Desde siempre, Jacobino supo que era diferente a los de su casta. A lo mejor lo sintió en el sabor dulzón del calostro materno cuando aún la vida no le había enseñado los cambios repentinos y la tristeza. Tal vez desde muy temprano supo también que aunque los suyos le entendían, jamás lograría que pensaran o actuaran como él, porque su pasividad y el conformismo de sus ojos redondos se lo dijo. Es más, en varias ocasiones su padre le hizo saber que él era el único entre sus hijos que contaba con un don tan preciado como el pensamiento y precisamente por eso debería actuar con mucho tino; más cuando todos sabían que ni siquiera uno de ellos dos, tan especiales, podía contar con el todavía más preciado, don de la palabra.
Jacobino, consciente de su peculiaridad y de que no encontraría apoyo para oponerse a sus amos, empezó a odiar a los hombres, en especial al del zurriago con quien una tarde se enfrentó en tan desigual combate que le causó la muerte. Sucedió un día en que de vuelta a casa se retrasó de los demás para quedarse a contemplar su silueta majestuosa, joven, fuerte y bestial. Dibujada por el sol de la tarde en la arena del camino. Por ello, aquel le hirió con su látigo y la ira de Jacobino fue descomunal.
Ante la muerte del hombre, su padre, con ese mudo lenguaje de sus ojos llenos de experiencia, le advirtió que eso no debía repetirse porque en el mundo de los hombres no se lo perdonarían una segunda vez. Le explicó que si lo habían perdonado era porque los seres especiales como él tenían una oportunidad para luchar por su vida. Él mismo, su padre, la tuvo y la aprovechó tan bien que por eso vivió para contarlo.
Sin embargo, agregó: “Para lograr esa oportunidad deberás aprender todo cuanto los hombres te enseñen. Incluso y sobre todo… a obedecer”.
Entonces llegaría el día esperado. Jacobino lo reconocería por ser una tarde fiesta, de colorido, y porque el aire traería los agradables sonidos que los hombres llaman música. Nunca entonces más bravío, nunca más valiente, ese día toda la sangre guerrera de su casta habría der manifestarse para salir avante en la lucha por su vida.
Confuso pero sereno, Jacobino aceptó aquello y no sintió tristeza cuando otro hombre lo señaló junto con algunos de sus hermanos. Fueron embarcados en un camión y conducidos entre sacudidas, pisones y maltratos hasta un paraje extraño más encerrado que de costumbre, en el que a diario eran empujados por palos hasta un corral donde otros hombres le enseñaban un juego igual de extraño. Entre otras cosas, aprendió a odiar el rojo.
En el estrecho mundo de Jacobino no existía el tiempo, por eso no supo cuánto duró aquello, pero lo que sí grabó en su memoria fue que de vez en cuando se llevaban a uno de sus hermanos y jamás volvían a traerlo. Una de tantas veces al fin, el hombre que mandaba lo señaló con su dedo autoritario y exclamó a voz en cuello por primera vez para él, su nombre:
–¡Sáquenme a ese! ¡Se llama Jacobino!
El viaje, esta vez más corto, le hizo comprender que los demás no habían regresado porque los habían derrotado al librar su batalla y que ahora le correspondía su turno. Ahora, junto a otros en un corral más pequeño y encerrado al que llegaban voces de gente, detonaciones y otros ruidos desconocidos, se sintió de pronto acosado por picos que lo condujeron a través de una empalizada hasta desembocar en un túnel oscuro en cuyo extremo opuesto la luz del sol doraba un círculo de arena.
Corrió por el túnel acosado y perseguido y al salir, el brillo de la tarde le permitió ver de nuevo su sombra majestuosa proyectada en la arena del redondel pero adornada esta vez por las incontables flores que desde los tendidos arrojaban las personas que ovacionaron su salida mientras sonaba un pasodoble. Entonces comprendió tres cosas:
Primero, que aquella era la música mencionada por su padre; segundo, que lo sentía por el rojo no era odio sino euforia y tercero, que ese color, el hombre que estaba ahora frente a él y él mismo, eran la razón principal de aquella tarde de fiesta.
Entonces toda la casta guerrera de su sangre corrió por las venas haciéndolo más valiente que nunca, más bravío que nunca porque aquella tarde tendría la única oportunidad de demostrar que los seres especiales como él pueden sobrevivir, aunque las circunstancias digan lo contrario. No fue una batalla desigual como aquellos de tiempos viejos contra el hombre del zurriago, porque el que tenía enfrente, armado de capote y estoque, era alguien suficientemente entrenado como para quitarle la vida en pro de lo que los hombres llaman: Tauromaquia. Era una lid justa.
Jacobino aguantó con coraje las heridas de la pica al arremeter contra los corceles rejoneadores, soportó el desgarramiento de sus carnes al entrar en su lomo las banderillas que trajeron el recuerdo del hierro al rojo vivo de aquella mañana en que la marca de su dueño le quemó la piel, pero también atacó y abrió una herida en el brazo de su adversario e hizo girones la dorada chaquetilla.
Tarde de toros en la que hubo derroche de valentía y arte para los hombres, tarde única de oportunidad para Jacobino que supo aprovecharla, porque terminó como la mejor de todas, con la salida del torero por la puerta grande y el indulto de Jacobino.
Enrique Álvaro González