Por Carlos Arturo Miranda Taborda
Especial para EL QUINDIANO
El sector del arte del retoque fotográfico “hecho a mano”, conocido como “ampliación de retratos en moldura de madera con vidrio”, que se colgaban en las paredes en muchos hogares de nuestro departamento y del país (especialmente en los hogares campesinos y de los barrios más humildes) ha quedado huérfano con la reciente partida, a sus 84 años de edad, de la Sra. María Aleida Taborda quien fuera pionera en nuestro departamento de un oficio poco practicado en su momento y ahora casi olvidado, quizás por la aparición de nuevas tecnologías y por la destreza requerida para su elaboración que, dicho sea de paso, consistía de una mezcla de talento, tenacidad y perseverancia.

La vida de Aleida marcó una huella imborrable no solamente como mujer ejemplar en el seno de su familia y allegados, sino también en la cultura artística de la fotografía “hecha a mano”, muy comúnmente utilizada por las últimas dos a tres generaciones, especialmente en nuestra región y departamentos aledaños.

Hija de campesinos, su historia de talento comenzó a sus 14 años en Montenegro, Quindío, su ciudad natal, cuando un reportero fotográfico que ofrecía sus servicios puerta a puerta, el Sr. Noel Quintero Sánchez, descubrió su talento innato para el dibujo y la pintura de rostros humanos, lo que hacía de manera natural y empírica y decidió contactarla con un retocador fotográfico, quizá el único de nuestra región por aquella época, quien le enseñó técnicas básicas para afinar su ya demostrada habilidad. La pasión por este tipo de arte, su disciplina y dedicación, la llevaron a ser reconocida en varios departamentos de Colombia y en ciertos lugares de países vecinos.

Su primer “taller” lo inició a principios de los 60’s en un rinconcito de la “FOTO LUX”, del Sr. Alfredo Rojas, y, con el transcurso del tiempo, con algunos ahorros y un préstamo, pudo adquirir el local denominado “FOTO BOLÍVAR” ubicado en la carrera 18 entre las calles 22 y 23 de Armenia, frente al conocido “CAFÉ PIELROJA”, local que, además de ser un estudio fotográfico con “cuarto oscuro” para elaborar las imágenes a retocar, incluía también la venta de música, como complemento del negocio.




Tras algunos años en esta sede, Aleida consolidó lo que sería el verdadero oficio del retoque de fotos ampliadas y conformó su propia “fuerza de ventas”, que consistía en un grupo de agentes vendedores que recorrían puerta a puerta los hogares y rincones campesinos de todo el país y un poco más allá de las fronteras de países vecinos.

Durante años se dedicó a su labor con entrega inquebrantable y un profundo sentido del deber, con una constante necesidad de mejorar e innovar, enseñando a otros y estudiando por las noches, siempre fiel a su vocación de madre, compañera y mujer profesional. Aleida, junto a su hermano Gildardo (conocido como “Paticas” entre los practicantes del fútbol amateur), no tardaron en convertirse en un referente dentro del arte de la reportería y la fotografía artística.

Como Aleida no pudo estudiar en su juventud, retomó en su madurez y obtuvo su grado de bachiller a los 59 años de edad. Además, realizó innumerables cursos y seminarios sobre plantas medicinales y tuvo su propio puesto de venta al lado de su hijo Fernando, propietario de “AGROINDUSTRIAS LUMIN”.

En palabras de sus familiares, “su dedicación, meticulosidad y carisma la llevaron a tener un comportamiento equilibrado y disciplinado, entregada a la crianza y educación de sus hijos a quienes impartió el mismo rigor de vida que ella había aplicado desde su juventud”. Aleida fue una mujer que veía en su familia y en su trabajo, el cumplimiento de una misión sagrada.
Más allá de sus logros profesionales, Aleida era una mujer profundamente humana. Su casa era albergue de familiares y conocidos que tenían alguna necesidad. Era comprensiva, dispuesta a escuchar y prefería estar al lado de sus hijos, por lo que, durante los últimos años de su vida profesional, instaló su taller en su propia casa, denominándolo “TALLER DE AMPLIACIONES LEYDA”.
Hasta sus últimos días, Aleida fue un ejemplo de amor y entrega. Cuando la artritis ya no le permitió seguir pintando y retocando fotografías, se dedicó a investigar sobre los beneficios de la medicina natural y fue así como obtuvo el título de Herbóloga a sus 67 años de edad, con la Fundación Instituto de Botánica Aplicada-FUNIBA, de Chía-Cundinamarca.

Aunque su partida deja un vacío profundo, su memoria sigue viva en cada rincón de su hogar y su familia prefiere recordar los ratos felices a sumirse en la tristeza, convencidos de que Aleida cumplió a cabalidad la misión que la vida le encomendó en su existencia terrenal.