domingo 14 Dic 2025
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CUANDO ME INVITARON A UN SUICIDIO 

17 diciembre 2024 9:53 pm
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“Nacer me ocurre / Vivir me ocupa / Morir me remata / Lo rojo me agita / Lo negro me activa / Lo blanco me calma / El cansancio me calma / El hastío me desanima / El agotamiento me detiene / La felicidad me precede / La tristeza me sigue / La muerte me espera.” (Suicidio. Édouard Levé)

Cuando lo vi por primera vez, venía como todo un cartujo que recién salía de su convento para cristianizar infieles en la tierra caliente. Yo estaba acostado, pues aún no salía para recibir mis clases de lenguaje y matemáticas y nunca pensaba que me ocuparía posteriormente en los asuntos de la reflexión filosófica y en mis divertimentos literarios. Pero él si estaba plenamente consciente de su misión en la tierra: servirle a la humanidad. Sus pies de caminante fiel estaban semiprotegidos del polvo por unas sandalias de color café marrón. Vestía una sotana de igual tono, que parecía recién envejecida y estaba amarrada a su cintura juvenil, por un cordón, que después de ser enroscado, lo que le sobraba caía hasta más abajo de la rodilla. En sus manos tiernas acariciaba un rosario, que movía progresivamente de acuerdo con los gestos de sus labios. Pero su mirada no era la más profunda y reflexiva, más bien era juguetona, risueña y dispuesta a abrazar el mundo desde cualquier tópico.  

Se nos presentó de manera muy cordial y, vaya sorpresa, era justamente mi primo hermano Arnulfo Cifuentes Olarte. Desde ese momento lo seguí admirando y de cuando en cuando nos fuimos encontrando por los caminos de la vida o simplemente recibiendo noticias de sus andanzas. Pero sin embargo de este mutuo aprecio, debo confesar que el inicio fue un tanto traumático para mí; pues mi familia había llegado de Antioquia hasta el Quindío, precisamente huyéndole a los estragos de la parca que se había ensañado en mi hermano Héctor Diego, dándole unos latigazos cancerosos en el hígado a un niño de apenas siete años. Mi padre tuvo que vender la finca para intentar curarlo en una clínica privada en Medellín al final de los años cincuenta cuando no se contaba con los avances clínicos y farmacéuticos de la época en la cual rememoro el asunto. Ante los inútiles tratamientos y una cercanía a la bóveda mortuoria que aún no me explico, mis padres como fieles católicos antioqueños, recibieron y acogieron el consejo de encomendarlo a San Francisco; para lo cual tenía que vestirse con los hábitos del santo tan querido en la familia, que le ha dado su homónimo a mi papá, a mí y a mi hijo.

Lo recuerdo con ternura, pesar y mucho enigma: sí, aún me parece que está jugando con nosotros en el magnífico jardín de la casa solariega que tanto cuidaba mi madre Teresa. En el marasmo del sueño de mis años infantiles, lo observo cayéndose al suelo enrevesado en su sotana y volviéndose a parar para sacudirse la tierra adherida a su vestimenta de santo inocente. Mi madre, que desde siempre fue regañona y tajantemente correctiva, no osaba más que cuidar a su hijo atormentado por los dolores que hacían de las suyas en ese cuerpito endeble, ya desahuciado por los médicos de la capital. Es decir, no quedaba sino el recurso de la fe, la que se rompió casi para siempre cuando mi hermanito inevitablemente cayó dizque en las manos del Señor e iniciamos una travesía de pobreza, dolor y un duelo intermitente. Alguien, que resultó muy familiar había llegado a nuestro refugio a recordarnos en persona la devoción por San Francisco y a removernos los trágicos sucesos de una encomienda divina que nunca se cumplió. Estábamos ante San Francisco, la fe caída y el nacimiento de una bella amistad; hasta ahora que mi primo Nelson Cifuentes Patiño me telefonea para decirme que era el mensajero de no muy buenas noticias: Arnulfo ha decidido que le administren la eutanasia, para lo cual desea viajar desde los EE. UU y llevar a la práctica el suicidio asistido en una finca en Manizales y Ud., Pacho, está invitado para la despedida. ¿Qué tal? 

Después de haber vivido “una temporada en el infierno” he retornado a mi bello nido familiar, a las tertulias con mis amigos y a embriagarme de cultura todos los días y psicológicamente no resisto este tipo de invitaciones a ceremonias fúnebres anticipadas.  Dice Carmela que de inmediato cambié el semblante mientras hablaba con Nelson por el celular y, no precisamente de tango, bolero y literatura, sino de una novela viva cuyo protagonista era un vivo muerto. Anduve de un lado para otro sin mencionar el asunto, interrumpí abruptamente el almuerzo en un restaurante del norte y ante la andanada de las inquietudes de mis hijos, terminé socializando semejante invitación. Regresé a mi silencio y recordé los versos del melancólico Cesar Vallejo: 

“Me moriré en París con aguacero, 

un día del cual tengo ya el recuerdo. 

Me moriré en París -y no me corro- 

tal vez un jueves, como es hoy, de otoño. 

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso 

estos versos, los húmeros me he puesto 

a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, 

con todo mi camino, a verme solo” 

A estas alturas no sé cuáles fueron sus últimas palabras, su último gesto, su última mirada. Pero me dicen que murió dizque tranquilo después de lidiar con un cáncer allá en la capital de la ciencia y la tecnología, que no puede con la muerte, pero la ensaya todos los días en los campos de batallas ajenas, como en Ucrania y en Gaza, donde 500 mil jóvenes de lado y lado vuelven a sembrar con su carne, sus huesos y su sangre la tierra del olvido. Cómo despedirme de Arnulfo: talvez escuchando Alfonsina y el Mar o el Réquiem de Mozart. De pronto releyendo la novela Suicidio de Édouard Levé, quien se la envía a su editor y diez días después se suicida, acorde con su decisión tomada con mucha anticipación y ejecutada con lujo de detalles y, de la cual tomo sus últimos versos como epígrafe para este recordatorio. Entre tanto por mi mente pasan cuadros de una galería de recuerdos sublimes, de hechos y procesos realizados en nuestras vidas. 

Después de su paso por la comunidad de los franciscanos, Arnulfo se dedicaría al estudio de la filosofía con mucha aplicación, pasando por la metafísica, anclándose un tiempo en el existencialismo y recalando en el marxismo. Y ahí nos volvimos a encontrar compartiendo al pie de la letra las lecciones del filósofo y dirigente chino Mao Tse Tung. Éramos conocedores y practicantes de sus Obras Completas, menos de los Escritos Militares; pues ni él ni yo, quisimos tomar las armas dizque en beneficio del pueblo. Eso sí, liderando un puñado de líderes estudiantiles tuvimos nuestro único triunfo político: lograr que todos los ciudadanos de La Tebaida rasgaran y quemaran ante la alcaldía los recibos del servicio de energía que estaban llegando extremadamente onerosos para un pueblo agobiado por la pobreza, como producto de un trabajo militante de casa en casa hasta conseguir el objetivo reivindicativo y popular. El resto se nos fue quedando en la utopía, de aplazamiento en aplazamiento; menos mal que mi querido Arnulfo ya no sufre; pues según mi coronado Dante, uno cuando llega al cielo solo goza eternamente, mientras aquí en el país del Corazón de Jesús seguimos en el purgatorio esperando que nuestros restos algún día queden esparcidos por el universo, según el último Mesías. 

Cuando Arnulfo abandonó los hábitos yo andaba ya predicando el ateísmo en las selvas del Caquetá, colaborando con la siembra de un virus que aún no cesa en Colombia y cuyas cepas se han multiplicado en varios ismos y disidencias que tienen postrado el país. Muchos años después mi amigo Gonzalo Cardona, también filósofo e historiador, me relataría el día que mi primo tomo la decisión de regalar los clásicos de la filosofía porque se dedicaría de tiempo completo a predicar a San Mao por todo el terruño: le dejó en un apartamento en Bogotá todo Kant, Heidegger y Sartre y solo se quedó con Las Cuatro Tesis Filosóficas del camarada Mao. Se fue a ejercer la “política de los pies descalzos” por toda Colombia. Es decir, a su manera, continúo siendo un fiel misionero.

Casi nadie atina a creer que el marxismo y el cristianismo son de la misma estirpe: postulan un origen de igualdad natural, se desarrollan en antípodas, esperan una conclusión feliz terrenal o celestial, son deterministas y teleológicos y, en ambos casos, la vida y la historia ya están escritas. Lástima que en su último suspiro no haya estado para leerle un poema, cantarle una canción y darle un abrazo familiar y amistoso; pues estas son las más bellas reliquias que van quedando de un humanismo enclenque: familia, amistad y arte. 

Con los años aterrizó en las leyes y se convirtió en todo un jurisconsulto laboral; una vez más cumpliendo con su misión de salvar la humanidad en la persona del proletariado y el resto de los trabajadores, para lo cual se especializó en destrabar entuertos como un Quijote de las normas y la virtud, atendiendo los sindicatos y los maltratados por el capital. Después de cosechar algunos triunfos en esta brega como abogado, se instaló en los EE. UU; la tierra del capital y ahí la vida le asestó el golpe que lo llevaría en medio de los dolores a meditar seriamente acerca de vencerla él mismo y por eso tomo la decisión de que le aplicaran la eutanasia. Aunque estoy asombrado, de verdad, yo haría lo mismo para no seguir sufriendo en carne propia y en el sentimiento de los demás.   

Por lo demás me agradaría encontrarme con Arnulfo para entablar una amena y compleja tertulia acerca del suicidio y en la cual podamos iniciar con Camus y su obra El mito de Sísifo donde abre con esta sentencia: «Sólo hay un problema filosófico verdaderamente serio y es suicidio.» (Il n’y a qu’un problème philosophique vraiment sérieux: c’est le suicide.); pues siempre estamos frente a la muerte y ante la decisión de los demás o de nosotros mismos. Por el momento él la tomó con valentía y yo la he despreciado a mi manera. 

Le contaría que uno de los temas recurrentes en mi trabajo dentro de la Universidad del Quindío es precisamente la tentación al suicidio que padecen los jóvenes más desorientados; frente a lo cual suele decírseles: «El suicidio es una solución permanente a un problema temporal»; esto para tratar inútilmente de espantar la señora cegadora y procurar entretenerla con algunos proyectos vitales y demorarles la angustia o la felicidad a los adolescentes. 

Conversaríamos acerca de Sartre, de la nada, del absurdo y del hecho cierto de “estar condenados a la libertad”. Posteriormente debatiríamos sobre la posición de Meursault, el protagonista de la novela de Camus. El Extranjero que es condenado a muerte, de la siguiente manera:  

“El hombre absurdo no se suicidará; quiere vivir, sin renunciar a su certeza, sin futuro, sin esperanza, sin ilusiones… y sin resignación tampoco. Él mira la muerte con apasionada atención, y esta fascinación lo libera. Experimenta la «irresponsabilidad divina» del hombre condenado.” 

Por supuesto que aquí caeríamos en las elucubraciones que el tanto ejercitó en el seminario acerca del libre albedrío, los mandatos divinos, la tentación de Satanás, la plena entrega ante el dolor y la fe. Pero miraríamos no se si hacia abajo y creo que no tendríamos palabras ciertas para condenar o felicitar tan monstruosa realidad. 

Pero me agradaría complicarle las cosas con Kant cuando en Principios fundamentales de la metafísica de la moral   afirma que «Quien contempla el suicidio debe preguntarse si su acción puede ser coherente con la idea de la humanidad como un fin en sí misma». Frente a lo cual creo que Arnulfo me llevaría a una discusión acerca de lo que es la humanidad, la libertad y la voluntad, quedando yo en ascuas para justificar mi elección. 

Pero respetándolo y queriéndolo, a estas alturas de la vida yo me abstendría de recordarle la posición de Aristóteles en su discusión sobre el coraje, donde sostiene que “suicidarse para evitar el dolor u otras circunstancias indeseables es un acto cobarde”. Según he leído en las biografías de los filósofos, este no sufrió cáncer o sida, ni tuvo tantos dolores en la vida para arriesgarse a semejante decisión.  

Más bien intentaríamos buscar una biblioteca para que nos lleven a las páginas de Heródoto donde afirma: «Cuando la vida es tan pesada, la muerte se ha convertido para el hombre en un refugio buscado» y completaríamos con mi admirado Schopenhauer, el filósofo de la voluntad, cuando expresa: «Nos dicen que el suicidio es el mayor acto de cobardía… que el suicidio está mal; cuando es bastante obvio que no hay nada en el mundo a lo que cada hombre tenga un título más indiscutible que a su propia vida y persona.»  

En este estado de la tertulia estoy seguro que llegaría Nelson a animar la fiesta con Milonga Celestial, mientras esperaríamos a nuestro primo, el geólogo Jairo Patiño Cifuentes, para que nos devuelva a consideraciones acerca de la materia, la energía y la inmersión en el universo desde siempre, estemos vivos o muertos, pues regresamos de otra manera a la existencia y al ser; es decir, para el magno e infinito cosmos, nada ha terminado, todo sigue siendo, fluyendo y otras características nos identificaran; ya no es el traje de San Francisco, el de Mao, el de Gardel o la corona del divino Dante, ni estaremos en el tribunal de alguna inquisición o asistiendo calladamente al Juicio Final de Papini. 

Claro que todo esto no se lo podemos contar a nuestras tías allá en Rionegro Antioquia, las que desde mucho antes de la negra visita ya habían mandado a construir el ataúd diseñado por ellas mismas y tenían cosida y bien guardada la túnica que habrían de lucir para que santamente fueran recibidas en el más allá.

Estimadas Rocío y Nora, recuerden que entre nuestro deambular por los cuartos de las Señoritas Cifuentes Ríos siempre nos dejaban asombrados estos preparativos que reposaban arriba de los grandes armarios ya oliendo a alcanfor e incienso.  Por todo este misterio y esta ceremonia de los adioses, no me queda más que abrazar en la distancia a mis primos Belisario, Horacio, Claudio, Jairo y Diego en el Guaviare y, que le rindan culto en la selva y en las aguas donde habitan los fantasmas junto a los seres más bellos de la naturaleza. Hasta siempre Arnulfo, por favor abráseme en algún lugar del cosmos a tu hermano Ricardo, a mi tío Toño y a tu mami Lilia. 

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