Roberto Estefan Chehab
Las emociones que interactúan en las experiencias cotidianas aparecen casi involuntariamente para matizar los eventos y hacer que se perciban con dolor o agrado, tristeza o alegría, miedo o seguridad. De acuerdo con estas sensaciones habrá un espacio para guardarlas como recuerdo, como archivo, como huella de algo que, aunque vaya quedando en el pasado, como suceso o experiencia, estará listo a intervenir en los nuevos sucesos que se irán produciendo en cada momento de la vida. Y así se va generando una cadena de reacciones que, con frecuencia, quisiéramos entender porque nos sorprenden ante una aparente incongruencia respecto a la nueva experiencia y la respuesta al acontecimiento. Freud, neurólogo y padre del psicoanálisis, describió la neurosis del fracaso: ante una situación de logros y éxitos, contradictoriamente, muchas personas sienten miedo e incluso tristeza cuando lo lógico es vivirlo con alegría y optimismo. Todo va ligado a conflictos de algo no resuelto, recuerdos con emociones ambivalentes de épocas de antaño en cada existencia: la vida emocional tiene un hilo conductor que es transversal y no se interrumpe: todo está conectado y ante el estímulo adecuado se activa intentando formar parte de lo nuevo, aunque en la práctica nada tenga que ver con ello. No es solo una situación meramente mnésica, es el conjunto de emociones que se ligaron a lo que se evoca. Lo realmente sorprendente estriba en que con frecuencia aparece una respuesta emocional, como embajadora del recuerdo y no el recuerdo en sí: tengo un nuevo puesto, estoy preparado para desempeñarlo adecuadamente, poseo las calidades suficientes y sin embargo la emoción que acompaña este nuevo presente está maltratando mi autoestima, me hace sufrir con sensaciones de impotencia e inseguridad. Esa vivencia no es un recuerdo de nada, es una proyección energética de un conflicto que libera ansiedad y lo más desagradable del asunto está en no entender por qué no me siento alegre, agradecido y con ímpetus y optimismo ante la nueva oportunidad. De esa manera, se ha ido instalando una cadena que no permite avanzar así sea que se haya crecido mucho en aprendizaje, estudio, experiencia y, obviamente en edad. Generalmente las personas poco o nada se ocupan de su vida interior. Dejan que las cosas sucedan al ritmo que van llegando, como reza el refrán francés: “dejar hacer y dejar pasar”, pero esa fórmula no es tan adecuada y sencilla cuando de sucesos trascendentales se trata. No es que haya que obsesionarse con un análisis exhaustivo de la vida misma y sin embargo es muy importante aprender a conocerse a sí mismo, revisarse en lo emocional, no darle largas a lo que ha mostrado signos de sufrimiento, a lo que no fue adecuado, so riesgo de repetir las mismas tendencias una y otra vez, precisamente porque por inexperiencia, miedo, culpa no se corrigieron en su momento ¿Cuántas veces una persona logra salir de una mala experiencia de vida y más temprano que tarde se enfrasca en algo “nuevo” que en realidad, de fondo, es muy similar a la anterior? Eso le debería mostrar que vivir cosas nuevas sin analizar, enfrentar y corregir los vicios del pasado no garantiza de ninguna manera la novedad real: casi siempre la consecuencia será la misma. Ni las cirugías plásticas, ni una herencia, ni un cambio de territorio, ni una nueva pareja, por mencionar algunas estrategias, logran mejorar la esencia, la vida interior. Esas cosas no llenan vacíos y, más bien los profundizan cuando la esperanza termina en frustración al percibir que el dolor y la angustia no se superaron. Pero no hay que desesperarse: el secreto radica en reconocer cuán importante es un alto en el camino para intentar reconocerse más íntimamente y aplicar los correctivos desde lo profundo del ser. Mas vida espiritual, más perdón, más soltar lo inadecuado. Se puede. ¿Cuándo se le mide? [email protected]