Por Edwin Vargas
Marcel Proust construyó la memoria de toda una vida insuflado por el aroma de las magdalenas y el agua de tilo. ¿Qué memorias podemos construir, los que tuvimos la fortuna de conocer al maestro Carlos Alberto Castrillón, cuando vemos las volutas y olemos el humo que emergen de un cigarrillo?
La mayoría, sino todos los que le conocimos, en alguna cafetería universitaria, hicimos el rito de iniciación de los fumadores pasivos con tal de sostener una conversación con el maestro sobre múltiples temas. De esa manera la preocupante tesis, el proyecto editorial, las diversas músicas, los libros raros, los autores desconocidos y tirados al olvido, iban emergiendo de la humareda de su cigarro.
Algunos, en medio del rigor de los trabajos orientados por él, supimos del alquitrán impregnado en sus libros o en sus documentos de archivo, que resolvieron lo que él llamaba el sustento material: “Compañeros –decía– sin sustento material cualquier investigación se invalida”; y así su biblioteca y archivo, siempre generosos y abiertos, suplieron ese alimento intelectual para que esas ideas, con las que nos alentaba, se concretaran en tesis, artículos o libros.
No olvidaré, nunca, una tarde en el que se estaba editando un libro en el que un artículo de este servidor se publicaría, pero que requería de los ajustes necesarios exigidos por su revisión, siempre incisiva. El correo electrónico que me envió solo tenía el título del asunto, que decía: “Fumando espero”. ¿Qué imagen se le puede pasar por la mente a un pobre mortal como éste, cuando Castrillón le dice que espera su texto mientras el humo se dispersa? ¿Será que espera hasta que el presente cigarrillo se termine? Pues el tiempo que demora un fumador con su cigarro fue lo que tardó este bachiller en enviar su corrección. Esa era una de sus formas, sutiles e irónicas, para despertar al estudiante dormido.
Lo recuerdo, también, esperándonos en la antesala de la clase, sentado tras el escritorio con unos audífonos puestos, mientras movía su cabeza al compás de no sé (en ese momento) qué música. A la hora de iniciar la clase se quitó los audífonos, saludó con su voz certera, y dijo: “Ahora cada uno dice su pregunta de investigación”. Ya todos los que fuimos sus estudiantes sabemos qué pasa después. Por supuesto, en la cafetería, mientras el humo se disipaba, no me aguanté y le pregunté: “Profesor, ¿y qué estaba escuchando antes de la clase?” Y con esa misma voz me respondió: “Black Sabbath, compañero, hay que escuchar a Black Sabbath”. Y luego subimos a seguir con las preguntas. Ya todos sabemos qué pasa después.
Y si seguimos así, podremos traer a colación recuerdos ad infinitum, pues en todos los que pasamos por su magisterio dejó una huella imborrable. Huella que no solo se configura por ese inconmensurable aporte a la formación de profesores, investigadores y escritores, sino también por la imagen del hombre que, con profunda pasión y honestidad, dejó abierta la brecha para que continuemos caminando por esa senda de rigor académico y trabajo intelectual.