domingo 10 May 2026
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UNA TARDE A ORILLAS DEL RÍO

23 enero 2025 8:44 pm
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(Sucedido hace ya varios años, pero seguramente no variaría mucho en contexto, desarrollo y conclusiones si se diera el día de hoy).

Cae la tarde a orillas del Río Saija y la comunidad poco a poco va iniciando sus actividades nocturnas. De las casas se ve salir el humo de los fogones y un aroma a caldo de pescado se va apoderando del ambiente al igual que el jején, que a esa hora empieza su cacería de sangre fresca, siendo su favorita la de los blancos citadinos que estamos poco acostumbrados a estos ambientes.

En la playa somos varios los que rodeamos al Jaipana, médico tradicional dentro de la cultura del pueblo Eperara Siaapidara, sin prestarle mucha atención a las cada vez más frecuentes picadas de los bichos. El hombre mayor nos cuenta historias, anécdotas y relatos tradicionales de su pueblo, todo con un gran histrionismo y todos teniendo como eje en común el agua, los peces, la lluvia y los caños; cuenta como el origen mismo de la humanidad viene de las aguas del océano, de batallas míticas entre héroes y serpientes gigantes y de la pesca de peces mitológicos.

En un momento el monólogo se ve interrumpido por el llamado de una mujer desde una de las casas, avisando que ya el caldo estaba listo. “Ahora a probar a que saben esos animales de los que tanto habló el Jaipana” exclamé inocentemente, a lo que me respondió uno de los muchachos indígenas “Si fueran los mismos, estos del caldo no son del río, son peces de mar, nos toca ir 5 horas de ida y 5 de vuelta hasta la bocana porque los de por acá ya no se pueden comer, usted sabe, el mercurio…”.

En ese momento tuvieron sentido las manchas en la piel que recurrentemente veía en la gente de la comunidad, así como los comentarios constantes de las mujeres contando que los niños estaban sufriendo mucho del estómago. Los Eperara Siapidaara, habitantes ancestrales de las cuencas de tantos ríos que desembocan en el pacífico, la gente cuyos mitos, leyendas y hasta relatos de origen tienen que ver con las cuencas que han habitado, ahora no pueden alimentarse de ellas.

Mientras terminábamos nuestros caldos de pescado de mar escuchamos un motor que lentamente se acercaba, por su sonido podíamos intuir que no era un motor muy grande, posiblemente uno de los que en aquellas regiones llaman peque peques y cuya fuerza no pareciera ser mucho mayor a la de un motor de guadaña.

“Ahí deben venir los muchachos de la interconexión”. Una de las mujeres que cocinó expresó en voz alta lo que al final de cuentas fue un parte de tranquilidad, toda vez que en un territorio donde abundan actores de todo tipo, un motor siempre es al principio un misterio o un presagio de malas noticias. Unos minutos después, en el improvisado embarcadero, un bote largo y angosto atracaba y de el se iban bajando uno tras otro un total de 12 muchachos, todos muy jóvenes, y todos con expresión muy cansada.

Detrás de ellos un hombre más grande les gritaba: “A ver si mañana se levantan mas temprano y no nos toca volver tan tarde, ¡vagos!”. Por su tono se podía inferir que se trataba de alguien del interior del país; un capataz foráneo encargado de la administración de la mano de obra local empleada en un proyecto de interconexión eléctrica que se estaba adelantando en el territorio. Los jóvenes se acercaban a saludar a sus familiares e iban directamente a la olla del caldo de pescado. Ahora los jóvenes no pescan peces en el río sino billetes en efectivo; no muchos billetes, pero es pesca igual, de la que se hace para tener con que llenar los estómagos.

Mas tarde, al calor de unos pocos tragos de pildé crudo, una bebida a base de ayahuasca que el jaipana preparó para facilitar la charla aquella noche, fuimos conversando y escuchando sobre los relatos del río y la suerte del pueblo Eperara, sobre el mercurio y la electricidad, el futuro de los Resguardos, la guerra sin fin, de los chismes de vecinos y hasta de la temporada de Messi aquel año, listos para descansar e iniciar al día siguiente el trabajo “formal”, en el que una vez mas un Estado miope hablaría de planes, programas y proyectos que, por supuesto, terminarían diluyéndose en la nada como el mercurio en el río, y una comunidad que, de tantas décadas de escuchar las mismas palabras, preferirá seguir confiando más en su propia memoria y experiencia y menos en promesas efímeras de gobiernos ausentes.

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