Francisco A. Cifuentes S.
“La libertad es singular siempre que exista la libertad plural”(Benedetto Croce)
Sobre los últimos acontecimientos políticos y administrativos del país es necesario rescatar algunos conceptos y frases ligeras que pueden constituir un buen ideario para el país y la humanidad si es verdad que se emiten con sinceridad y se es consecuente con los mismos, ojalá desde antes de la tormenta; pero como lo pasado es pasado, para que sigan alumbrando el devenir: Que es primero el humanismo sobre las posiciones de izquierda y derecha. No existen personas puras y menos perfectas. El hombre no puede destruir la mujer ni viceversa. Debe primar el interés popular y nacional sobre los egos. La amistad y la lealtad son valores esenciales por encima de las filiaciones políticas e ideológicas. Ciertas locuras son importantes y pueden ser revolucionarias. A todos los seres humanos hay que darles una segunda oportunidad. El sectarismo es dañino y se requiere superarlo. No podemos seguir anclados en el localismo y el provincialismo y debemos mirar lo universal y la humanidad entera. Reconocer los fracasos administrativos y políticos de cara al país es un acto de transparencia. La rendición de cuentas de los gobiernos frente a la ciudadanía debe seguir y con claridad. No se puede hacer campaña política para ciertas dignidades utilizando las altas posiciones administrativas y su presupuesto. La inoperancia de los altos funcionarios debe ser motivo para su remoción. El incumplimiento y la indisciplina de cualquier persona y empleado son falta de respeto a los demás y a su trabajo serio. Es fundamental la coherencia política y administrativa de los altos miembros de una administración.
Discursos más aterrizados
Sobre esta base, así se haya expresado de forma bastante incoherente, se pueden dar algunas cátedras y lineamientos para un grupo social o una organización. Pero también es cierto que la alta gerencia requiere discursos aterrizados y políticas públicas precisas y por supuesto un talento humano capaz de llevarlas a la práctica, desde el máximo líder hasta el último funcionario. Pero evidentemente esto no es así como se ha venido mostrándole al país casi desde el principio de esta administración. Muchos de los competentes han salido y las advertencias y objeciones en el ejercicio de lo público son castigadas con el exorcismo y la muerte política. Los resultados son desastrosos en boca del mismo jefe de Estado.
¿Quién responde por quién?
Nadie ni en la empresa privada ni en la pública ni en la social puede admitir que un gerente, un rector, un presidente de compañía, un secretario general de un partido político, un director técnico de un equipo deportivo, un alcalde, un gobernador, un ministro, un presidente de la república o un padre de familia no sean directamente responsables de una mala gestión con metas incumplidas, de un barajuste financiero y político y de una crisis ética y social cada vez más en aumento. Por eso mismo ya muchos analíticos con sorna dicen explícitamente que el señor Gustavo Petro ya es expresidente hace mucho rato. Y en consecuencia es un exabrupto declarar que “el presidente es el único revolucionario y el gobierno es malo”. Frente a lo cual es elemental reparar: ¿Quién escogió a quién? ¿Quién responde por quién? ¿Existe un equipo de gobierno o no existe? Todo esto, más allá de los adjetivos y los ademanes irrespetuosos de parte y parte en la política nacional.
¿Quién tiene la culpa del desgobierno?

Para las justificaciones del fracaso y la repartición de culpas se acude a la dialéctica trasnochada, a silogismos mal planteados, al feo rescate de los sofistas ya denunciados en la Grecia Clásica, a las discusiones inútiles del viejo Imperio Bizantino y a una historia política tradicional que solo rescata personas, caudillos y óleos sin ahondar en procesos y análisis críticos de las administraciones nacionales. Discusiones que ya se dieron entre la historia tradicional y la llamada Nueva Historia de Colombia. Pero claro, en medio del soliloquio presidencial se mira de reojo hacia las pinturas ilustres de la Casa de Nariño para advertir que el que está en la actual silla vendrá a ser colgado en esa pinacoteca, aunque muchos digan que sin paz y sin gloria. Este ejercicio de retórica suplantó el sano discernimiento administrativo que reclama no solo el Catatumbo, la política exterior, sino la sociedad entera y con mucha urgencia.
A estas alturas de las evaluaciones públicas de una pésima administración y de un sentimiento de fracaso que corroe muchas almas, es bueno traer a colación la siguiente anécdota:
Cuando yo estudiaba en la Universidad del Rosario solía pararme en la carrera séptima con calle trece para observar detenidamente el movimiento citadino, sus personajes, el comercio informal, el arte callejero y los libros pirateados que se vendían por doquier con anuncios altisonantes de los voceadores esquineros: En la esquina del Banco de la República un señor gritaba “Quién se ha robado mi queso” para referirse al libro sobre parábolas y alegorías del escritor norteamericano Spencer Johnson. Mientras a un costado de la tradicional Iglesia de San Francisco otro vendedor de libros vociferaba “La culpa fue de la vaca” para ofrecer a gritos el texto de mis amigos Jaime Lopera y Marta Bernal, que estaba muy de moda y se vendía como pan caliente. Y en la esquina de La Jiménez, muy cerca de donde asesinaron a Gaitán, una señora de igual oficio exclamaba “Las putas tristes de Gabo”, con el fin de vender la novela corta del Nobel titulada Memoria de Mis Putas Tristes. Ante la seriedad que requiere el análisis de la coyuntura nacional, cabe perfectamente volverse a preguntar quién tiene la culpa del desgobierno: la derecha, la izquierda, el centro, los indiferentes, EE.UU, China, Venezuela, la Guerra en Ucrania, el exterminio en Gaza, Baden, Trump, Putin, los emigrantes o los inmigrantes, las cortes, el parlamento, los ministros, los narcos, los paramilitares, las guerrillas, los jóvenes de la Primera Línea, EPA Colombia, los indígenas, los negros, los habitantes de calle, Laura, Benedetti, Leyva Durán, los Torres, Pitufo, Uribe, el grupo AVAL, los Guilinski, Alcocer, los hijos, el otro, la otra, el wiski o la cocaína?. O definitivamente todos han comido del queso en un permanente descuido nacional mientras se le achaca la culpa a la vaca y a las putas tristes (más no a las alegres). Eso sí, menos a Gustavo Francisco Urrego. De mi parte no me adelanto, ni más faltara, habrá que esperar a ver si se cumple la premonición de Fidel Castro “la historia me absolverá” o la de los Evangelios “aquí pagan justos por pecadores” o la de la doxa popular “la justicia es para los de ruana” o el dicho “no existen muertos políticos”. En fin, que venga el diablo y escoja sentencia y personaje, pues Dios sigue siendo benigno con los pecadores.
Ministros al paredón
El primer mandatario ha dicho “yo no soy Robespierre” pues en la Época del Terror, posterior a las fechas cercanas de la Revolución Francesa fueron miles los críticos y sospechosos que fueron llevados a la guillotina por ser considerados traidores. Eran los tiempos en que la revolución se comía a sus propios hijos, precisamente costumbre que nunca ha terminado. Ahora no se necesitan guillotinas, ni fusilamientos, aunque sí existen crímenes de Estado y suicidados. Lo común es el sicariato moral a través de las redes sociales. Los ministros en un acto bien calculado fueron llevados al paredón de una transmisión televisiva nacional para que gran parte de la audiencia nacional y mundial escogiera presa en un evento de canibalismo político premeditado. Aunque algunos se salvan pues se les advirtió con benevolencia que “Bolívar le había perdonado la vida a Santander”. Ahora veremos si la reencarnación del Libertador cumple con esta postura, aunque Manuelita Sáenz haya insistido en lo contrario.
De todas maneras, ya se hizo pública la lista de los condenados, en la misma voz de las advertencias humanistas en un giro lingüístico y un corte epistemológico que va de la dialéctica de Hegel a sancocho nacional de Bateman, con tono bastante radical y excluyente, que solo salva un Ego y entierra el resto. A la hoguera van: incumplidos, indisciplinados, traidores, feministas, trotskistas, mamertos, sectarios, guetos, incompetentes, precandidatos y candidatos, tomadores de wiski, los que no practican el poliamor, los de centro, los profesionales de clase media, la extrema derecha, el socialismo, el comunismo, los gulags, los que no han leído la Dialéctica de Hegel, los santanderistas, los críticos de Benedetti, Laura y Petro. ¿Entonces con quién se hará “el sancocho nacional”? Giros conceptuales apretujados que recurren otra vez a la exclusión y al sectarismo, propio de los anacolutos.
Se destruye a sí mismo

En estas condiciones estamos nada más y nada menos que ante la presencia y las obras de Abadón El Exterminador; para realizar una sinonimia recurriendo a la última novela de Ernesto Sábato, precisamente inspirada en el personaje de la Biblia que aparece en el Apocalipsis y que designa “el ángel exterminador y el dueño del abismo”. Alguien que se destruye a sí mismo, acaba con varias de sus familias, niega los hijos, desconoce a los que nombra a su lado, destruye las izquierdas que lo apoyaron, condena a los colaboradores más experimentados y eficientes, quiebra las finanzas públicas, desnuda a sus compañeros más cercanos ante las cámaras para que en un acto de voyerismo nacional veamos las heridas sangrantes y purulentas, somete a muchos al silencio y al ostracismo, determina quién es culto y quién no, ataca la libertad de prensa, se pasa las leyes por la faja, subleva a los más pobres e ignorantes, recoge los subsidios, castiga las inversiones en los departamentos y ciudades no afines a su credo, hunde universidades que no sigan la consignas de la Constituyente Popular.
El último Aureliano
Por último, es muy curioso y a lo mejor los psicoanalistas lo tratarán de explicar alguna vez, que una persona en forma recurrente exprese que es “el último Aureliano Buendía” ahora que es el principal personaje público y nacional y que cuando estaba en la clandestinidad y el anonimato también se autonombraba simplemente “Aureliano”. Todo esto recurriendo a la bella y compleja novela de Gabo Cien años de soledad y cuyas últimas frases son las siguientes: “Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”, para señalar así el destino trágico de la familia Buendía y de Macando; pues todos los Buendía fueron perdedores en las guerras y misiones que se propusieron. Es decir, estamos ante un líder que consciente o inconscientemente encarna un perdedor, un fracasado, ¿cómo venderle entonces esta imagen a una sociedad en crisis? O del otro lado de la interpretación, esta persona se autodenomina el Ángel de la Resurrección, el Nuevo Mesías y en consecuencia se para de la Ultima Cena, sin despedirse de nadie, porque ya no existe un solo Judas, sino muchos. Es muy difícil saberlo, cuando nos enfrentamos a la caja oscura que es el cerebro de los seres humanos, sobre todo los que ostentan el poder.

De mi parte, ante la elogiada locura de Bateman y Benedetti como personajes mágicos, según el Señor presidente, deseo anteponerles un loco muy culto como lo fuera Epifanio Mejía Quijano precisamente al autor del Himno de Antioquia y del famoso poema “La muerte del novillo”, que entre otros versos tiene los siguientes:
“Ya maniatado y triste / sobre la tierra quejumbrosos brama…los brutos tienen corazón sensible, / por eso lloran la común desgracia / en ese clamoroso de profundos / que todos ellos a los vientos lanzan”.
¿Será que, en este marasmo de la administración, la política y la guerra vamos todos maniatados y tristes hacia el matadero?