La Difamación

23 febrero 2024 4:30 am

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Roberto Estefan Chehab                                 

Hay una sentencia en las tablas de Moisés: “No levantar falsos testimonios ni mentir”, en ese mismo decálogo se encuentran otros “mandamientos” que son indiscutibles “No mataras”, por ejemplo. Quizás se pueda plantear alguna discusión sobre otros de ellos por su orientación “machista” Aunque moralmente haya muchos elementos de discusión cuando se profundiza en la manera como nos enseñan esos preceptos, sobre todo alrededor del ejemplo y la intención de quienes se encargan del asunto, al menos, creo yo que la vida como “soplo divino”- nadie ha podido repetirlo – es un principio inalienable. Pero hay otra forma que se relaciona directamente con “vivir” y es el mundo, la intimidad, el contexto de cada individuo. Estaremos de acuerdo en que inmiscuirse en la privacidad del otro se constituye en un riesgoso comportamiento que atenta contra la calidad de la existencia misma del prójimo. Hágase la siguiente pregunta: ¿he cometido algún error que no desearía que alguien más lo supiera jamás? le aseguro que la respuesta la tiene a flor de piel. Esas cosas están en su intimidad y quizás solo exista un ente superior que lo sabe con usted: Dios, si cree en El, y nadie más. Si aún no ha aprendido a respetar sus propios “secretos” entonces habrá alguna persona que haya sido partícipe de lo que usted no fue capaz de guardar y ojalá que ese ser nunca traicione la confianza que en algún momento usted le brindó. Cuando se es testigo de un delito y se tienen pruebas lo correcto es denunciarlo, a la autoridad para proteger la convivencia sana de la sociedad; cuando sencillamente “le parece algo”, “le contaron”, “leyó” algo en algún escrito pero a usted nada de ello le consta lo correcto es ignorarlo a no ser que despierte su real interés – sus razones tendrá-  y entonces lo valiente y honesto sería confrontar a la fuente misma, investigar sin hacerlo público, sencillamente porque no tiene, hasta ese momento, ningún elemento probatorio. En ese punto se desvían muchos comunicadores sociales y, de verdad, jamás debería ocurrir. La responsabilidad con el otro, con su vida, su prestigio, su familia, su vida misma como camino andado debe ser respetada e intocable. “Pueblo chico, infierno grande” reza el refrán y es cierto: las personas en las sociedades no desean que nadie las toque, pero muy pocas han sido correctas en ese sentido al no tocar a nadie. Creen que los secretos y el respeto son asunto del médico o el sacerdote confidente. ¡Por favor! El respeto debe ser universal. Y entonces, basta con que alguien cometa un error o caiga en crisis o “desgracia” para convertirlo en la comidilla del momento lo cual crece como bola de nieve inmisericorde y cruelmente tergiversada y destructiva. Si existe realmente el pecado grave, no creo que sea sentir rabia o envidia o enamorarse y equivocarse: el pecado mortal es quitarle la vida a alguien o dañarle su vida a través de la imprudencia al ejercer y volver publica esa envidia, esa rabia y atreverse a difamar al otro, Aterradora es actualmente la manera de hacer política: basura, vulgaridad, calumnia en las redes sociales que están plagadas de comentarios, afirmaciones, montajes fotográficos repugnantes y lo gravísimo es que esas bazofias escalan al valor de “argumento” para muchos. ¡Hasta donde ha llegado la sociedad! Tenga mucho cuidado cuando hable de la vida de cualquier otro ser. No haga afirmaciones temerarias por ningún motivo, no dañe, no ensucie, no manosee la vida de nadie ¿Lo ha hecho alguna vez? Seguramente algún dolor causo, quizás hoy ni siquiera sea consciente del daño que causó; entonces, no lo haga nunca más. “El que esté libre de culpa, que arroje la primera piedra”, sabia sentencia. Le aseguro que hay mucha tela para cortar de su propia vida, mucho que aprender, mucho para crecer, dedíquese a entenderse a Usted mismo y deje a los demás que en paz hagan lo propio. Si no es amoroso, constructivo, prudente y sano, entonces guarde silencio. Piénselo. [email protected]          

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