martes 20 Ene 2026
Pico y placa: 7 - 8

Epitafios virtuales

3 febrero 2018 3:49 pm
Compartir:

El turismo funerario consiste en la lectura de epitafios en los cementerios. Personas adineradas de Gringolandia y otros países van por el mundo como turistas sepulcrales, tomando fotografías y videos de cuanto epitafio encuentran. Existen libros dedicados a la literatura funeraria, como la Antología de Spoon River del norteamericano Edgar Lee Masters, clásico de la poesía anglosajona, donde el poema es un microrrelato, una diminuta crónica del transcurso por la vida de cada habitante de ese pueblo imaginario.

La costumbre de poner inscripciones en los sepulcros viene del antiguo Egipto, de donde pasó a griegos, romanos y españoles. Los epitafios trascienden la quietud del camposanto, sacan a flote naufragios íntimos y logran celebridad si adornan el mausoleo de un personaje inmortal.

Uno de los más conocidos es el epitafio de Shakespeare, enterrado en la iglesia de su pueblo natal: “Buen amigo, por Jesús, abstente de cavar el polvo aquí encerrado. Bendito sea el hombre que respete estas piedras y maldito el que remueva mis huesos.”

En la tumba del comediante francés Moliére estuvo el manuscrito de uno de sus alabarderos: “Aquí yace Moliére, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien”.

En la de Mario Benedetti: “Estaré donde menos lo esperes, por ejemplo, en un árbol añoso de oscuros cabeceos”.

El fundador de Bogotá, licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, redactó en latín su inscripción fúnebre con cierto morbo filosófico: “Expecto resurrectionem mortuorum” (Espero la resurrección de los muertos).

El epitafio del poeta Vicente Huidobro: “Abrid esta tumba. Al fondo se ve el mar”.

La glosa del autor de Música para camaleones: “Truman Capote lamenta profundamente su desaparición física”.

Y la de Marylin Monroe, diosa del cine: “Mi viaje termina aquí.

Johan Sebastián Bach inauguró la moda de epitafios con humor: “Desde aquí no se me ocurre ninguna fuga”.

La anotación en el sepulcro de Cantinflas: “Parece que se ha ido, pero no”.

Extraordinaria deferencia la de Oscar Wilde para su perro Botswain: “Aquí reposan los restos de un ser que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad y todas las virtudes de un hombre sin sus vicios”.

La página web llamada Spoon River, es un cementerio virtual donde el visitante, con sólo registrarse, puede escoger su lápida y ponerle un epitafio poético. Como suele ocurrir en la red, los piratas informáticos han logrado enterrar allí a personas que todavía gozan de su existencia humana y escribirles textos apócrifos en completo desajuste con la prestancia y filantropía de los presuntos finados. La mano inculta profana la tumba con anotaciones prosaicas:

«Murió de reconcomio en El Caguán. Aquí se conserva para siempre».

«Abajo reposa el quemador de libros. A él lo quemaron en las elecciones».

«Un elefante lo atropelló por detrás».

«Cincuenta años de trabajo desvelado en el Congreso. Aquí duerme por los siglos de los siglos».

«La coscorronitis le borró los recuerdos. Lo mató el olvido».

«Duró medio siglo disparando y murió por disparates de los médicos».

«A dos metros bajo tierra yace solo, pero vivió rodeado de buenos muchachos».

«¡La tal muerte no existe!».

Por fortuna las barbaridades de esta página del panteón de vivos acaban con poesía de Édgar Lee para consolar a los deudos: “¿Dónde está el abúlico, el bandido, el político, el forzudo, el bufón, el borracho, el peleador? Todos están durmiendo en la colina… Caminemos y oigamos el canto de la alondra”.

 

Te puede interesar

Lo más leído

El Quindiano le recomienda