martes 9 Jun 2026
Pico y placa: 7 - 8

SEÑOR COCHERO

25 febrero 2022 9:49 pm
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Por Jacobo Giraldo Bedoya

Pienso, como todos los que ya estuvieron por acá o por allá, que me tocó vivir el peor tiempo de todos. Es normal: en todos los tiempos hubo disputas, hambre, matanzas, imperios que crecían sobre las ruinas de otros. Hubo también descubrimientos, encuentros afortunados y otros casi accidentales, que marcaron el rumbo, pequeñas inclinaciones o tendencias que fueron llevando las cosas a cierto estado (sobre este estado particular considerará el lector, y las consecuencias a las que arribe probablemente dependan de lo que “sabe” sobre lo que “está pasando”).

Se habla de la importancia del empleo, los sindicatos, los tributos, las armas, la Bolsa, la paz, los alimentos, el diálogo, el voto, la violencia. Vemos sin sorpresa, pero con indignación, que todo sigue siendo igual o que, para mucho peor tal vez como me dijo una señora hace poco: uno ya no sabe qué creer.

Me he puesto, como muchos, a ver cómo estamos reaccionando a todos estos cuentos que nos atraviesan la retina y los oídos. Y hay que ser muy móvil, estar siempre cambiando de posición. Ante tanto desorden en tantos niveles no es imposible preocuparse un poco. Nos aterramos, suspendemos nuestro juicio, y nos instalamos entre la paranoia y la gnosis. Vemos en cada traza algo en potencia, tratamos de saber qué caballo ganará la carrera.

Buscamos afinidades, ventajas, posibles errores, proyectamos todo tipo de estadísticas. Buscamos la información que afiance nuestros prejuicios. Para evitar eso miramos las opciones, el listado de caballos a correr, la distancia, el clima, los jinetes. Nos aseguramos de que sea buena nuestra apuesta. Y acaso algo de nuestro día, un giro insospechado, una pequeña desviación, un desnivel casi imperceptible, nos hace deslizar hacia la consecuencia inexorable, hacia la luz misma del corazón que rige todas las apuestas. Vemos o creemos ver. Usamos lo que nos pasa como un oráculo. Cambiamos nuestra posición, descubrimos otros horizontes, deshacemos nuestros asentamientos y llegamos a otra tierra.

Y a pesar de que la razón (ese cochero de la historia contenida en el Fedro de Platón, que señorea y lleva a riendas dos caballos que rivalizan por el rumbo del coche) nos lleve bien que mal en una dirección, encontramos dificultades para tomar esa determinación o cualquiera otra que vaya acorde con las que dicta la mera razón o con las que toman los demás; nos encontramos cómodos -con ese gusto extraño que tiene apostarle a lo perdido- si vaciamos nuestros bolsillos y nuestra suerte para apostar a que el participante con menos fortuna aparente ganará la carrera. Hay, por supuesto, numerosos ejemplos de esto en la literatura como en la vida.

Podemos tomar un episodio del Ulises de Joyce del final del capítulo 5. Allí un personaje que se llama Bantam Lyons se encuentra a Leopold Bloom, que es el protagonista de la novela y que viene con un periódico bajo el brazo. Este amigo entiende o cree entender una señal para una apuesta por un dark horse, o tapado, en el hecho de que Bloom le dé el periódico y le diga que iba a “tirarlo por ahí” (throwaway).  Este Bantam de la novela reportó seguramente jugosos beneficios por su apuesta, puesto que vio pese a lo improbable coronado a su caballo como ganador, lo que se va revelando mientras vamos progresando en nuestra lectura de la novela.

Pues bien, el 16 de junio de 1904 – conmemorado como el Bloomsday por los joycianos de todas partes, por ser la fecha en que ocurre el Ulises- se corrió la Copa de Oro en Ascot dando como vencedor a un caballo de nombre “Throwaway” montado por un tal William Lane, dejando inesperadamente atrás a la favorita Sceptre. ¿Cuál es, lector, tu dark horse, el no favorito, improbable héroe victorioso, el caballo que se impondrá ante los demás? ¿cuál es, señor cochero, el rumbo?  

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