Hace un año escribí una columna titulada: “La pólvora, herencia maldita”; visité el mismo lugar para despedir el año 2024 en compañía de algunos familiares. A las doce de la noche del 31 de diciembre caía un fuerte aguacero en la ciudad de Pereira y pensé dentro de mí: los animales y el ambiente de la ciudad van a tener una jornada tranquila; se me fue el tiro por la culata; empezó a retumbar el cielo; se escuchaba un ruido aterrador, espantoso y abundaban los relámpagos artificiales como si fuese la hora de llegada. Para completar la batahola, rayos de luz láser intermitente golpeaban la montaña y el bosque, después de desprenderse de un costado del viaducto César Gaviria Trujillo.
Por lo anterior, me tomo el trabajo de transcribir el siguiente párrafo de la columna enunciada: “Es 31 de diciembre de 2023 y a las 12:00 p.m. todo cambia inusitadamente; ese paisaje sereno se torna intranquilo, vivaz, ruidoso o alborotado; desde todos los puntos cardinales de la “bulliciosa” surgen detonaciones de diferente tono y volumen; los estallidos en coro anuncian la llegada de un nuevo año; el triquitraque es acompañado de manantiales multicolores de distintos tamaños y direcciones; lo que presagiaba fiesta se convierte en una inmensa batahola, verdaderamente estruendosa que ensordece desde lejos; da la impresión de asistir a un concurso, cuyo ganador es aquel que produzca la mayor explosión en el más mínimo espacio, aquel que sea capaz de romper el tímpano más lejano”.
Nada ha cambiado, excepto las luces perturbadoras que se han agregado a la ceremonia de despedida de otro año; la insensibilidad de los pereiranos hacia la naturaleza continúa; las jornadas educativas y de sensibilización no han logrado su fin; el 31 de diciembre seguirá siendo la fecha con más personas lesionadas por pólvora; se vende pólvora a niños y adolescentes; nadie denuncia a las personas que manipulan pólvora; no se aprecia el amor por la vida y la naturaleza; se ha perdido la conexión con la naturaleza y la comunidad para construir un mundo más sostenible; nuestros políticos no toman la vocería para restringir el uso de la pólvora ruidosa; las llamadas autoridades no toman cartas en el asunto; solo esperan el estallido de un polvorín para dar pésames a través de los medios de comunicación y las redes sociales; hace falta mano dura para hacer entender a los polvoreros y consumidores que la pólvora no es un juego; continúa la tradición importada del 1 de diciembre (alborada), en la cual hay consumo desmedido de pólvora.
Algo grave es que la celebración con pólvora es una costumbre (vicio) que pasa de padres a hijos y no es raro que se inscriba en el ADN; da la impresión de que quien más pólvora quema tiene más poder y aceptación entre los vecinos. Desgraciadamente, la pólvora es consumida, especialmente, por las clases populares, las de menores ingresos y se pone a tambalear la economía familiar; peor cuando se mezcla con licor y se convierte en competencia de machos.
Ya está demostrado que las campañas contra el uso de la pólvora no tienen casi ningún resultado positivo, por el contrario, pareciese que estimulasen esa desgracia. Es necesario replantear esa estrategia y dirigirla a grupos target; además, articular “garrote y zanahoria” mediante la integración del Ministerio de Gobierno; Ministerio de Educación, Ministerio de Salud, Ministerio del Ambiente y la Policía Nacional; todos hacia un mismo objetivo.
Como decía mi abuela: “Mi marido se creía muy macho porque explotaba tacos durante Navidad y Año Nuevo; se le bajó la fiebre cuando se voló un dedo”.