Hans-Peter Knudsen*
El lema “Libertad y Orden”, inscrito en el escudo de Colombia, no solo es una frase simbólica que adorna nuestro emblema nacional; es el fundamento sobre el cual se ha construido nuestra república. Estas dos palabras, que a simple vista podrían parecer contrarias o en tensión, son, en realidad, complementarias. Ambas son necesarias para garantizar una sociedad próspera y justa.
En Colombia, la libertad es un derecho inherente a todo ciudadano. Está consagrada en nuestra Constitución y reconocida como un pilar esencial del ser humano. No obstante, para que la libertad realmente florezca, debe estar enmarcada dentro de los límites que la dignidad y el respeto mutuo imponen. La libertad no significa hacer lo que se quiere sin considerar las consecuencias ni los derechos de los demás; ese camino nos llevaría al libertinaje, una distorsión peligrosa de lo que realmente implica ser libre.
El libertinaje no solo destruye el tejido social al imponer intereses individuales por encima del bienestar colectivo, sino que también corrompe la idea misma de libertad, convirtiéndola en un pretexto para el desorden y la injusticia. La verdadera libertad, por el contrario, exige responsabilidad. Implica ejercer nuestros derechos de manera que no atropellemos los derechos de los demás, respetando las leyes y promoviendo una convivencia pacífica.
El otro pilar del escudo nacional, el orden, es el complemento indispensable de la libertad. Sin orden, la libertad se diluye en el caos y la anarquía. El orden no debe confundirse con una imposición autoritaria o una limitación arbitraria de nuestras libertades. En cambio, es la estructura que permite que la libertad se ejerza de manera plena y segura.
El orden se garantiza a través de la ley y el respeto a las instituciones. Estas instituciones, cuando son fuertes, transparentes y justas, garantizan que los derechos y deberes de los ciudadanos se cumplan en equidad. En una sociedad donde el orden prevalece, los ciudadanos tienen la certeza de que sus libertades estarán protegidas, y que las reglas de juego serán claras y justas para todos. Sin orden, caemos en la anarquía, donde la ley del más fuerte, la corrupción y la injusticia destruyen cualquier posibilidad de libertad real.
El reto de cualquier sociedad, y en especial de Colombia, ha sido siempre encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y orden. Cuando uno de estos pilares se ve afectado, la estabilidad se tambalea. En momentos de crisis, es común que algunos sectores de la sociedad pidan mano dura en nombre del orden, sacrificando la libertad en el proceso. Por otro lado, en tiempos de bonanza, hay quienes exigen más libertades, a veces olvidando la importancia del orden.
Es aquí donde debemos recordar la lección que nos enseña el escudo de Colombia: no se puede tener uno sin el otro. Una verdadera democracia garantiza la libertad, pero dentro de un marco de respeto por las normas y los derechos colectivos. Al mismo tiempo, cualquier sistema que busque el orden a través de la represión excesiva o la coacción está condenado a fracasar.
El futuro de Colombia depende de nuestra capacidad para hacer de “Libertad y Orden” más que un lema. Debemos convertirlo en una realidad viva, una guía para nuestras decisiones y acciones diarias como ciudadanos. Respetemos nuestras libertades, pero también entendamos que el respeto por las leyes y el orden social es la única vía para garantizar que todos podamos disfrutar de esas libertades de manera equitativa.
El desafío está en nuestras manos: construir una Colombia donde libertad y orden caminen de la mano, permitiéndonos superar los ciclos de conflicto y construir una paz duradera, basada en el respeto mutuo y la justicia.No hace falta “enriquecer” el escudo con complementos sacados de la manga.
¡Reflexionar racionalmente es el primer paso para actuar acertadamente!
*Rector Universidad del Rosario (2002-2014), Embajador de Colombia en Alemania (2018-2022)