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Violencia reconfigurada: entre la paz prometida y la inseguridad extendida

25 abril 2025 10:38 pm
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Durante los últimos años, Colombia ha intentado implementar una política de «paz total» que busca reducir la violencia estructural y negociada, mediante diálogos con actores armados ilegales y reformas institucionales. Sin embargo, el primer trimestre de 2025 ha expuesto un preocupante deterioro de los indicadores de seguridad, particularmente en ciudades como Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Bucaramanga y ahora también en el Eje Cafetero (Pereira, Manizales y Armenia), lo que evidencia contradicciones entre la narrativa política y la realidad en los territorios.

Frente a esta situación crítica, y en contraste con un enfoque de “paz total” que resulta insuficiente e incluso desconectado de la realidad urbana, surge la siguiente pregunta orientadora: ¿Cómo se ha transformado la criminalidad urbana en Colombia y por qué las políticas actuales de seguridad y paz no logran contener el avance del crimen organizado en las principales ciudades y regiones intermedias del país? A partir de este cuestionamiento, el presente texto desarrolla un análisis situacional riguroso, sustentado en cifras actualizadas, y propone cursos de acción concretos frente a la crisis.

Análisis Situacional y Cifras Regionales

1. Incremento de Homicidios

Según datos del Observatorio de Seguridad de la Policía Nacional y los informes del Reloj de la Criminalidad (2025), el homicidio ha aumentado en múltiples ciudades con patrones diferenciados, pero con una tendencia común: el control territorial de grupos armados y redes criminales.

  • Cali: Cerró 2024 con 1.219 homicidios (+14%). El 70% se asocia a ajustes de cuentas, microtráfico y bandas como “Los Espartanos”.
  • Medellín: 438 homicidios (+8%). Comunas 13, 8 y 3 son focos por disputas entre “La Oficina” y nuevas facciones.
  • Barranquilla: Repunte del 23%, con más de 490 homicidios. En Soledad y Malambo, los asesinatos son en su mayoría retaliaciones por extorsión.
  • Bucaramanga: Aumento del 9% con expansión de redes criminales vinculadas a minería ilegal.
  • Eje Cafetero:
  • Pereira reportó 165 homicidios en 2024, con un incremento del 12%. La zona de Cuba y sectores de Dosquebradas presentan disputas entre bandas por microtráfico y control territorial.
  • Manizales, aunque históricamente más segura, presentó 71 homicidios (+10%), siendo la tasa más alta en cinco años. Los informes del CEJ señalan la reconfiguración de bandas regionales tras la captura de cabecillas del norte del Valle.
  • Armenia vivió un repunte del 18%, cerrando el año con 97 homicidios. El informe del Externado (2024) identifica la presencia creciente de redes articuladas al Clan del Golfo, operando desde corredores rurales hacia la ciudad.

2. Extorsiones: Un crimen silencioso pero creciente

La extorsión se ha sofisticado y trasladado a nuevos territorios, incluyendo el Eje Cafetero. A nivel nacional, el delito aumentó en más de un 60% según el informe del Reloj de la Criminalidad y la Policía Nacional.

  • Bogotá: +64% en denuncias. Ciudad Bolívar, Usme y Kennedy como focos.
  • Cali y Barranquilla: tasas más críticas del país, con el 35–50% de comerciantes víctimas.
  • Medellín: +54%, con esquemas extendidos de “vacuna” en comunas vulnerables.
  • Bucaramanga: +21%, especialmente en Girón y Floridablanca.
  • Eje Cafetero:
  • En Pereira, las autoridades locales reportaron un incremento del 29% en denuncias por extorsión, con estructuras carcelarias como “La Cordillera” manejando extorsiones desde centros penitenciarios.
  • Manizales presentó una variación del 18%, afectando especialmente el comercio en barrios como La Enea y Fátima.
  • Armenia fue la ciudad con mayor crecimiento proporcional del Eje Cafetero: +35%, según la Cámara de Comercio del Quindío. Se reportan casos de extorsión digital mediante amenazas por redes sociales y apps de mensajería.

3. Disminución de Hurtos: ¿una mejora real o desplazamiento del delito?

Aunque el hurto ha disminuido, el fenómeno debe ser analizado con cautela. La reducción no implica una mejora estructural, sino un desplazamiento criminal hacia modalidades más lucrativas.

  • Medellín: -20% en hurtos a comercio, pero alza en extorsión virtual.
  • Cali: -27% en hurto a residencias, pero percepción de inseguridad se mantiene.
  • Barranquilla: -15% en hurtos, con aumento de secuestros exprés.
  • Bucaramanga: -18% en hurtos, pero crecimiento de delitos financieros y extorsiones.
  • Eje Cafetero:
  • En Pereira, el hurto a personas cayó un 14%, pero aumentaron las denuncias de amenazas e intimidaciones vinculadas a cobros ilegales.
  • Manizales presentó una reducción del 11% en hurto a residencias.
  • Armenia, pese a la caída del 9% en hurtos, reporta un creciente uso de menores de edad en delitos urbanos.

Caracterización de la criminalidad urbana

El panorama de seguridad en Colombia atraviesa un momento crítico, marcado por una paradoja que erosiona la confianza ciudadana y el discurso gubernamental: mientras el Gobierno promueve una “paz total” que busca desescalar la violencia estructural mediante la negociación con actores armados ilegales, en la práctica, el crimen urbano ha mutado y se ha fortalecido, infiltrando la cotidianidad de barrios, comunas y zonas periféricas de las principales ciudades.

Este desajuste entre política y realidad se expresa en un triple fenómeno:

  1. Expansión y fragmentación de actores criminales: Los grupos armados tradicionales (Clan del Golfo, ELN, disidencias de las FARC) no solo han sobrevivido, sino que han extendido su influencia a zonas urbanas, mediante economías ilícitas como la extorsión, el microtráfico y el contrabando. El informe de la Universidad Externado (2024) detalla cómo estas estructuras han convertido a ciudades como Pereira, Armenia, Barranquilla y Medellín en centros de lavado, cobro extorsivo y distribución de estupefacientes, operando de forma fragmentada y con alianzas flexibles entre bandas.
  2. Captura de los entornos urbanos vulnerables: La criminalidad ya no depende exclusivamente del control rural. Las ciudades intermedias como las del Eje Cafetero se han convertido en nuevos epicentros de violencia silenciosa, con redes que aprovechan la falta de control institucional, el desempleo juvenil, y la escasa presencia de la fuerza pública. Lo más alarmante es que en lugares como Armenia o Dosquebradas, la presencia criminal es constante, pero no necesariamente violenta en lo inmediato, lo que reduce la capacidad de respuesta institucional.
  3. Desplazamiento del delito y adaptación tecnológica: La disminución de hurtos, celebrada oficialmente, encubre una reconfiguración criminal hacia delitos menos visibles, pero más rentables, como la extorsión digital, el sicariato por encargo y los delitos financieros. Los informes del Reloj de la Criminalidad (2025) revelan que más del 35% de los delitos de extorsión ahora se gestan desde plataformas digitales o desde centros penitenciarios regionales. Esta sofisticación criminal no ha sido acompañada de un equivalente fortalecimiento del Estado.

La consecuencia directa es una crisis sistémica de seguridad urbana. Los ciudadanos están más expuestos a la violencia letal (homicidios) y a formas de criminalidad extorsiva que atentan contra su integridad física y emocional, mientras las instituciones muestran lentitud, fragmentación y descoordinación.

Colombia está al borde de consolidar una “normalización de la violencia urbana”, donde los ciudadanos aprenden a convivir con el miedo, los comerciantes internalizan la extorsión como parte del “costo operativo”, y las autoridades locales carecen de recursos y competencias para enfrentar una amenaza cada vez más organizada y transnacional.

Cursos de acción propuestos

En este escenario, se requieren acciones decididas, multidimensionales y con visión territorial. A continuación, se plantean cinco ejes estratégicos para enfrentar la crisis con argumentos sólidos y propuestas aplicables:

1. Rediseño de la política de seguridad con enfoque territorial urbano

La seguridad no puede seguir tratándose como un asunto homogéneo a nivel nacional. Cada ciudad presenta una geografía del crimen distinta. Bogotá necesita estrategias metropolitanas y tecnológicas; Medellín, control de estructuras históricas y jóvenes en riesgo; el Eje Cafetero, intervención temprana y prevención comunitaria. Se propone:

  • Crear un Sistema Nacional de Seguridad Urbana Diferencial, con análisis georreferenciado y unidades móviles de intervención que respondan a las particularidades de cada ciudad.
  • Integrar inteligencia militar, policía judicial y fiscalías regionales bajo un único comando operativo urbano, coordinado con alcaldías y gobernaciones.

2. Intervención focalizada en ciudades intermedias y el Eje Cafetero

La criminalidad organizada ha mutado hacia ciudades medianas con baja capacidad institucional y alto valor estratégico. Pereira, Armenia y Manizales presentan corredores ideales para el tráfico de armas, drogas y personas hacia el occidente y centro del país. Se necesita evitar que se consoliden como nuevos bastiones criminales. Se propone:

  • Desplegar fuerzas de tarea urbana temporal, al estilo de la Operación Orión en Medellín, pero con enfoque de derechos humanos y gestión social integral.
  • Priorizar la inversión en infraestructura social en barrios clave de estas ciudades: nuevas sedes policiales, CAI móviles, centros de conciliación y justicia restaurativa.
  • Incentivar la llegada de inversión privada con garantías de seguridad jurídica y física, para frenar el éxodo empresarial que genera vacíos ocupados por redes criminales.

3. Fortalecimiento urgente de la justicia local y reducción de impunidad

El 87% de los casos de extorsión y el 71% de los homicidios en ciudades intermedias terminan en impunidad (Fuente: Policía Judicial, 2024). Esto alimenta la percepción de indefensión. La justicia debe volverse ágil, visible y cercana al ciudadano. Se propone:

  • Crear Unidades de Fiscalías Itinerantes Urbanas, con jueces de garantías móviles, especialmente en Pereira, Armenia y Barranquilla.
  • Implementar una política de oralidad obligatoria para delitos de impacto urbano (homicidio, extorsión, violencia sexual), para acelerar procesos.
  • Reactivar los convenios de colaboración entre universidades y fiscalías locales para pasantías jurídicas, prácticas forenses y asistencia a víctimas.

4. Inversión en tecnología y control penitenciario

Gran parte del poder criminal en ciudades como Medellín, Pereira y Bucaramanga se origina en cárceles y centros de detención. Además, la capacidad del Estado para anticipar crímenes mediante datos aún es baja. Se propone:

  • Ampliar la red de cámaras inteligentes con reconocimiento facial y predictivo, priorizando zonas de riesgo.
  • Blindar tecnológicamente las cárceles regionales con bloqueadores de señal, monitoreo satelital y auditoría digital de comunicaciones internas.
  • Establecer convenios con empresas de tecnología e inteligencia artificial para el desarrollo de mapas predictivos de delitos.

5. Prevención desde la inclusión y el desarrollo humano

No hay seguridad sin justicia social. En ciudades como Armenia o Soledad, donde el desempleo juvenil supera el 20%, la violencia es también resultado del abandono estructural. La seguridad debe pensarse como un proyecto de vida para los jóvenes. Se propone:

  • Crear “Zonas Seguras de Emprendimiento y Cultura” con apoyo de alcaldías, universidades y ONGs, ofreciendo capacitación, microcréditos y espacios deportivos en los barrios más golpeados.
  • Financiar un Plan Nacional de Inserción Laboral Juvenil en Seguridad y Tecnología, donde jóvenes en riesgo trabajen en sistemas de cámaras, atención a víctimas y prevención comunitaria.
  • Fortalecer el sistema de orientación psicosocial en colegios públicos con formación en resolución pacífica de conflictos, ciberseguridad y ciudadanía digital.

La actual crisis de seguridad urbana no es coyuntural ni exclusiva de las grandes metrópolis, se trata de una transformación estructural del crimen en Colombia, que ha aprendido a adaptarse, a diversificarse y a camuflarse en territorios desatendidos.

La política de paz total no ha fracasado por su intención, sino por su ejecución fragmentada y su desconexión con las realidades urbanas. Mientras los esfuerzos del Estado se concentran en negociaciones, las ciudades se convierten en escenarios de una nueva guerra silenciosa: extorsiones, homicidios selectivos, control territorial y desplazamientos urbanos.

Frente a este panorama, se necesita una política decidida, diferenciada y valiente. Sin seguridad no hay paz, sin justicia no hay Estado, y sin inclusión no hay futuro.

*Mg. Christian Ríos M.

Prof. Relaciones Internacionales y Estudios Políticos

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