Capítulo de la novela surrealista Martes de nunca llegar
A todos los dioses que fueron y a
los dioses que son y a los dioses que serán.
Dichosos quienes lloran, porque de ellos es el feudo de lágrimas perfectas, capaces de remojar espinas, ahuyentar espantos y bendecir el punto alto desde el cual se lanzó el suicida, ese existencialista absurdo de una narración entrelazada de Camus y Sartre. La lluvia se fragmenta en tres pedazos ante la mirada atónita de un comején: nada. Nada de la sangre y sus vísceras. Nada para el tiempo inmemorial. Eso es el ser en sí. Se abstrae y mira hacia el abismo. Todo lo niega: su franela, su eco, su grito y el aire por donde se desborda el vacío de la caneca en el entorno. Dialéctica y nada. Nada de la dialéctica. Absurdo equilibrado. Absurdo para evitar el suicidio. Desafío del olfato frente al absurdo. Absurdo en su totalidad. Absurdo de la sombrilla bajo la tempestad.
Pedro. Pedro, ¿por qué me has abandonado? Pedro ausente, y el café hierve desde el fondo del azúcar: Pedro que se destaca como nada sobre el fondo de nihilización del café. Él se angustia ante sí mismo y zapatea el miedo a las cosas; de nuevo aparece el vacío. Ella flota desnuda. Nada la perturba. El verbo y el polvo serán para otro día. Hoy, lo transcendental es nada. El ojo se infecta de lejanías donde el azul es espejismo perfecto de nada. Llueve nada a las tres de la tarde de nada, cuando al negar por tercera vez a su maestro, el canto se lleva a Pedro a desternillarse de la risa en el otro extremo del nido de la gallina de los huevos de oro.
Eco reservado al oído del árbol. La clorofila lo percibe en el instante previo al ataque contra la sombra del escritor anónimo. Una segunda bala impacta en el peciolo; su sangre tiñe el viento de los molinos de don Quijote de la Mancha. De pronto, el eco de la munición resuena en el Amazonas y opaca el sonido de trinos, rugidos y voces típicas de la selva: un mundo dentro de un mundo perteneciente a otro, con puertas abiertas sin llevar a destino alguno; sin embargo, señalan el camino donde la resonancia ondula en la parte centrífuga del arbusto. Junto a la hormiga en la ribera de una taza, un grano refleja la vulnerabilidad de la existencia en la superficie de la porcelana. A través de las capas del céfiro, el humo asciende al reino del olfato. Como una profecía, el grito se convierte en amuleto para un mudo, quien, con los dedos de los pies, vitorea la grieta por donde camellos cruzan al otro lado de la quimera para salvar a centenares de sedientos. Venid a mis dominios en este mundo: al estallido y a la luz impregnada del balín y al ritual del árbol de los silencios y al tímpano de la selva y a la sombra de papel y al néctar del tifón en la tarde del adorno invisible. Venid a la unión de tribus junto al hormiguero y a lo civilizado de criaturas por nacer y a la cafeína en la corveta y a la embriaguez del camello al tomar de un sorbo el oasis de la alucinación. Al hombre rico le urgen gotas de lluvia para enjuagar su ojo de la esquela lagrimosa y, al mismo tiempo, lavar el grano del amuleto en la profecía de la gaviota rebelde con embriones revestidos de rodio. Santificada sea la página en blanco y la última alternativa de quien no logra descifrar el clavo con aroma de canela. Centellea la superficie del algodón, mientras el globo terráqueo reposa como una fiera de peluche. Nada ni nadie pierde en este mundo, porque la manifestación y la calma son hueros en el juicio final, cuando algún dios, como un león, pronuncie su ira. Los humanos, temblorosos, a través de su quinto malestar, darán su último aullido en el aire de la filosofía, elemento de desastre, resignándose a sus llagas como parte del pensamiento estrambótico. Aceptan, en el fondo del sonido, germinar un árbol bajo el cual cierto hombre guarda su quietud, antes de la llegada del día y la noche, cuando relinchan la crin tejida por una bruja en la realidad de Rocinante.
Los dioses miran hacia un punto fijo de la tierra, donde el verde iridiscente atraviesa el paisaje. Su plumaje alberga un sol, fuente de su primer nido. Durante una hora en la cual las guayabas resplandecían en el jardín del Edén, nació el vientre ideal bajo el tiempo marcado por el reloj de sol, con la amenaza del hilo donde la maldad se columpia. Diáspora a diáspora, el mundo se introduce en una camisa de fuerza. Por las mangas emergen manos capaces de triturar el poniente y dejar sin aliento al elefante blanco, cuyo lomo sostiene siglos de hombres astutos.