Columna del Colegio de Abogados del Quindío
Por: Fernando Elías Acosta González *
A dónde iremos a parar si seguimos así, siempre se escucha decir de la gente aquí y allá… Ese es el comienzo de “Conozco otra humanidad”, una de las canciones más emblemáticas de la agrupación internacional italiana Gen Rosso, que va por el mundo llevando mensajes de paz y fraternidad universal a través de la música y cuyos orígenes se remontan a la navidad de 1966, gracias a la iniciativa de Chiara Lubich, Premio Unesco para la Educación y la Paz, así como fundadora del Movimiento Católico de Los Focolares (fuego de hogar).
Esa misma pregunta me la hice una y otra vez en días pasados, cuando un reconocido, respetado y apreciado docente de Armenia (cuyo nombre no mencionaré para no estigmatizarlo más), fue noticia al ser exonerado de toda responsabilidad frente a una investigación que hace dos años se le abrió por presunto acoso sexual a unas estudiantes, con todas las implicaciones disciplinarias y penales que ello conlleva.
Fueron literalmente 24 meses de un verdadero calvario, un suplicio, una pesada cruz que cargó el inocente profesor. Con los efectos psíquicos y emocionales que tan infamante situación encarna, el acusado guardó absoluto silencio entre sus familiares y amigos. Nadie sabía el dolor y la impotencia que lo carcomían por dentro por culpa de desadaptadas e irresponsables jóvenes, quienes sin medir las graves repercusiones de su actuar mentiroso y tendencioso, “lo echaron a la hoguera”.
Si no conociera como conozco desde hace 45 años al maestro, cuyo transparente actuar quedó en entredicho, jamás levantaría la mano para posar de “defensor de oficio”. Un ser humano y un profesional sin tacha alguna, que ha dedicado la mayor parte de su vida a formar ciudadanos de bien, no sólo a transmitirles meros conocimientos; alguien que ha guiado con el ejemplo, haciendo gala de los más claros valores y principios. De él sí que he aprendido durante más de cuatro décadas acerca de lo que es la verdadera coherencia, la rectitud y la honestidad.
Cuando conocimos la noticia, que “se regó como pólvora”, las personas más cercanas no podíamos dar crédito a la malvada trama que montaron las desvergonzadas alumnas, en ‘venganza’ porque el profesor les caía mal y para ocultar su pésimo rendimiento académico en la asignatura que orientaba el calumniado e injuriado por ellas. ¿Qué clase de seres humanos están saliendo hoy de los hogares, de las familias, que nada les importa tirar por el suelo la honorabilidad, la credibilidad y la reputación de un reconocido profesional de la educación, cuyo único ‘delito’ es velar de que cumplan a cabalidad con sus deberes en el colegio?
Sin embargo, si tiramos cuidadosamente de la madeja, nos damos cuenta que “ni el enfermo come ni hay que darle”. No soy psicólogo ni psiquiatra, pero es fácil concluir que las muchachas que se ‘cranearon’ semejante infamia, con su delincuencial actuar, lo único que dejan entrever es su ´descuadernada’ personalidad; que tienen desdibujados los límites entre el bien y el mal; que creen que todo es un juego, una simple ‘recocha’, que pueden hacer lo que les dé la gana y no pasa nada.
Con toda seguridad que, en el trasfondo de cada una de ellas, subyace un hogar disfuncional, sin respeto, sin autoridad, sin el positivo ejemplo que les sirva de norte, de guía. Habrá excepciones, como toda regla, pero personas bien ‘moldeadas’ en su entorno familiar, se comportarán respetuosamente y acatarán las normas, serán conscientes de las consecuencias de sus actos y jamás se les ocurriría afirmar sin siquiera sonrojarse, que fulano o zutano las acosó sexualmente, sólo como una ‘infantil’ retaliación por que “les caía gordo”.
“Difama, difama que algo queda” y más en esta época de redes sociales en que al instante todo se sabe y en todas partes. Así haya salido exonerado, las falsas acusadoras jamás entenderán el inmenso daño que le causaron al profesor, y lo peor de todo, que no hay cómo resarcirlo.
* Colegiado