Por Andrés Macías
Durante la cuarentena, quizá muchos de nosotros ya reflexionamos sobre el mundo de adentro, del interior como si estuviéramos encapsulados dentro de una botella sin corcho, por donde apenas lográramos respirar. Sin embargo, la vida externa comenzó su curso rehabilitando servicios y rutinas que antes asumíamos como normales y cotidianas.
El comercio, por ejemplo, abrió sus puertas con supuestas medidas de bioseguridad y entonces adoptamos una nueva realidad; el rostro debe estar protegido por un tapabocas desechable o de tela antifluidos para evitar el contagio de un virus que no muerde, pero que ataca con severidad. Aplicarse alcohol o gel antibacterial en las manos para eliminar las huellas prohibidas del Covid 19, permitir la toma de temperatura corporal sin percatarse de la inestabilidad emocional que nos ha generado la pandemia a todas las personas en el mundo. Asimismo, caminar distanciados evitando conglomeraciones, porque no es suficiente cerrar la boca y controlar el contacto. Los transeúntes deben marchar como soldados, pero obedecer como robots para evitar sanciones que restrinjan la libertad de una normalidad que caducó por su desgaste.
Lo único que no ha logrado el virus es vendarnos los ojos, y aún así permanecemos ciegos y confundidos frente a tanta desinformación y corrupción que se mantienen vigilantes para protagonizar el asalto más oportuno bajo el eslogan de su filosofía: “confunde y reinarás". En este sentido, la Salud, la Educación y el Trabajo tomaron giros inesperados y seguirán siendo focos de “oportunismo presupuestal” para que nos mantengamos alerta y no permitimos que sigan en detrimento. La educación y la salud son derechos que no pueden ser vulnerados; nuestro deber será siempre luchar porque sean de calidad.
Ahora buscamos salir al encuentro con lo que dejamos atrás; idear el pretexto más insignificante para conversar en persona con amigos y familiares, brindar un abrazo sincero y sostenido, tomar aire en los senderos naturales y en los parques poco contaminados, caminar por las calles saludando a gritos al vecino que cruza la acera. Sentarse sin desconfianza en una cafetería a tomar un café o un refresco con empanadas. Frecuentar los centros comerciales para sentirse parte de una sociedad capitalista y consumidora. Asistir a los colegios y universidades para el encuentro con el conocimiento y los aprendizajes entre pares generacionales y maestros. Refugiarse en los templos para entablar un diálogo con Dios. Ejercitar los cuerpos en gimnasios maquinados, empacar maletas para viajar a destinos vacacionales. Y así como estos, muchos son los acontecimientos que deseamos retomar.
A lo mejor, lo que más preocupa es pensar y asumir la nueva realidad, ¿Cómo asimilar el mundo de afuera? La reinvención está superada por los protocolos de bioseguridad que no son óptimos en sectores como la Educación y hospitales y para que la tan anhelada “normalidad” renazca, el parto debe ocurrir primero en las mentes de los individuos que la constitución denomina ciudadanos. Es importante hoy más que nunca darle cabida al fin último de la humanidad; ser felices sin pretensión, encontrar la esencia del servicio, explorar los talentos, aprovechar el tiempo que no retorna; a lo sumo, sentirse vivos entre una virosis gobernante que a toda costa busca aniquilar la legitimidad del ser humano. El coronavirus nos condicionó a vivir diferente en una época vertiginosa y global, pero no podrá arrebatarnos el deseo, la oportunidad y la capacidad de vivir.