Por Germán Rojas Arias
Mi madre, una campesina nacida en las montañas del Quindío era una arquitecta. Y aunque no alcanzó a terminar su primaria en el por ella recordado con orgullo y mucha nostalgia colegio San José de Circasia, era una ingeniera civil.
De descendencia conservadora, con el periodista Aldemar Rojas Martínez -liberal hasta los tuétanos- construyó una familia. Ocho hijos fue el resultado de su infinito amor con el hombre que toda su vida la hizo soñar a pesar de las adversidades.
Uno tras otro. Cada año, incluso cada 11 meses, un nuevo hijo alegraba su ser de madre. Su juventud, su energía, sus hijos, su amor, sus vivencias, se convirtieron en la mejor universidad en la que cursó, haciéndole quite a los embates del destino, con gran éxito la carrera de la vida.
Con la destreza de un arquitecto y el cálculo de un ingeniero cada 15 de diciembre con sus párvulos debajo de sus “enaguas”, empezaba a primera hora a construir su gran obra de Navidad: el pesebre.
Las mesas y sillas de la sala, las sillas del comedor, las bancas, las cajas de cartón del año anterior y las que pedía en la tienda del barrio eran los cimientos, la base que forraba por encima y por los lados con papel panela o también con cartones. A una altura que oscilaba entre los 30 y 100 cm el terreno estaba listo para recrear el Portal de Belén y sus alrededores.
Montañas, mesetas, altiplanicies, valles, depresiones, lagos y ríos tomaban forma en un gran pesebre que, abarcada casi toda la sala de la casa, con la precaución de la arquitecta de dejar libre el paso para ingresar al interior de la vivienda.
De debajo de las camas sacaba las cajas que durante un año guardaban, celosamente envueltos en papel periódico, los elementos que hacían parte del pesebre. Con paciencia y asombroso conocimiento comenzaba a desempolvar y a adornar. Cada cosa en su lugar. Ubicaba el musgo y vegetación -traídas el domingo anterior de las orillas y el valle del río Consota- en el sitio adecuado, al igual que el aserrín y las piedras para determinar los desiertos y otros lugares.
Con papel plateado construía los lagos y los ríos en los que siempre había patos de plástico o de goma. Los animales de igual material: elefantes, jirafas, tigres y otros tomaban su lugar. Las ovejas y sus pastores, las gallinas y gallos no podía faltar, eran parte importante del pesebre. Las casitas e iglesias de cartón y alguno que otro castillo complementaban las piezas del pesebre.
En la parte más alta ubicaba el Portal de Belén donde colocaba sobre un piso de viruta de madera a José a un lado, a María en el otro, en la entrada al buey y al asno y en el centro la cuna. El Niño Dios solo ocupaba su lugar el 24 de diciembre a las 12:00 de la noche. Lo ponía secretamente en la cuna cuando todos dormíamos y en ese instante junto al “Viejo”, arropados en la cama, nos llamaban: ¡Llegó el Niño Dios! No he visto felicidad comparable. Tanto a él como a ella se les iluminaba el rostro y se convertían en niños para compartir con nosotros la inocencia de los regalos que nos había traído el Niños Dios.
La familia Sagrada eran las figuras más grandes del pesebre al igual que los tres Reyes Magos hechas en fino caucho. Estos últimos solo los colocaba a su debido tiempo, un día antes de la Natividad y estaban presentes hasta el 7 de enero, día en el que todo volvía a su lugar.
El pesebre siempre lo armaba, era la tradición, el 15 o el mismo 16 de diciembre día en el que empezaban las Novenas de Aguinaldos y en las que no podían faltar los cascabeles de tapas de gaseosa o de cerveza que machacábamos con una piedra y con una puntilla les hacíamos un hueco en el centro para sostenerlas en un alambre y que Ofir, mi madre, la ingeniera, nos ayudaba a armar. Diez o nueve tapas daban el sonido perfecto para animar los villancicos que entonábamos alrededor del pesebre con las familias de la cuadra que también habían hecho su pesebre a los que había que ir a rezar las novenas.
No obstante, el pesebre de mi casa era el más grande de la cuadra. Estoy seguro que mi madre lo construía proporcional al número de sus hijos. ¡Qué sabia! No omitía detalle alguno. La veo luchando siempre por el bienestar de sus hijos. El pesebre no era otra cosa que la felicidad que le producía ver a sus hijos felices ¡Cuantas enseñanzas y cuantos valores nos legó alrededor de ese inmenso pesebre! Esa arquitecta, esa ingeniera con sabiduría y con su profundo amor construyó los cimientos para que su familia se multiplicara firme y segura en el edificio de la vida.