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LOS IMPORTANTES

28 abril 2020 9:55 pm
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Antes del terremoto del 25 de enero de 1999, que afectó al eje cafetero, en especial al departamento del Quindío, la ciudad de Armenia, como todas las del mundo, estaba llena de gente importante.

Los gerentes eran inaccesibles. Para llegar a ellos se requerían citas. Siempre estaban en juntas o simplemente ocupados.

Cuando a la una y veinte de la tarde, de esa fecha nefasta, mugió la tierra, todo cambió. Los importantes desaparecieron. Solo quedaron rostros cargados de miedo, seres frágiles y comunes, perdidos entre una muchedumbre desesperanzada y angustiada.

Si te encontrabas con alguien, no importaba el título ni siquiera su dinero, simplemente era otro damnificado, que cargaba su propia tragedia.

Pasaron los días, y como no había oficinas de altos funcionarios ni salas de juntas, porque la mayoría de estas habían colapsado o estaban en reparación, los gerentes estaban por ahí, como uno más de la comarca, sin corbatas ni elegantes vestidos. Se les veía cerca de la gente, que podía acceder a ellos, para comunicarles sus penurias y necesidades. Ya no estaban las secretarias, que antes impedían o complicaban, por orden de sus jefes o por simple capricho, el acceso a tan importantes personajes.

Durante meses comprendieron porque “los hombres no somos sino briznas de hierba en las manos de Dios.”

Pero, después de unos meses, tal vez años, cuando se levantaron de nuevo los muros y los techos, regresaron cargados de soberbia y fatuidad a sus espléndidas oficinas, las juntas interminables y las citas previas.

Se volvió a escuchar: – el doctor no puede atenderlo ahora, porque está muy ocupado; – el gerente está en una junta; – debe pedir una cita, aunque no es seguro que se la conceda.

Me llega a la mente un recuerdo sobre lo que estoy exponiendo: un ingeniero calarqueño, amigo nuestro, llevaba meses tratando de obtener una cita con un colega suyo, a la sazón Secretario de Infraestructura del departamento del Quindío, personaje que años después sería gobernador, la que no se le concedía con múltiples disculpas. En cierta ocasión, nuestro amigo, hizo presencia en el despacho del funcionario, tratando de insistir en la entrevista. La secretaria, de manera displicente, le dijo que eso no sería posible, porque el doctor estaba muy ocupado. El ingeniero de marras, cansado de la situación, entró al despacho sin autorización, y para su sorpresa suya encontró al futuro gobernador con los pies encima del escritorio; los pantalones sucios, porque había llegado de una de sus fincas; y leyendo el periódico.

El tiempo pasó, y los gerentes, otra vez, se escondieron de todo y de todos. De vez en cuando se les ve pontificando, pero secretamente los quindianos entendemos la canción de Facundo Cabral: “un estúpido dice estupideces, y un gerente dice gerenteces.”

Yo, por esa razón, no soy tan optimista. Pensamos, más con el deseo, que después de la pandemia del Coronavirus Covid-19, todo cambiará. Soñamos en un ser humano más sensible a la desigualdad y a la pobreza; protectora del medio ambiente; menos soberbio y apegado a las cosas materiales; más preocupado por su felicidad y la de los demás; menos consumista; más solidario. Sin embargo, Thomas Hobbes afirmaba que “todo el mundo está, naturalmente dispuesto a pelear entre sí, de modo que "Con todo ello es manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los atemorice a todos, se hallan en la condición o estado que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos".

Esa predisposición al egoísmo, la vanidad, el belicismo, nos frenan el optimismo. Por eso, no deberá sorprendernos que, con el tiempo, regrese ese ser humano que contamina, atropella, engaña, miente, especula, odia, envidia. Tampoco, el que retorna a su obsesión por el dinero y las cosas materiales; el trato injusto hacia los demás; la avaricia mórbida. Nosotros mismos, en nuestra débil condición, con seguridad caeremos, y no en pocas ocasiones, en esos procederes. Pero, siempre tendremos la oportunidad de ser sensatos y comprender que, a pesar de nuestras fallas, al final es posible ubicarnos en el lado correcto de la historia, para de esa forma poder luchar por un mundo mejor para las presentes y futuras generaciones.

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