Johan Andrés Rodríguez Lugo
@unjohantin
Esta columna podría llamarse “Barbieheimer” pues va de lo que sucedió durante la semana anterior con el ¡boom! (léase con gracia) del ¡lanzamiento! (otra vez léase con gracia) de las películas Barbie y Oppenheimer. Pareciera que no tienen nada en común, pero definitivamente revelan, muestran y cuestionan lo que somos como sociedad; una comunidad polarizada, que cuestiona el divertimento ajeno, que procura por extraerse de la masa, pero que no deja cabida para el disfrute general, sino que intenta encasillar todo en buenos y malos, necesarios y banales, intelectuales o populares.
Desde “las filtraciones” de las fotos de Margot Robie y Ryan Gosling usando el traje colorido para montar patines de la Barbie, ya se anunciaba una serie de estrategias de mercadeo que hicieron, además, que otra película fuera vista en contra posición. Una estrategia publicitaria que rebotó y le dio visibilidad a una película sobre un personaje histórico que vivió un momento determinado el cual dio la entrada al mundo que tenemos actualmente. ¡Habrase visto semejante golpe de suerte para el cine y las taquillas que no dieron abasto durante el primer fin de semana de los estrenos!
¿Pero qué podrían tener en común ambas producciones? Sin duda el poderío estadounidense y la reafirmación de las guerras que no han terminado. Estos conflictos que no solo se dan entre los dueños del mundo, sino que también, de manera constante, de los poderes – los verdaderos poderes –, y que nos recuerda que el mandato mundial está en manos de unos pocos, por no decir que de los mismos, y que aunque nos creamos libres, conscientes, intelectuales o ajenos a cualquier expresión política y económica, de alguna forma el sistema implementado nos recuerda que solo somos parte de este juego bélico para mantenernos ocupados en discusiones banales que revelan lo poco críticos que somos ante lo que consumimos y lo poco empáticos que somos ante el gusto y el disfrute de los demás.
En un momento la Barbie estereotipada – ya hablaremos de esto – se hace una pregunta fundamental que de haberse usado de mejor forma habría dado a la película una perspectiva muy interesante. Resulta que la cotidianidad del mundo rosa de repente cambia, nadie se da cuenta, solo Barbie quien consciente de su posición y de lo que cree que es y hace, se cuestiona sobre lo que sucede en el otro lado del universo, ese sitio en donde los humanos juegan con barbies y las mujeres, según creen, han superado los estereotipos y se han empoderado generando una sociedad justa, igualitaria y consciente tal cual ocurre en este mundo de plástico.
Así que Barbie se hace la pregunta: “¿Quién está jugando conmigo?”. Pues a pesar de la satisfacción que se muestra en una vida feliz para siempre y por siempre, entiende que al parecer la misión de las barbies ha cambiado, pues ella misma empieza a tener ideas de muerte en un sitio en donde la eternidad es la realidad y el pensar más allá las convierte en "barbes raritas". Esto es algo interesante en la película que nos recuerda a Toy Story, en donde los muñecos están conscientes de su posición en el mundo, de sus limitaciones y de sus responsabilidades, por ello, cuando los pies de Barbie cambian, ella sabe que algo no anda bien y que debe ser atendido de inmediato.
La cotidianidad, en cambio, del creador de la bomba atómica, se empieza a modificar a medida que su vida académica inicia, se consolida y se hace necesaria para el desarrollo de proyectos y problemas matemáticos. Ubicada en un contexto histórico-político más denso del que vivimos actualmente, en donde es evidente que el papel de la mujer es mínimo, la unión de la academia y la política se encuentran reservadas para los instantes nocturnos de conspiración que más adelante les cobrarían factura a todos y cada uno de "los rojos" que irrespetan el sistema de gobierno creado para garantizar la libertad.
“Estamos en guerra”, es la constante y la justificación que durante la película se muestra para conversar, cuestionar y desarrollar diferentes estrategias que procuren vencer al enemigo: los rusos, o el comunismo o el fascismo; que parecieran los jinetes del apocalipsis cada que se nombran o se sugieren. La gente se escandaliza, juzga y señala, pero no se detiene a revisar lo que hay allí, simplemente se hacen un perfil de personajes incómodos y cuestionadores y eso, para efectos de un sistema estructurado, no es beneficioso, entonces aparecen persecuciones, muertes y acosos para quienes osan conspirar en contra de lo establecido.
Aquí es donde volvemos al concepto de “Barbie estereotipada” que dentro de la película se explica como “aquella referencia que se tiene de una muñeca rosa, rubia y delgada con la que juegan las niñas y algunos niños”, estos últimos, por lo general, a escondidas. Porque existe la Barbie presidente, ingeniera, contadora, ejecutiva, abogada y todos esos cargos que en un tiempo fueron exclusivos de los hombres, aunque muchos no se acuerden y todo, como siempre, les parezca un drama creado por mujeres.
La película se presenta como una comedia crítica, satírica e irónica, pero esto realmente no se logra porque le entregan al espectador “todo mascado” lo cual en un instante es divertido, pero luego de minutos se hace básico, porque aunque ese mensaje de "puedes ser lo que quieras ser" es interesante, a la película asistieron niñas con sus hijas que no comprendieron mucho, porque eso sí, es una película que muestra mujeres conscientes de su posición en el mundo y que se burla de, como lo dicen en la película: "ese patriarcado rebajado y disimulado" que se consolidó hace mucho, aunque a muchos les parezca solo un grito histérico. Realmente sí deberíamos repensarnos nuestras formas.
La polarización durante estas semanas dejó de ser entre petristas, uribistas y algunos colombianos y se pasó a quienes iban a ver Barbie y quienes Oppenheimer, lo curioso, es que de acuerdo a las estadísticas de consumo de ese fin de semana, muchas personas que querían ver Barbie y no pudieron alcanzar boleta tuvieron que ver la otra y, sin duda, de ambas salieron con muchas preguntas, dudas y críticas, pues primero, lo que se vendió como la película rosa, tierna y el homenaje a las niñas que crecieron jugando Barbie no tiene nada que ver con la entrega, porque es cierto, afortunadamente, su mensaje es cuestionador y empoderante; y segundo, la película del gran Christopher Nolan no es del gusto general de las personas, sobre todo porque la admiración a la pantalla de casi tres horas no le es propia a una sociedad veloz, rápida y sin tiempo.
El fenómeno “Barbieheimer” será recordado como el instante en que el poderío estadounidense vuelve al ruedo y le recuerda “a los otros” que estos son capaces de jugar a ser Dios, de crear un juguete de entretenimiento masivo basado en conceptos que parecieran profundos, pero que terminan siendo banales cuando se trata de ir más allá de lo evidente y que a la vez, pueden crear cualquier tipo de dispositivos para acabar con lo creado simplemente por la dignidad misma de decir que lo hicieron primero.
Esa necesidad masculina de “medirse los miembros” es la razón de ser de las entregas cinematográficas de este fin de semana. Ambas son películas recomendadas, una por su componente histórico-politico y la dirección de Nolan y la otra porque es una película que reafirma algunos conceptos de lo que es “ser Barbie” que no es ese estereotipo básico que los hombres señalan, pero les encanta. Como conversaremos en otra columna, el cine crispetero también tiene sus cosas buenas. Vayan a cine y disfruten lo que quieran, de eso se trata también.