Me gustan los pueblos chicos. Lugares decorados de neblinas, guaduas y tejas de barro. Comarcas lejanas donde los campesinos saludan con manos de tierra y alegría en su mirada. Sitios donde las tradiciones se tejen con humildad y generosidad para los visitantes. Así descubrí un bello pueblo del departamento de Caldas: Aguadas.
Su arquitectura de bahareque, las casas coloridas en medio de montañas, cafetales dibujados entre filos y cañadas, el orgullo de la herencia colonizadora paisa y sus gentes amables. Un lugar único y atractivo, lejos del turismo masivo y depredador. Este municipio colombiano tiene dos grandes tradiciones: el sombrero aguadeño y el Festival nacional del pasillo. Dos patrimonios únicos y originales en nuestro país.
Mi espíritu curioso y viajero me llevó a ingresar a un pequeño local. Quería conocer sobre la tradición del sombrero aguadeño, un bien patrimonial. Un modesto aviso me había llamado la atención desde el día anterior: Taller de sombreros El Cacique. Allí conocí dos mujeres que continúan con esta herencia única en Colombia. En la entrada, en una modesta banca de madera, estaba doña Blanca Libia Londoño, una de las tejedoras más antiguas de la comarca.
En ese momento estaba terminando la copa de un sombrero extrafino. Esta manualidad le llevaba varias semanas, por ser los más trenzados, apretados y emplear fibras muy delgadas de la palma de iraca. Hablamos de su labor, de cómo ella continúa un legado que inició con su abuela y su madre. De cómo guarda entre sus manos y su espíritu, una memoria de tejedoras que se resiste a morir, a pesar de la industrialización y el facilismo del sombrero importado.
En la conversación me doy cuenta que esta historia de mujeres tejedoras está en peligro. La poca remuneración por este exigente y paciente trabajo. El poco interés de las nuevas generaciones por seguir en esta actividad. Los altos costos en el proceso de la fibra natural, los riesgos en la salud por parte de quienes obtienen la fibra. Pero, aun así, sonríe y siente orgullo al hablar del sombrero que teje.
En este modesto, pero original local, pregunto al azar por el precio de unos sombreros. Una sonrisa y un rostro amable me enseñan sobre esta labor artesanal. En la conversación descubro a una chica muy joven y empoderada en uno de los procesos de la fabricación del sombrero: los terminadores. Este oficio, por tradición, lo han ejercido solo hombres. Ellos reciben los sombreros de las tejedoras, aún “en rama” o sombreros “crudos”.
Su oficio es “peluquiarlo” y darles el terminado final. Coserles el ala, darles la horma y la talla. Prensar el sombrero en una horma caliente para obtener los pliegues de la copa. Finalmente se encargan de venderlos. Esta joven aprendió este oficio de su padre y hoy lo asume con toda propiedad. Me dice que quizás es la única que ejerce la labor de terminadora en el pueblo. Terminé haciendo una inducción rápida sobre este bien patrimonial. Al final me compré uno modesto, un gomelino de tejido simple, pero con el orgullo de saber que ellas intervinieron en mucho de su largo proceso. Valoro que estas dos mujeres, de distintas generaciones, estén salvaguardando una tradición y una identidad, frente a la masificación y fabricación en serie.
Así de simple debe ser la vida. Descubrir estos pueblos de montaña, estos asombros pequeños, esas lecciones de vida que se esconden en lugares modestos y bellos. Quizá aquí está el sentido de todo, en descubrir estas historias que, como los sombreros aguadeños, se tejen desde la resistencia de muchas mujeres de nuestro país.