡ Si, de vainas académicas, históricas y jurídicas para darle la palabra a dos cantantes ya ubicados en el podio del arte y la cultura universal, que  por supuesto me fascinan demasiado, máxime en estos asuntos: Daniel Santos y Joaquín Sabina.

 Es a Pedro Galindo Galarza y precisamente a esa maravillosa voz y a ese estilo inigualable de San Daniel que le debemos el homenaje más poético que se le pueda brindar a las damas sobre las que viene versando este escrito, cuando entona la canción “Virgen de media noche” y le dice a la dama objeto de su alabanza “Señora del pecado / cuna de mi canción” … “Incienso de besos te doy / Escucha … mi rezo de amor”. De tal suerte que la reconoce como un ser de adoración ante la cual se arrodilla y baja las estrellas para “cubrir su desnudez” articulándola así al universo entero al sacarla del mero burdel.

Y para terminar nos permitimos recurrir a la poesía y a la música de Joaquín Sabina y Pablo Milanés dos trovadores contemporáneos que han vertido toda su sensibilidad en el tematitulado “Una canción para la Magdalena” donde la nombra “La virgen del pecado / La novia de la flor de la saliva” … “Dueña de un corazón tan cinco estrellas / Que hasta el hijo de un Dios / Una vez que la vio/ Se fue con ella / Y nunca le cobró La Magdalena”. Pero además de esa magnífica vinculación del relato a la cultura católica no escatima versos para reconocerle sus encantos al decir que “Entre dos curvas redentoras / La más prohibida de las frutas / Te espera hasta la aurora”. Pero el remate es todo un verso clásico y una declaración inigualable donde se unen las condiciones de señora y puta en los siguientes términos: “La más señora de todas las putas / La más puta de todas las señoras”.

Después de esta perorata me gustaría escribir todo un Ensayo en Defensa de las Putas; pues se lo merecen tanto ellas como sus hijos sean del color que sea, profesen cualquier religión, tengan filiaciones políticas distintas y contradictorias, hayan vivido en cualquier época de la historia, residan en un antro o en un palacio, cobren o no cobren como María Magdalena lo hizo con Nuestro Señor Jesucristo y, que todo sea recordado en el nuevo Cónclave para poder seguir la línea liberadora de mi tocayo Pachito Bergoglio. Amén.

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