sábado 15 Ago 2026
-

El legado de un pastor: reflexiones sobre el Papa Francisco y el llamado a una espiritualidad encarnada

26 abril 2025 9:30 pm
Compartir:

Germán Estrada Mariño

El legado más luminoso que deja Francisco: haber recordado que un líder religioso debe parecerse al Dios que proclama. No es posible predicar a un Dios de amor desde la frialdad de un trono ni desde el desprecio al otro. No se puede hablar del Reino de los Cielos sin acercarse primero al infierno cotidiano que viven tantos hermanos nuestros en la tierra: los migrantes rechazados, los niños abusados, las mujeres olvidadas, los pobres sin esperanza.

El cristianismo nació en la humildad de un pesebre, no en los mármoles de los palacios. Su fundador, Jesús de Nazaret, vivió sin riquezas, sin títulos, sin ejército ni poder. Y sin embargo, transformó el mundo. Su fuerza no era de este mundo: era el amor, el perdón, la compasión. El mismo espíritu que animó a San Francisco de Asís, y que el Papa Francisco quiso reencarnar en un tiempo donde muchos líderes de la Iglesia —obispos, cardenales, incluso algunos sacerdotes— parecen haber olvidado a quién siguen.

Porque más allá del catolicismo, más allá incluso de cualquier religión, el mundo necesita líderes espirituales que encarnen una filosofía de amor, reconciliación y fraternidad. Que desafíen al egoísmo, al narcisismo, a la codicia sin medida que tantas veces han envenenado nuestras sociedades. Líderes que no dividan en nombre de Dios, sino que unan. Que no juzguen con frialdad, sino que comprendan con empatía. Que vivan, como dijo Francisco, con la «revolución de la ternura».

En un mundo marcado por la desigualdad, la indiferencia y la crisis de sentido, la figura del Papa Francisco emergió como un faro de humanidad y compasión. Su nombre, elegido en honor a San Francisco de Asís, no es un detalle menor: es una declaración de principios. Francisco de Asís, aquel santo que abrazó la pobreza y se acercó a los leprosos cuando la sociedad los rechazaba, encarna una espiritualidad que no se contenta con discursos, sino que se ensucia las manos en el barro de la existencia humana. El Papa Bergoglio, desde su elección en 2013, ha intentado seguir esa misma senda: la de un Dios que no habita en templos de mármol, sino en los márgenes, donde el sufrimiento grita y la dignidad espera ser restaurada.

LA ENCARNACIÓN COMO MODELO: IMITAR AL DIOS HUMILDE

El núcleo de cualquier religión sana —y el cristianismo no es la excepción— debe ser la imitación del amor divino. Jesús de Nazaret, cuyo nacimiento en un pesebre es un símbolo poderoso de despojo, no fundó una institución para acumular poder, sino un movimiento para sanar heridas. Sin embargo, la historia de la Iglesia está llena de paradojas: mientras algunos líderes han sido fieles a ese mensaje revolucionario de humildad, otros han sucumbido a la vanidad, el narcisismo y la codicia.

El Papa Francisco ha sido crítico de esta contradicción. En repetidas ocasiones, ha exhortado al clero a dejar atrás la “autorreferencialidad” y a abrazar la sencillez. Sus gestos —lavar los pies de reclusos, abrazar a personas con discapacidad, visitar favelas— no son teatralidad, sino teología en acción. Como él mismo ha dicho: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro”. Aquí reside su legado más profundo: recordar que la fe no es una abstracción, sino un compromiso con el dolor concreto de los demás.

EL DESAFÍO DE LA COHERENCIA: CUANDO LAS ESTRUCTURAS TRAICIONAN EL ESPÍRITU

No obstante, el pontificado de Francisco también ha puesto al descubierto las tensiones entre el ideal evangélico y las estructuras eclesiásticas. La Curia Romana, con sus protocolos centenarios y su aura de poder, representa para muchos la antítesis del pesebre de Belén. El desafío no es nuevo, pero en pleno siglo XXI, cuando la desconfianza hacia las instituciones religiosas crece, la incoherencia entre el mensaje y la práctica se vuelve insostenible.

Uno de los reclamos más urgentes es el de la transparencia frente a los crímenes de abuso sexual contra menores. Estos actos, cometidos por clérigos que debían ser custodios de inocencia, no solo hieren a las víctimas, sino que profanan el núcleo mismo del Evangelio. El Papa ha dado pasos importantes, como la creación de comisiones de investigación y la obligación de reportar delitos a las autoridades civiles. Pero la Iglesia aún debe ir más allá: es imperativo implementar filtros psicológicos rigurosos en los seminarios, evaluando no solo la vocación religiosa, sino la integridad emocional y moral de los candidatos. No se trata de desconfiar de la gracia divina, sino de reconocer que, como institución humana, la Iglesia está expuesta a albergar personas con patologías que nada tienen que ver con el servicio sagrado.

Es urgente que la Iglesia mire con humildad sus errores. Que los reconozca sin ambigüedades. Que no proteja con sotanas a quienes dañaron y destruyeron vidas. Que implemente filtros más rigurosos y modernos para quienes ingresan al seminario: exámenes psicológicos y de personalidad que puedan detectar vocaciones falsas o desviaciones peligrosas. Porque no se puede permitir que el deseo de hacer el bien se convierta en refugio para psicopatías ocultas. Nada más alejado del espíritu de Jesús o de San Francisco de Asís.

HACIA UNA IGLESIA HOSPITAL DE CAMPAÑA: SANAR HERIDAS, NO ADMINISTRAR PODER

En su exhortación Evangelii Gaudium, Francisco describió su sueño de una Iglesia “en salida”, que priorice a los pobres y se convierta en un “hospital de campaña” para un mundo herido. Esta metáfora es clave: un hospital no juzga al que llega sangrando, sino que cura. No busca glorificar a los médicos, sino salvar vidas.

Este enfoque contrasta con la tentación constante de convertir la religión en un instrumento de control. Jesús, quien comía con pecadores y criticaba a los fariseos por su hipocresía, no fundó una élite, sino una comunidad de iguales. San Francisco de Asís, al despojarse de sus riquezas, mostró que la auténtica espiritualidad se mide por la capacidad de vaciarse a uno mismo para llenarse de empatía. El Papa Francisco, al optar por vivir en Santa Marta en lugar del Palacio Apostólico, ha intentado encarnar ese mismo ideal.

EL CONCLAVE DEL FUTURO: ELEGIR UN SUCESOR QUE HONRE EL LEGADO

Cuando llegue el momento de elegir un nuevo Papa, los cardenales tendrán ante sí una disyuntiva crucial: continuar el camino de reforma o retroceder hacia el confort de lo establecido. Un verdadero sucesor de Bergoglio deberá ser, ante todo, un hombre íntegro —no un político eclesiástico— cuya vida refleje coherencia entre lo que predica y lo que vive.

Pero más allá de nombres y rostros, lo que está en juego es la esencia del cristianismo. ¿Será la Iglesia católica capaz de priorizar la compasión sobre el dogma rígido? ¿Podrá reconocer que su credibilidad no depende de riquezas o influencia, sino de su capacidad para abrazar al excluido? El próximo Papa deberá ser alguien que, como Francisco, recuerde que la fe sin obras está muerta (Santiago 2:17), y que el amor no es una teoría, sino pan compartido, lágrimas enjugadas y manos tendidas.

HACIA UN UNIVERSALISMO DE LA MISERICORDIA

El legado del Papa Francisco trasciende el catolicismo. En un planeta fracturado por el individualismo y la codicia, su llamado a la fraternidad, la ecología integral y la cultura del encuentro resuena como un eco de las grandes tradiciones espirituales de la humanidad. Desde el budismo hasta el islam, desde el judaísmo hasta el hinduismo, todas las religiones auténticas comparten un núcleo ético: el amor como fuerza transformadora.

Sin embargo, para que este mensaje no se pierda en el ruido, los líderes religiosos deben encarnarlo. No basta con alabar a un Dios de amor; hay que volverse amor en acción. Como escribió el poeta sufí Rumi: “Tu tarea no es buscar el amor, sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras dentro de ti mismo que has construido contra él”.

Que el próximo Papa —y todo líder espiritual— tenga el valor de derribar esas barreras. Que imite a Jesús, a Francisco de Asís y a Bergoglio no en la perfección, sino en la autenticidad de un corazón que late por los mismos que sangran. Solo entonces la religión dejará de ser un refugio de hipocresías para convertirse en un canto colectivo hacia un mundo más justo, más tierno y más humano.

Hoy, mientras el pontificado de Francisco llega a su fin, no podemos más que agradecer su testimonio. No por haber sido infalible, sino por haber sido profundamente humano. Por haber recordado con su ejemplo que el verdadero poder del cristianismo no está en la ostentación, sino en el servicio. Que la Iglesia no es una fortaleza para defenderse del mundo, sino una casa con las puertas abiertas para todos.

Y sobre todo, que Dios —el verdadero, el que da vida, consuela y abraza— solo puede ser creído si quienes hablan en su nombre se parecen a Él.

En memoria de los que sufren, en honor a los que sirven, y en esperanza de que el bien —aunque frágil— siempre encontrará cómo abrirse paso.

GERMAN ESTRADA MARIÑO

PSICOLOGO CLINICO

PSICOTERAPEUTA INDIVUDUAL DE PAREJA Y FAMILIAR  BILINGÜE ONLINE

UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA

PERITO FORENSE

LIDER CAMPAÑA PREVENCION DE SUICIDIIO JUVENIL

316 4502080

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Te puede interesar

Lo más leído

El Quindiano le recomienda