Por: Álvaro Ayala
Razón tenía Pablo Emilio Escobar Gaviria cuando dijo que al único lugar donde le daba miedo ir, era al estadio.
La boleta de entrada para ver un partido de Nacional es una navaja y con machete ingresan dos. Las mujeres lo hacen con el taco de cocaína y pepas entre los genitales. La historia dice que todo es verdad.
Para agrandar el mito callejero, argumentaba el jefe del cartel de Medellín, que lo sindicaban de ser hincha del equipo verde. Toda la vida se la pasó desmintiendo ese cargo porque su pasión era el rojo como su partido liberal. Le cambiaron el equipo para vengarse. Alguna tenía que perder el sujeto.
Católico, liberal, hincha del Medellín, buen esposo, mal ejemplo y peligroso ciudadano, es el resúmen de su biografía no autorizada.
Lo dieron de baja y nunca pudo solucionar ese lío. También lo señalaban de financiar con billete verde a los verdolagas. Esa jugada la aclaró sin necesidad de ir al VAR. Les dio regalitos a algunos futbolistas por ganar la Copa Libertadores, pues en esa época no pagaban tan bien como hoy. Además, Hernán Botero Moreno, dueño del equipo era muy tacaño. Feo un rico avaro y narcolavador.
La reyerta de la semana pasada a cuchillo y machete en el Atanasio Girardot es porque nunca hubo castigo para la plaza, ni para los delincuentes durante las batallas campales anteriores. Cuando no hay rivales para acuchillar se sacan los intestinos a navajazos entre ellos. Al jugar Nacional las alertas en la ciudad se apagan y las mujeres aprovechan para sacar a sus hijos a los parques.
Por jugar sucio el escenario se volvió una concentración de asesinos. En los demás estadios del país suceden delitos iguales de graves y todo eso se convirtió en paisaje.
Ningún alcalde se atreve a tomar medidas efectivas porque su partido pierde los siguientes votos. Los hinchas sufragan religiosamente por quien diga el jefe de su barra brava. Un candidato no se va a meter semejante autogol.
Si un policía y un fiscal llevan un capturado ante un juez de conocimiento, este lo libera porque el delincuente no es un peligro para la sociedad.
Los dirigentes del fútbol son coparticipes del concierto para delinquir en las modalidades de masacre, pánico y otros delitos por tipificar. Financian económicamente y dan incentivos a sus barras bravas para que se mantengan activas. Eso no es juego limpio.
En los pasillos de las graderías venden bazuco, drogas sintéticas, aguardiente y cocaína. La marihuna la llevan puesta en la cabeza. Cambian tiros libres por tiros de escopeta y de revólver.
Los sicarios que llenan el estadio usan gorra y llevan bandera para taparse la cara. Ni con Inteligencia Artificial los pillan en las cámaras de seguridad.
El tercer tiempo del partido es para las autoridades y los dirigentes del fútbol. Unos ineptos y los otros peligrosos. Con la tecnología tan avanzada, no nos crean tan ingenuos que no pueden controlar el ingreso de drogas y armas. Incluso, son peores los dirigentes que usan a los vándalos de su equipo para atemorizar al conjunto rival y los pocos aficionados que llegan.
Al paquetazo de alcalde, a quien apodan Fico, la ciudad se le desangra en todos los marcadores sociales y se hace el majadero. No parece alcalde sino el barman del prostíbulo más grande del mundo que es Medellín. Allí matan gringos y los gringos violan mujeres como si se tratara de un show de media noche. Casi todos los extranjeros que llegan solos, lo hacen atraídos por un «paquete turístico» que incluye drogas fuertes y sexo con menores de edad. Niños y niñas. También arriban homosexuales depravados que son recibidos como héroes porque traen dólares o euros.
En materia preventiva y a la hora de controlar a los malandros, el alcalde Gutiérrez ha sido un autogol y la ciudad pierde por goleada.