Por Rafael Nieto Loaiza
Se ha propuesto una intervención militar internacional para desalojar al régimen chavista en Venezuela.
Hasta la primera guerra mundial, los Estados entendían que tenían derecho a hacer la guerra para satisfacer sus intereses y objetivos. Pero en el siglo XX la crueldad y los riegos de la guerra obligaron a un cambio de reglas. Las Naciones Unidas nacen en 1945 con el expreso propósito de “mantener la paz y la seguridad internacionales [y] suprimir actos de agresión y otros quebrantamientos de la paz [de manera que] los miembros de la Organización se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”.
La misma carta de Naciones Unidas establece las excepciones a esa prohibición general del uso de la fuerza en las relaciones internacionales. Una, obvia, la legítima defensa. La otra, las acciones que considere necesarias el Consejo de de Seguridad para “mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales”, de acuerdo con el capítulo VII del tratado. No hay otras circunstancias en que el derecho internacional contemporáneo considere lícito el uso de la fuerza en contra de un Estado.
El tratado también dice que “ninguna disposición de esta Carta autorizará a las Naciones Unidas a intervenir en los asuntos que son esencialmente de la jurisdicción interna de los Estados”. El principio de no intervención es vertebral del derecho internacional contemporáneo. Sin embargo, la misma Carta sostiene que «este principio no se opone a la aplicación de las medidas coercitivas prescritas en el Capítulo VII”.
Cabe preguntarse si la existencia de un régimen autoritario o una dictadura son una amenaza a la paz y la seguridad internacionales y, por tanto, justifican el uso de la fuerza. La respuesta es inequívocamente no. La Carta de la ONU fue redactada y aprobada por estados que no eran democráticos, como la Unión Soviética y China, y hoy la mayoría de los estados que hacen parte de la Organización no lo son.
Más complejas son las denominadas intervenciones humanitarias, entendidas como acciones militares de uno o varios estados para frenar las violaciones graves y masivas de los derechos humanos que ocurren en otro (Brownlie). Está claro que el Consejo de Seguridad ha entendido en algunas ocasiones que esas graves y masivas violaciones a los derechos humanos pueden constituir amenazas o quebrantamientos a la paz y la seguridad internacionales y ha aprobado el uso de la fuerza en Somalia, antigua Yugoeslavia, Ruanda, norte de Irak y Etiopía y Eritrea. Ahora bien, son inmensa mayoría los casos en que la ONU no ha actuado frente a crímenes de guerra o de lesa humanidad. Las intervenciones humanitarias unilaterales o por fuera del marco del Consejo de Seguridad son violatorias del derecho internacional público.
En ese contexto, ¿es posible una intervención militar internacional en Venezuela? Si la aprobara el Consejo de Seguridad, sí. Pero no lo hará porque, primero, no se considera que haya una amenaza a la paz y la seguridad y, segundo, aún si algún Estado la solicitara, posible pero improbable, sería muy difícil que la mayoría aprobara y, con certeza absoluta, sería vetada por Rusia y China. ¿Y en el marco de la OEA? Imposible. No hay antecedente alguno, las decisiones se toman por consenso y ni siquiera han sido capaces de aplicar la Carta Democrática Interamericana.
El único país que podría adelantar una intervención militar en Venezuela serían los Estados Unidos. Sería una clara violación a la Carta de la ONU, pero eso poco importa a las grandes potencias. ¿Pero lo haría? Altamente improbable. Con los frentes abiertos de China, Rusia en Ucrania y Palestina, no hay deseo en Washington de semejante aventura militar. Más posibilidades tendría una operación puntual, como las de los bombardeos a jefes de organizaciones terroristas. Difícil pero posible, si es que el régimen chavista desafía en exceso a Washington. No se ve tampoco que tal cosa ocurra. ¿Las pruebas? Chevron sigue operando en Venezuela y soltaron a María Corina después del trino de advertencia de Trump.
En cualquier caso, lo que no puede hacer Colombia es meterse en semejante berenjenal.