Aldemar Giraldo Hoyos
“El liderazgo social es la capacidad que tiene una persona de influenciar, dirigir y tomar decisiones que ayuden a llevar a cabo un proyecto para beneficio de toda una comunidad. El bien común es el principal objetivo de los líderes sociales y están presentes en todo el mundo”.
Ya está demostrado que en Colombia todo aquél que se meta al liderazgo social está comprometiendo su futuro y su vida; las encuestas son muy dicientes: cada semana de 2024 han sido asesinados, al menos, tres líderes sociales, según la Fiscalía. Todos los noticieros y diarios tienen insumo para su mercadeo; infortunadamente, como es un hecho reiterativo ya no causa preocupación ni dolor.
La categoría líder social comprende a los defensores de derechos humanos y es más amplia, ya que reconoce como líderes o lideresas a los activistas vinculados a la defensa de los derechos de la comunidad y organización en una coyuntura específica, aunque no sea su dedicación permanente. “En este sentido amplio, todo líder social es un defensor de derechos humanos” (Indepaz); según este Instituto, los líderes asesinados durante el 2024 (hasta el 9 de septiembre de este año) suman 117; así mismo, los firmantes de Acuerdo de Paz, excombatientes FARC, asesinados en 2024, corresponden a 21 personas. Los datos anteriores están documentados y avalados por el Observatorio de Derechos Humanos y Conflictividades de Indepaz, creado en 2006 con el fin de focalizar y monitorear los hechos relacionados con el conflicto armado, la recomposición de grupos armados, el complejo paramilitar, las conflictividades territoriales, las victimizaciones contra la sociedad civil y las resistencias a la violencia a lo largo y ancho del territorio nacional.
Según la Defensoría del Pueblo, “en promedio, cada dos días es asesinado un líder social en Colombia. Entre 2016 y 2019, fueron alrededor de 600 los asesinatos”; estos datos deben aterrorizar a alguien que piense que se trata de seres humanos que lucharon por los derechos de los demás o, simplemente, dejaron las armas para ayudar a construir una Colombia mejor; en pocas palabras, que son colombianos como nosotros.
Para Ariel Ávila, “la violencia procesa la política y es utilizada como un mecanismo de competencia. Esta se ejerce frente a líderes que hacen control fiscal y político… el disenso es castigado con la muerte o el desplazamiento”. Se mata a quien piensa diferente, a quien se convierte en piedra en el zapato, a quien lucha por su comunidad. Todos sabemos quiénes los matan y entendemos que es un acto sistemático si se mira el perfil de las víctimas. Los matarifes practican la violencia selectiva, no accidental; se asesinan y callan líderes específicos. He aquí una manera de disminuir la resistencia u oposición de la cual se beneficia una clase política determinada.