Por: Nathalia Baena Giraldo*
La lucha por garantizar el derecho a una alimentación adecuada, sostenible y para todas las personas, y poder decidir qué comer y de qué manera hacerlo es parte de lo que significa la soberanía alimentaria. Volver a la tierra, reivindicar a los campesinos y campesinas, custodios de semillas y protectoras del territorio es el camino a recorrer como individuos y ciudadanos del mundo.
En el artículo Soberanía alimentaria y resistencia popular en Colombia publicado en la Revista Semillas, Dora Lucy Arias expuso que “la soberanía alimentaria permite reconocer a los pueblos la seguridad alimentaria, al mismo tiempo que intercambian con otras regiones unas producciones específicas que constituyen la diversidad de nuestro planeta”.
Asimismo, la Declaración Política del Foro de ONG/OSC para la Soberanía Alimentaria, dictado en Roma en junio de 2002, dice que “La soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos, comunidades y países a definir sus propias políticas agrícolas, pastoriles, laborales, de pesca, alimentarias y agrarias que sean ecológica, social, económica y culturalmente apropiados, así como la capacidad de mantenerse a sí mismos y a sus sociedades”.
Poner pie a los saberes
Rubén Darío Pardo Santamaría es docente del programa de Trabajo Social e integrante del Grupo de Investigación en No Violencia, Paz y Desarrollo de la Universidad del Quindío. Él lleva muchos años como coordinador de la Fundación Educar de Ida y Vuelta y de Pan Rebelde, una iniciativa quindiana autosustentable de soberanía alimentaria que busca articular a familias campesinas que tienen saberes alimentarios para compartir e impulsar la producción de alimentos con cultivos propios del territorio.
“El modelo de desarrollo y la modernidad nos han alejado de la necesidad imperiosa de producir los alimentos, por lo que le hemos endosado esa tarea fundamental para cualquier sociedad a empresas o multinacionales, y eso ha afectado la calidad y el control que las sociedades tienen sobre la alimentación”, manifestó el coordinador de Pan Rebelde.
Así, los gobiernos y las empresas han acuñado un término que se conoce como “seguridad alimentaria”, añadió Pardo Santamaría, que básicamente se refiere a la disponibilidad de comestibles que hay en supermercados, que no es lo mismo que los alimentos, los cuales vienen directamente de la tierra y no son ultraprocesados, los cuales generan enfermedades y debilitan la identidad cultural.
Es una cuestión de visiones del mundo, mencionó el docente uniquindiano: “¿Estoy con la visión del desarrollo que me promete un progreso artificial que solo representa la acumulación del capital y del bolsillo de unos pocos, o estoy con la visión del buen vivir que es más localizado, que favorece el bienestar colectivo a partir del uso responsable de los bienes comunes y de la preservación del territorio?”.
La mejor pedagogía es la experiencia
Para el docente Pardo Santamaría es indispensable que en el departamento del Quindío exista una política pública decididamente a favor de la soberanía alimentaria. Lo fundamental es que los gobiernos le apuesten a favorecer a los productores locales, por eso hay que cambiar de paradigma. Reconocer y apoyar los esfuerzos locales que la sociedad civil realiza es también una forma de caminar hacia esta soberanía, como lo hace la Red de Familias quindianas custodias de semillas libres, los mercados agrocampesinos o las personas que tienen huertos urbanos.
En nuestro territorio no tenemos la necesidad de traer alimentos de otros continentes, asunto que contamina y dilata la huella de carbono que tiene nuestro planeta. La producción y el consumo soberano de alimentos disminuye la contaminación del medio ambiente y aumenta la economía de los pequeños campesinos y agricultores que labran la tierra con fines sustentables y culturales.
En ese sentido, “la soberanía alimentaria es un llamado a la autonomía para que esté en sintonía con la identidad de los pueblos, con la salud de los territorios y de la gente, que además permite que la sociedad tenga un control sobre sus alimentos. Las mejores tierras del mundo las tenemos nosotros e importamos más del 80% de lo que comemos, eso es terrible e injusto, situación que obedece a una pésima distribución de la tierra, como es el caso de los monocultivos”, explicó Pardo Santamaría.
Universidad Agrojardín
Hay muchas cosas que la Universidad del Quindío podría hacer, señaló Pardo Santamaría: “Hacer un salto de cualidad de pasar de Universidad Jardín a Universidad Agrojardín. Este campus debería estar poblado de especies alimentarias propias del territorio porque la institución ha sido impulsora y sostenedora del Paisaje Cultural Cafetero, y los alimentos hacen parte de él”.
Muchos estudiantes, por ejemplo, no han visto ni saben qué es la planta mafafa, el bore o el fríjol guandú, continuó el docente uniquindiano, “y sería interesante que docentes, administrativos y los mismos estudiantes le dieran la importancia que esto merece desde la experiencia significativa. La gente confía en la universidad, y poder convocar a los distintos sectores para que se converse sobre dónde queremos caminar, desde el punto de vista alimentario, sería un gran paso para dar”.
*Periodista Medios Institucionales.
