Se califican como padres modelo y con mucho amor para sus hijos, por eso soñaban que a futuro fueran profesionales. Como personas muy sociables, comunicativos, trabajadores y luchadores, la mayor preocupación era tener su casa propia; como decía mi padre Efraín: “lo primero es la casa para tener donde meter la cabeza”.
Octavio nació en el año de 1945 en la finca Natalia, Vereda Santo Domingo de Calarcá, Quindío. Estudió primaria en la escuela rural Santo Domingo de Calarcá, Vereda La Granja, donde aprobó segundo de primaria, lapso en que se vivió la violencia más cruel entre liberales y conservadores en Colombia, uno de cuyos criminales líderes fue Tirofijo. Así cuenta su historia:
Terminé la primaria en la escuela Santander a donde me desplazaba mañana y tarde desde la finca La Esperanza Vereda Santo Domingo, caminando tres horas en promedio de ida y vuelta. Hice hasta cuarto bachillerato en el Colegio Robledo de Calarcá Quindío y luego ingresé a la escuela Normal Nacional. Allí adquirí el título de Normalista Superior en el año de 1969 e ingresé a la docencia en 1970 en la Escuela Rural Bohemia de Calarcá, como profesor de primero de primaria.
Contraje matrimonio católico en 1973 y de la unión nacieron dos varones: Edwin Bayron el 14 de julio de 1974 y Jorge Mario el 14 de abril de 1980. El día que Edwin Bayron cumplió los 15 años, la tía Alba Ignacia le regaló una bicicleta, pero mes y medio después tuvo en ella un accidente en el que falleció en el hospital de Zona de Armenia Quindío. El hogar se salió de control con esta tragedia del hijo mayor, que cursaba octavo año. Fue una situación grave porque solo quedamos con Jorge Mario de 9 años y medio. Como locos nos preguntábamos: ¿por qué nos pasa esto? Dios mío dadnos fortaleza para resistir este dolor.
Pasados catorce años de la partida a la eternidad de Edwin Bayron, cuando Lilia y yo, felices de ver partir a nuestro hijo Jorge Mario como Ingeniero Civil, para el pueblo La Hormiga Putumayo a realizar su pasantía, tuvimos que soportar otra tragedia porque a los cuarenta y tres días de estar allí, a mi hijo le causó curiosidad un maletín y se fue a recogerlo con el resultado de que era una bomba mortal colocada por un miembro de las FARC. El artefacto cobró la vida de dos funcionarios, entre ellos mi hijo que apenas tenía 23 años y produjo varios heridos.
Toda la familia, mis hermanos, los hermanos de mi esposa, los abuelitos, gritábamos de dolor, fue como un juicio final. Todo fue una locura. ¿Por qué nos sucede esto? Nos quedamos solos y no merecemos esto. Como autómata traía los recuerdos de los dos entierros en la Iglesia San José de Calarcá, colmada totalmente acudiendo estudiantes, padres de familia, profesores, amigos e incluso hubo gente que se quedó en el atrio de la iglesia escuchando la misa y la ciudadanía lamentó mucho los dos fallecimientos.
Recuerdo de Edwin Bayron el cariño que nos profesaba, cómo estudiaba acostado y rendía dentro de los mejores alumnos y el deseo de adquirir una bicicleta desde niño. De Jorge Mario, todos los sueños que nos manifestaba y el orgullo de ser Ingeniero Civil, además nos motivaba con lo qué iba hacer como profesional.
Después de las anteriores tragedias y para tratar de disipar en algo nuestro sufrimiento, acudimos a buscar ayuda a la comunidad de evangelización en la iglesia de Cristo Rey en Calarcá, lo cual fue un medio de conllevar el peso del dolor y andar con satisfacción de tener en la vida a Cristo.
Fue así que el anhelo de volver a ser papá y mamá nos decidió a buscar ayuda en el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Allí nos propusieron adoptar dos hermanitos Luisa Fernanda y Jairo Andrés, a quienes aceptamos. Los niños, presentados a nuestras familias, recibieron apoyo sincero que los hace sentirse bien, igual que nosotros. Sus presencias trajeron a nuestra vida energía positiva.
Reponernos de nuestra tragedia no fue tan fácil, cómo sucedió es algo que no podemos explicar con palabras. Con la ayuda de nuestros hermanos, abuelos y del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, esa nueva energía trajo la suficiente resiliencia para pensar que la vida continúa y que con el poder de Dios al haber vuelto a ser papá y mamá reconstruimos nuestro hogar.