Edwin Vargas
No puedo dejar de pensar que, mientras esto escribo, muchos sufren: lloran al asesinado; buscan al desaparecido; miran de frente la escabrosa realidad con el ojo que les quedó; se duelen de sus heridas; caminan bajo la mira de la amenaza paranoica. Y, aun así, resisten. A ellos, a los estudiantes, dedico estas líneas.
El concepto de sociedad civil, como lo señalé en el anterior artículo, es una noción de hace doscientos años pensada en el marco de un Estado Moderno. Sin embargo, una cosa es una idea política teóricamente concebida, y otra una idea política realizada. Además, la concreción de esa idea en el terreno práctico no obedece, necesariamente, a la teoría. Por ello, afirmo que en Colombia la sociedad civil existe, pero también debo decir que no es una sociedad ideal, a la manera en que la pensaron Platón (La república), Agustín (La ciudad de Dios) o el mismo Hegel.
La sociedad civil colombiana, en los también doscientos años de vida republicana, ha estado en una lucha permanente por su reconocimiento. Esto ha sido así porque las élites dominantes, una vez en el poder, desconocen la voz, los derechos y necesidades de esa sociedad que les ha servido de escaño para hacerse al poder. Esa negación, que se ha convertido en práctica común para todos los gobiernos, ha sido la chispa que, en distintos momentos de nuestra historia, como éste, enciende la llama de la lucha. Si los obreros, las mujeres, los estudiantes, los maestros, la población afro, indígena y LGTBI, etc., son excluidos y vulnerados en sus derechos y necesidades, se manifiestan en una lucha legítima por conquistar ese reconocimiento negado. Parece simple pero el fenómeno es complejo, como la realidad que estamos enfrentando.
El problema es tan grande, tan múltiple, que todo lo que se puede decir queda atrapado en el terreno de lo parcial. No hay miradas totales ni versiones absolutas. En la liana de esta selvática realidad, selva de cemento y de campo, solo nos queda la posibilidad de comprensión de lo poco que vemos y escuchamos. ¿Pero qué vemos y escuchamos? ¿Y desde dónde? Si solo vemos el cuadrito de mundo y escuchamos el relato vendido por los canales que funcionan como publicistas del gobierno, nos ponemos bajo el riesgo de la “verdad” oficial, que lava la consciencia y la conciencia al subir el volumen para que no se escuchen los bombazos en el partido de fútbol. ¿Los muertos y desaparecidos? Bajo la alfombra de la mentira oficial.
No olvidemos que Hegel nos decía, hace dos siglos, que los educadores pertenecemos a la sociedad civil. Que seamos asalariados por el Estado y tengamos la condición de funcionarios públicos no significa que les pertenezcamos en cuerpo y alma, como si de una religión se tratara. Si el Estado paga por nuestra labor lo hace cumpliendo con su obligación de administrador de los recursos tributados por la sociedad. Y de las matrículas pagadas por los estudiantes y sus familias en la Universidad “pública”. A esta sociedad civil colombiana, que hoy se hace sentir, pertenecemos. Y a ella nos debemos.