Por Rogelio Guevara Villamil
El hombre empezó a pensar con cierta libertad cuando se dio la transición de la Edad Media al Renacimiento, empezó a sacudirse de ese largo período de oscurantismo dominado por la iglesia en el cual todo era pecado porque el mundo giraba en torno a Dios (teocentrismo). Nadie podía contradecir la palabra divina so pena de parar en la hoguera; de ahí viene la expresión cacería de brujas. Estamos hablando del siglo xv. Vale la pena aclarar que esos movimientos que produjeron grandes cambios en lo cultural, artístico, filosófico, etc., no se daban de un momento a otro, tardaban años y se producían como rechazo, es decir, una muestra de inconformidad, entonces había líderes que promovían el cambio con ideas que iban opacando las actuales e invitaban a la renovación.
En la literatura española hay un libro que retrata de manera excelente el paso de un período a otro. La Celestina. Dicha obra comienza en la Edad Media cuando Calisto (así con S) le declara su amor a Melibea y ésta se escandaliza de tal manera que tiene que ir a confesarse porque según ella se le ha aparecido el demonio, y termina en el Renacimiento ya que no sólo ha aceptado los requerimientos del pretendiente, sino que es ella la que termina “gateándole” a él. Mencionamos el siglo xv porque ya estaba consolidado el renacimiento como tal. El hombre pasó a ser el centro de todo (antropocentrismo), podía pensar libremente sin el temor que antes producía la santa inquisición.
Es indudable que todo cambio ha trazado patrones de comportamiento que puestos en práctica han ayudado a la sociedad a asumir conductas para la buena convivencia. La Modernidad introdujo una serie de costumbres o modelos de vida que han sido puntos de referencia en determinados grupos; pero tal vez por el afán que se ha apoderado de esta sociedad – ya no puede decir que cada día trae su afán-, los buenos modales son cosas del pasado y la prisa es el común denominador. Los modelos ejemplarizantes han sido avasallados por la grosería, el decoro y buena educación han caído en el más vulgar deterioro.
Los símbolos patrios han sido desde siempre dignos de profundo respeto; al empezar un espectáculo público –estadio, coliseo o teatro-, la ceremonia de protocolo incluye el himno nacional y según los principios que nos inculcaron desde niños, al escuchar las notas marciales del himno nacional todo colombiano debe ponerse de pie y descubrirse la cabeza; pero ahora, ante todo en los estadios, gran parte de los asistentes se quedan sentados y antes que quitársela se ajustan más la gorra.
Es lamentable asistir o ver por televisión una presentación artística; uno en realidad no sabe cuándo termina su presentación un participante si lo están saboteando o lo están ovacionando porque los silbidos ahogan los aplausos.