domingo 18 Ene 2026
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No por mucho madrugar amanece más temprano

17 enero 2025 10:30 pm
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«No por mucho madrugar amanece más temprano», dice el refrán, y en su aparente simplicidad se esconde una lección que ha resonado en los corazones de los sabios desde tiempos inmemoriales.

Imaginen, si quieren, la vida como un río que fluye sin prisa, pero sin pausa. A veces, en nuestra ansiedad por alcanzar algo, corremos junto a sus orillas, queriendo adelantarnos a su curso. Creemos que, si nos esforzamos más, si nos desgastamos más, el sol saldrá antes para iluminar nuestro camino. Pero ¿acaso el sol escucha nuestras prisas? ¿Acaso la naturaleza se doblega ante nuestra impaciencia? No, queridos míos. El amanecer llega cuando debe llegar, y no un instante antes.

Esta verdad, que parece tan simple, es un espejo en el que podemos vernos reflejados. Cuántas veces, en nuestra vida, hemos querido forzar las cosas, empujar los eventos, acelerar el tiempo. Y, sin embargo, la vida tiene su propio ritmo, su propia melodía. Como decía el filósofo Kant, quien, al hablar de la vastedad del conocimiento, citaba a Terrasson: «Si se mide la extensión de un libro no por el número de páginas, sino por el tiempo necesario para entenderlo, de muchos libros podría decirse que serían mucho más breves, si no fuesen tan breves». Aplicado a la vida misma, podríamos decir: si medimos la duración de nuestra existencia no por la cantidad de años, sino por la profundidad de nuestra experiencia, muchas vidas serían más ricas si no se apresuraran tanto. Y es que la prisa, lejos de acercarnos a nuestros sueños, nos aleja de la paz interior, de la armonía con el universo.

Recuerdo una vez, en mis años de juventud, cuando creía que el éxito era una meta que debía alcanzarse a toda costa. Corría, luchaba, me desvelaba, pensando que así lograría que el amanecer de mis sueños llegara antes. Pero ¿saben qué descubrí? Que, en mi afán por llegar, me perdía de disfrutar el camino. Me perdía de las pequeñas alegrías, de los momentos de quietud, de las lecciones que solo la paciencia puede enseñar.

Y es que, queridos lectores, la vida no es una carrera, sino un viaje. Un viaje en el que cada paso, cada respiro, cada instante de espera, tiene su propio valor. Como decía el gran poeta Rumi, «La paciencia es la clave de la alegría». Porque es en la espera, en la aceptación del ritmo natural de las cosas, donde encontramos la verdadera sabiduría.

Así que, les invito a reflexionar: ¿cuántas veces hemos querido forzar el amanecer en nuestras vidas? ¿Cuántas veces hemos olvidado que, a veces, lo más sabio es esperar, confiar, y dejar que las cosas fluyan? No se trata de quedarse quietos, sino de moverse con la corriente, de bailar al ritmo de la vida, sin querer adelantarnos a su música.

Y en este baile, en este fluir, encontramos algo aún más profundo: el amor. El amor por nosotros mismos, por los demás, por la vida en sí. Porque cuando aprendemos a esperar, cuando aprendemos a respetar el tiempo de cada cosa, estamos cultivando un amor paciente, un amor que no exige, sino que acepta. Un amor que, como el amanecer, llega cuando debe llegar, y nos ilumina con su luz suave y cálida.

Así que, queridos lectores, les dejo con esta reflexión: no se apresuren. No corran tras el amanecer. Confíen en que, cuando sea el momento adecuado, el sol saldrá para iluminar su camino. Y mientras tanto, disfruten de la noche, de las estrellas, de la quietud. Porque en esa espera, en esa paciencia, está la verdadera magia de la vida.

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