Por Jacobo Giraldo
Los satélites son muy importantes, le digo a un amigo, señalándole la luna. Lástima que cerca de la tierra solo haya uno. En parte, es un alivio, le digo; es el único sitio donde no hay anuncios. Que es un mal chiste, me dice. Muy frívolo. Tendrá razón, piensa el lector. Que también los otros satélites son importantes, los artificiales, me dice y, como lo conozco, sé que siempre está pensando en lo que se transmite a través de ellos. Ese mensaje informe -imágenes, vídeos, sueños, información de seguridad, correos, chats, frustraciones, contraseñas, información personal, información privilegiada, anhelos, información de todos los tipos, matemática, algorítmica, política, económica, anatómica, geopolítica, social, deportiva, bancaria, académica…- que debe ir desde una fuente hasta un receptor. Todo ese producto desconcertante de la riqueza espiritual de nuestra especie.
Estoy hablando con él en la fila de un banco, ambos, con tapabocas, por lo que es posible que los demás nos estuviesen escuchando; y mirando, a través de la fachada vidriosa del edificio, el cielo de la mañana. Mi amigo es uno de esos que no es creyente de Facebook, pero sí, devoto; y de los que intuyen que la información será muy importante -como si ya no lo fuera- y que quien la tenga podría estar en una posición ventajosa frente a los demás.
Mientras viajaba de regreso a mi casa, en un vehículo del servicio público, con juiciosa aplicación de las “medidas de seguridad”, a medio camino entre la avenida y el muro de una red social, encontré rápidamente, pero luego se me perdió de la línea, una noticia que decía que en Latinoamérica se habría dado algún paso hacia la creación de una suerte de agencia espacial latinoamericana; lo que va ocurriendo lo voy pensando en el marco del siglo veinte, en el que nací y del que no sé nada; entonces, pensé que Latinoamérica no se había pensado o sentido en esa duración de cien años, desde el espacio, o hacia el espacio, como sí lo habían hecho los gringos o los rusos.
Pensé en el grupo de películas 2001: A Space Odyssey/Solaris. Al buscar en Google sobre la noticia, me di cuenta de que un funcionario del gobierno mexicano, casi en forma de recomendación, dijo hace poco que “Debemos acelerar la integración regional para tener un escenario mejor”.
Cuando llegué a mi casa, pensando en la disputa del espacio, ya conectado a la web, pude leer que la NASA licitó varios proyectos con varias empresas y que, entre ellas, contrató a Nokia para desarrollar e instalar internet en la luna. Que el interés, seguramente, será poder llegar pronto al 5G, se decía; al tiempo que se ponderaban las ventajas a futuro respecto a los demás países con programas espaciales similares.
En el renglón doméstico sabemos -mi amigo y yo tenemos un problema, que consiste en leer todo desde el texto legal que lo regula- que, bajo el actual sistema jurídico colombiano, correspondía, para el caso de Álvaro U., que la medida que le había sido impuesta le fuera retirada y pudiera volver a salir de su finca. Punto para los abogados de él. Pero no deja de avergonzarnos un poco, todo el espectáculo alrededor, el trabajo y los recursos, tanto jurídicos como mediáticos, enfocados en el proceso de quien fuera el preso No. 1087985.
La defensa del exsenador sale avante, da pruebas estupendas de fuerza y agilidad, hasta el extremo de hacer sentir, en quienes contemplamos el proceso, un cosquilleo intenso que se acerca al estremecimiento. Eso nos sirve para madurar, forjar el carácter y, de paso, verificamos que, en Colombia, aunque en principio pueda parecer otra cosa, la persona más oída es, no tanto Diana Uribe, sino Álvaro Uribe. Que los satélites son muy importantes, vuelvo a decirle a mi amigo, esta vez, por chat. Lástima que en la tierra solo haya uno. Nos reímos y responde: “Debemos acelerar la integración regional para tener un escenario mejor”.