Al menos aún queda algo de la tradición. Aunque preocupante el sentido meramente mercantilista de estas épocas decembrinas, sigue apareciendo una lucecita de esperanza en medio de tanta nube oscura que se ha apostado en nuestro firmamento. Nos cabe una gran responsabilidad para proteger y conservar las buenas costumbres y quizás esta época sea un motivo para sacudir tanta apatía. Nos acostumbramos a una sociedad maquillada y el maquillaje, aunque cambia apariencias, no suplanta ninguna realidad. Al intentar mirar hacia nuestro propio interior, los regalos y la “parranda” pasan a un segundo plano pues en nuestra alma se impone la melodía de un villancico que cantamos desde niños, la alegría se siente limpia y nostálgica y la evocación se centra más en los recuerdos de la presencia de los seres queridos, muchos ya ausentes, alrededor de un pesebre hecho en familia y una cena sencilla esperando la venida del niño Jesús. Ese aliento infantil que se resiste a abandonarnos, esa ilusión, esa estrella brillando radiante para iluminar el camino de quienes van al encuentro con el milagro de la visita del niño Dios para traer un mensaje de amor y paz son realmente los elementos rescatables en la celebración navideña. El sentido comercial y fiestero no es diferente a muchas otras fechas en las que el comercio hace “su agosto”: el día del padre, de la madre, del amor y la amistad, etc. Rumba y regalos, vanidades puras y con frecuencia aumento de riñas, abuso de alcohol y mal ejemplo. Es hermoso celebrar la navidad, reír, cantar, bailar e intercambiar algún detalle, si se puede, pero la esencia está en el significado del nacimiento, de la madre y su compañero, de la naturaleza y la sencillez del entorno y sobre todo en la inmensa grandeza del contexto: eso es lo que debe primar. A Herodes lo aterrorizaba el niño y quiso acabar con todos: hay regímenes en que la familia y los niños son una molestia y hay que neutralizarlos, lavarles el cerebro o incluso evitar su nacimiento. A los sumos sacerdotes y a los gobernantes les fastidiaba la presencia de un líder amoroso y limpio; el pueblo se prestó para acabarlo y lo lograron, aparentemente, al preferir seguir en el caos. Creo que la presencia del espíritu que inundo la tierra con la llegada de Jesús sigue vigente y por eso, la invitación en estas fechas de tradición sin par es a rescatar los valores en los que la vida es sagrada, la honestidad es irrefutable, la familia es el tesoro y el amor al bien es el alimento. El mundo está lleno de “Herodes”, de fulanos paranoides, cínicos disociadores y egoístas; de mentiras y de injusticias. Mientras que así se conduzca a un pueblo, solo habrá podredumbre y fracaso. En cada persona está el granito de arena para que rescatemos desde la profundidad de lo fundamental, la dignidad. Pidámosle ese regalo al niño Dios: su luz, su fortaleza y su ejemplo, la ilusión de avanzar por una senda limpia para llegar a buen puerto. [email protected]