Por Juan Felipe León
Será que la necedad parió conmigo
La necedad de lo que hoy resulta necio
La necedad de asumir al enemigo
La necedad de vivir sin tener precio
Yo no sé lo que es el destino
Caminando fui lo que fui
Allá, Dios ¿Qué será divino?
Yo me muero como viví
Silvio Rodríguez (El Necio)
Siempre que la he narrado empiezo hablando de la imposibilidad de hallarla si se busca. Su presencia surge de la coordinación azarosa pero precisa de dos momentos que colisionan y no están relacionados entre sí. Para tratar de explicarme mejor decidí empezar a similizar su presencia con la de un aguacero. Es por eso que cuando aparecía decíamos que por fin había llovido.
La primera vez que la retraté fue a petición de Libaniel, un viejo amigo que había estado escribiendo una crónica sobre su vida heroica y olvidada. Me dijo que al principio le parecía una caricaturesca representación de la revolución, pero que cuando se dio la oportunidad de hablar con ella, encontró una mujer cuya vida era un inesperado elogio a la terquedad juvenil de setenta años; una terquedad que permanecía en sus pasos erráticos y cojos que transitaban por el centro de Armenia, sembrando pequeños mítines que esperaba dieran luego fruto en primavera. Habíamos pasado semanas buscándola sin ningún resultado; llegábamos a un sitio y nos decían que recién había salido para otro y cuando la veíamos de lejos caminando, agitando su boina y su gabán, resultaba que su imagen no duraba más de un parpadeo.
Tuvimos que desplegar un bloque de búsqueda. Yo llevaba la cámara cargada al hombro por si su presencia nos sorprendía en algún instante y tenía que obturar con rapidez, como un francotirador. Lo poco que tenía para reconocerla era la descripción que Libaniel había desarrollado en su crónica sobre ella: “Pero ahora, treinta años después, la sobreactuación corresponde a un hondo sentimiento mío de respeto y admiración porque veo a la camarada María, con esa boina que parece gritar ¡Aquí estoy!, aún en la más abigarrada y multitudinaria manifestación, a la más bonita y revolucionaria de todas nuestras mujeres latinas:Vilma Espin”. (La camarada Maria Libertad (El Espectador 2022) por Libaniel Marulanda).
Para ese momento, ni siquiera sabía a quién se refería Libaniel, pero podía hacerme una imagen muy precisa de lo que buscábamos. Por otro lado, sería una foto mía la que traería al lector la imagen precisa de aquella crónica extensa y ferviente que obsesionaba a Libaniel por esos días y que sería publicada el fin de semana en el periódico, por lo que mi misión allí era fundamental, imprescindible.
Para tratar de encontrarla nos repartimos esquinas como cuarteles y calles como campamentos: transitamos todos los cafés del centro de Armenia, lo que hizo que camináramos afanosos con la cafeína depurándose en nuestra frente; fuimos a billares llenos de viejos pensionados, que llevan en sus espaldas las manchas azules de la tiza, así como los hondos dolores y arrepentimientos del pasado. Hasta la buscamos de voz a voz entre los emboladores que siempre traen la información a cuestas entre sus betunes y cepillos, tanto así que cuando terminamos de escuchar sus relatos nos quedaron las orejas pintadas y brilladas, pero aun así no dimos con ella. Cuando estábamos a punto de dar por terminada la pesquisa, decepcionados de no lograr la imagen que la sacara de las letras; el olor a vapor de greca se mezcló con el petricor de la calle y vi de lejos cómo mi compañero me llamaba, mientras sostenía de la muñeca a la camarada María, frágil y alegre: como si de una niña se tratase. Era tal cual me la había imaginado: sus ojos neblinosos apenas si se alcanzaban a ver a través de la boina, pero en ellos estaba esa necedad que acompañaba sus pasos. Me saludó con su mano pequeñita mientras sonreía por haber dado con nosotros. Nos dijo que había estado pensando en este encuentro en la mañana y estaba seguro de que era verdad, porque de no ser así nunca hubiésemos dado con ella. Cuando me acerqué a saludarla una lluvia repentina inundó la Plaza de Bolívar. Como en un campo de batalla saltamos los charcos para llevar a nuestra camarada a un lugar seguro: un escampadero.
Hablamos toda la tarde a merced del sonido de las gotas que caían sobre el techo de zinc de un local. Me habló sobre su vida y su lucha. La sopa de revolución no había calmado su hambre; sin embargo, se mantenía necia. Habló también de sus miedos y sus fantasmas, de cada una de las vidas que había visto perecer a manos del gobierno colombiano, de cada compañero de lucha y cada pesadilla que la perseguía cuando recordaba su camino. Habló de sus esperanzas, del cambio de gobierno, de la fragilidad del poder y de su profunda fe en la democracia. Sus manos trémulas guiaban el relato que contaba, como si dibujara en el aire imágenes que se precipitaban al suelo y se iban con la corriente del agua. Hacia el final de la tarde el charco que se había creado bajo nosotros brillaba tornasolado de tantos recuerdos. La lluvia y el sol se volvieron tenues y fue ahí cuando recordé el motivo de nuestro encuentro.
Nos dirigimos a su lugar de aparición para hacerle una foto. La estatua de Bolívar se derretía de ternura al verla allí posando y sonriendo frente al lente. La observé por la mirilla, hice foco con el lente: a través de la óptica veía a una mujer con una boina que tenía adheridos dos botones del Che Guevara, un gabán afelpado y sus ojos pequeños pero impasibles que me observaban de frente. Por un momento percibí una extraña sensación en su rostro, como si sintiera que ese objeto que le apuntaba podría arrancarle la vida: un esperado tiro de gracia. Así que levantó su frente con altivez y me retó con la mirada, como diciéndome “¡Apriete el gatillo!”. Allí en la plaza, teniendo como único testigo al libertador de Colombia, obturé mi arma; de repente su presencia se disipó al tiempo que las nubes fueron calmando su llanto. En el sensor de la cámara quedó el momento exacto en que la camarada María revisó las imágenes de su pasado frente al único objeto que le dispararía con éxito. Hoy veo en la imagen que se desprende de su cuerpo una pequeña sonrisa de niña traviesa, que aventuraba un pensamiento profundo: jugando a lo perdido, hallaba la victoria.
Tiempo después nos volvimos a encontrar; para ese momento un compañero suyo del Eme había llegado a la presidencia de Colombia. Ese día agitó sus banderas, gritó arengas olvidadas y cantó hasta quedarse sin voz. Al otro día, su vida siguió su rumbo; continuaba deambulando por las calles de Armenia, repartiendo ideas en los cafés, armando pequeños mítines en las plazas, escribiendo panfletarias poesías y soñando con serpientes de antaño. Espero que algún aguacero nos encuentre de nuevo, que ningún rayo se la lleve y su imagen no sucumba al torrente tornasolado de los recuerdos en el asfalto.
Bogotá, diciembre 14 de 2024
Nota de la redacción: El autor de esta crónica es un joven nacido en Armenia que recién comienza a emerger en el ámbito de dos disciplinas artísticas, justo en el momento en que ha terminado su carrera de Cine y T.V. en la Universidad Nacional, en Bogotá. Ha sido el ganador de varios premios de carácter nacional como cineasta. El presente texto constituye su debut como narrador en El Quindiano.