Mg. Christian Ríos M.
Politólogo Internacionalista
La crisis económica de Venezuela no solo ha devastado a su propio país, sino que ha trazado profundas cicatrices en su vecino más cercano, Colombia. La relación entre ambas naciones, históricamente marcada por un flujo constante de comercio y movilidad, ha dado un giro dramático desde 2014, cuando la economía venezolana comenzó su caída libre. Lo que antes era una asociación interdependiente se ha transformado en una compleja mezcla de tensiones fronterizas, migración masiva, y oportunidades desaprovechadas.
Hoy, Colombia se encuentra ante un desafío crucial, pues la crisis de Venezuela no es solo una cuestión externa: ha penetrado las estructuras de su economía, su política y su sociedad. Según datos de la Plataforma de Coordinación para Refugiados y Migrantes de Venezuela, para 2023 más de 2.5 millones de venezolanos viven en Colombia, ejerciendo una presión sin precedentes sobre los servicios sociales, la seguridad y el empleo. Sin embargo, esta crisis migratoria, con todo su peso, no debe verse únicamente como una carga, sino también como una oportunidad estratégica para el crecimiento y la integración regional.
En términos económicos, el colapso de las relaciones comerciales bilaterales es quizás uno de los puntos más lamentables de esta coyuntura. El comercio entre Venezuela y Colombia ha pasado de más de 6.000 millones de dólares en 2008 a apenas 331 millones en 2022, un reflejo del colapso de la economía venezolana y la ruptura de la cooperación regional. Este vacío comercial es un síntoma del problema más amplio: la desintegración económica de Venezuela, un país que alguna vez fue un pilar energético en la región y que, hoy, depende de su limitada producción petrolera y una economía casi colapsada.
Pero ¿dónde queda Colombia en este complejo panorama? Por un lado, el país ha demostrado una capacidad admirable para absorber el impacto migratorio y estabilizar, en la medida de lo posible, su frontera. Según el Banco Mundial, los migrantes venezolanos han aportado al PIB de Colombia, impulsando sectores como el comercio y la construcción. De hecho, aunque la presión social es considerable, la migración venezolana ha aportado un 0.2% al crecimiento anual del PIB colombiano. Sin embargo, este potencial no ha sido explotado de manera estratégica.
La narrativa actual tiende a ver la migración como una amenaza, cuando debería replantearse como un motor de crecimiento. Muchos de los venezolanos que llegan a Colombia son profesionales altamente calificados o trabajadores dispuestos a integrarse al mercado laboral formal, si se les brindaran las oportunidades y el apoyo necesario. El gobierno colombiano, junto con actores privados, podría aprovechar este capital humano para revitalizar su propia economía en lugar de limitarse a manejar la crisis con parches temporales.
Ahora bien, el comercio es otro terreno que merece ser revisitado. Aunque la economía venezolana se ha reducido a niveles dramáticos, no debe descartarse la posibilidad de reactivar, aunque sea paulatinamente, las relaciones comerciales. Colombia podría jugar un papel clave en la reconstrucción económica de Venezuela, ya sea a través del apoyo técnico o invirtiendo en sectores clave como la agricultura o el comercio transfronterizo. Es claro que esto requerirá un cambio de estrategia por parte de ambos gobiernos, así como la voluntad de superar las diferencias ideológicas que han ensombrecido la relación.
Finalmente, está el tema de la seguridad, una preocupación legítima. Las regiones fronterizas entre ambos países han visto un incremento en la actividad de grupos armados, contrabandistas y narcotraficantes, exacerbado por el caos económico de Venezuela. Colombia no puede permitirse una frontera inestable, y la única forma de garantizar la paz en estas zonas es a través de un enfoque de cooperación bilateral que vaya más allá de la simple vigilancia fronteriza.
En conclusión, la situación económica de Venezuela ha puesto a Colombia en una encrucijada. La crisis no va a desaparecer de la noche a la mañana, pero lo que sí puede cambiar es cómo Colombia aborda el problema. En lugar de ver a Venezuela como una fuente inagotable de dificultades, Colombia debería encontrar la forma de capitalizar sobre las oportunidades que esta crisis presenta. Integrar a los migrantes de manera más formal, restaurar las relaciones comerciales y reforzar la seguridad fronteriza a través de la cooperación son pasos necesarios para transformar la crisis en una ocasión para el crecimiento y la estabilidad regional.
Es hora de que Colombia deje de ser una víctima colateral de la crisis venezolana y se convierta en un agente activo de cambio y reconstrucción en la región. Solo con una visión clara y estratégica podrá navegar esta tormenta y salir más fuerte.