“Mestiza soy, Contradicción atroz. Cuatro colores del maíz en mi color. Buscando identidad en un sociedad racista. La mente colonialista instalada en mi pupila. El reflejo en el espejo me devuelve lo que creo… Quisieron que callara la herencia de mi sangre. Quisieron que olvidara la violencia a mi madre. Pero no pudieron quitarnos el fuego interno, el eterno conocimiento, las señales en los sueños.” Rebeca Lane, Alma Mestiza.
Comenzaré con una frase que es un lugar común: “lo personal es político”. Los lugares comunes me enamoran, pues tienen tras de si la filosofía del nosotras. Esta frase fue dicha en los 60 por el movimiento feminista estaunidense. Ella misma es un animal verbal globalizado. Al hablar desde la subjetividad, las feministas de aquellos años dilucidaron que nuestros saberes conscientes, nuestra estética, nuestras prácticas, sentimientos y relaciones están permeados de los valores de un sistema patriarcal; de que todo lo que sentimos y pensábamos esta enmarcado dentro del paradigma dominante del capitalismo.
Desde mi subjetividad les hablaré de un territorio que conozco a la perfección, el territorio de mi cuerpo y cómo en él se han globalizado múltiples violencias…y claro hablaré del lugar de poder donde son gestadas y alimentadas estas violencias. Pero también de la contraofensiva: de la creación y alimentación de un entramado social cuyo centro es la reproducción de la vida, de esa vida que merece ser vivida.
Ya podéis intuir que de teórica tengo poco. Lo que si os aseguro es un caos verbal, porque las líneas rectas no me gustan.
Soy producto de la globalización. Esa primitiva globalización que se inició con el saqueo de América por parte de los europeos. Vengo de un territorio violado que parió seres híbridos. Orgullosamente mestiza, re-mestiza y super-mestiza soy. No me pregunto sobre mi ADN, no me interesa, pues me veo como una encrucijada de genes. Soy una mestiza que ha migrado por no resistir más la violencia generalizada de su país natal: Colombia. Soy una desplazada que durante muchos años no pudo hablar sobre lo que sucede en su país. Porque los desgarramientos te silencian.
Como migrante sin documentación legal que me permitiese trabajar, entré en la llamada “red de cuidados global”: Criaba la hija de una española, mientras mi hija era criada por mi madre a 8.000 kilómetros de distancia. Sufrí la violencia de la separación, de la negación de ejercer mi derecho a ser madre. También estuve privada de la posibilidad de desarrollar un trabajo para el cual me eduqué. Mientras cuidaba la hija y la casa de otra, soñaba con mi hija, con escribir, con estar frente a un grupo de niñas y niños hablando de la vida…
Señoras y señores esto es la globalización. Detrás de los términos teóricos estamos las personas. Nuestras vidas marcadas por un modelo económico basado en la acumulación que nos despoja de nuestros medios de reproducción y de subsistencia. Un modelo económico donde predomina la exclusión social y el individualismo. Un modelo fundado en la violencia y la militarización de nuestras vidas. En la explotación al límite de la naturaleza incluido los humanos. Un modelo que ha globalizado la pobreza y la precariedad. Un modelo donde el trabajo reproductivo, la esfera del cuidado de la vida ha sido invisibilizado y menospreciado. Esto es el modelo capitalista que se nos presenta como única alternativa.
Pero, ¿Cómo buscar alternativas en este infierno en el que nos han sumido? La respuesta la he encontrado en estos 14 años que llevo viviendo mis muertos en la distancia. Años en los que he tejido un entramado social que me ha permitido vivir con dignidad. En él está desde el inicio personas para las cuales lo único importante es vivir dignamente, que hacen sus días en colectividad, porque las geometrías vitales siempre se encuentran. Y esto es lo tremendamente político: encontrarnos. Hacer de nuestros cuerpos territorios mestizos desde donde podamos leer las señales en nuestros sueños.