"La esperanza es el único bien común a todos los hombres: los que todo lo han perdido aún la poseen”, Tales de Mileto.
Veíamos la semana antepasada cómo una clase politiquera inepta y corrupta, negligente y rapaz, se ha apoderado del Quindío y hace de las suyas, sin que exista freno ni control. La indiferencia es la única respuesta –si así puede llamarse- de la gente, ante los abusos y los vicios de esos mercachifles de la politiquería.
Nuestros representantes en el Congreso, parecen ruedas sueltas, sin integración, sin propósitos comunes, preocupados solamente por el poder que les da el clientelismo: quién tiene más empleados en la administración departamental, alcaldías, establecimientos públicos descentralizados, etc. Gobernadores y alcaldes –hay que decirlo sin ambages- han dado el mal ejemplo (o, sencillamente, se han dejado llevar por el inveterado mal ejemplo). Ellos entregaron a la señora que ejercía las funciones de ama o dueña del carrielismo, una “cuota” de altos funcionarios. ¿Quién nombró esos empleados?: ¿El que firmó el decreto o el que impuso los nombres de los empleados? Claro que éste último (más exactamente, ésta última). En consecuencia, quienes no los nombraron, ¿cómo podrían darles órdenes? Como se ve, todo esto de la administración departamental y de las municipales, es una farsa, una verdadera olla de grillos. Y ahí están los resultados: alcaldes, exalcaldes y altos funcionarios, en la cárcel.
Lo que resulta inexplicable es esto. Un gobernador elegido con más de 130.000 votos de electores de carne y hueso, ¿por qué se sometió a las órdenes del carrielazgo? Nadie lo entiende. Y en él, que es un hombre a carta cabal, honrado y decente, sin dobleces ni estrategias perversas, no hay que suponer ninguna razón oculta. Cuando se produjo esa masiva presencia de gentes libres en las urnas, al elegirlo, todos pensamos que había terminado la época infame y vergonzosa del imperio de Carriel. Lamentablemente no fue así.
Por fortuna, ahora la justicia ha tomado en sus manos la solución del asunto. Es lógico pensar que estos perniciosos personajes no seguirán mandando desde la cárcel. Y no se trata de desear el mal ajeno, porque sí, porque a alguien se le antoja. No, la clamorosa petición de los quindianos es una sola: que se castigue a los responsables de los delitos contra la administración pública, que han entrado a saco en el erario y han defraudado la confianza de la comunidad. Los malandrines no pueden esperar impunidad ni clemencia: pagarán por sus delitos. Y si tuvieran un ápice de vergüenza, devolverían al tesoro público lo que literalmente se robaron: hasta ahora, la cuenta va en más de veinte mil millones de pesos de la contribución de valorización, solamente en el caso de Armenia. Dineros para indemnizar les sobran: ¿cuánto le han sacado al pueblo con el chance, primero cuando era clandestino, y luego cuando lo “legalizaron”, vale decir, cuando, como el marido cornudo, las loterías oficiales “vendieron el sofá”?
No hay que preguntarse dónde están los ladrones: todo el mundo los conoce, y ellos, con agresiva impudicia, exhiben sus riquezas mal habidas. Son una nueva clase, codiciosa y rapaz, que desplazó o marginó los hombres de recta conciencia y limpios procederes, que encaminaron el destino del Quindío por la senda del progreso.
Alguna vez escribí, en esta misma columna, que habíamos llegado a un punto en que el monumento del tronco y el hacha, debía reemplazarse por un carriel y unos dados. Temo que mis palabras no fueron entendidas, o, peor todavía, entendidas no causaron ninguna reacción. Por fortuna, ahora está en manos de la justicia la tarea de liberar al Quindío, sacarlo de las garras codiciosas de los carrieles, de sus subalternos y de sus áulicos. Y de otros que no son exactamente carrieles, pero ya empiezan a dar muestras de los mismos vicios de la politiquería, en sus peores manifestaciones.
Lo que sigue no es, ni podría ser jamás, una cacería de brujas: si alguno de los investigados fuere inocente, la administración de justicia lo absolverá. Hay que confiar en ella.
Espero no equivocarme: ha comenzado un tiempo en que nadie se avergonzará de haber nacido y vivido en esta comarca maravillosa. Por el contrario: el entierro de cuarta categoría que ha tenido el carrielismo, es señal de que una nueva generación está llamada a ejercer el poder real en todos los campos, comenzando por el de la política. Atrás ha quedado la politiquería, definida como el bastardeo de los fines de la acción política.
Y que Dios nos tenga de su mano. Porque esta batalla tendrá que darse como dice el sabio que llaman vulgo: “A Dios rogando y con el mazo dando”.
Pronto comenzará la campaña para elegir alcaldes y gobernadores, diputados y concejales, circunstancia que marcará el fin del clientelismo en el Quindío. Esa batalla nos convoca a todos, con la única arma que tenemos: el voto. Si conseguimos que sea expresión de libre e independiente voluntad, habremos dado el primer paso por el camino de la victoria. ¿Saldremos adelante? De cada uno de nosotros depende. Aún hay esperanzas.