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SE APAGÓ EL ASTRO

26 noviembre 2020 11:00 pm
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Por James Padilla Mottoa

Nadie lo dude: la muerte del ex-astro Diego Armando Maradona ha causado conmoción en el mundo entero, entre los que lo admiraron como el mejor de todos los tiempos o entre aquellos que lo vieron como lo contrario al buen ejemplo que debe partir de la práctica deportiva para llegar a todas las juventudes del planeta.

No tengo el propósito de animar eternas discusiones sobre los distintos aspectos que caracterizaron su vida fuera de las canchas; su adicción a la cocaína que adquirió en su paso por Nápoles, lo hizo una víctima más de ese demonio que anda suelto por el mundo para capturar a jóvenes y viejos y llevarlos luego a las entrañas del infierno.

Sólo quiero referirme a ese jugador de fútbol que irrumpió ante los ojos absortos de los amantes de este deporte con esa magia que desparramaba en un potrero del barrio suburbano de Villa Fiorito, donde reina la miseria y abundan los sueños; desnudar sentimientos ante la presencia de ese iluminado que se estrenó como el más joven del balompié argentino en un juego de su Argentinos Juniors frente a Talleres.

El flaco César Luis Menoti le negó al mundo la oportunidad de ver a ese portento monzalbete en el mundial que ganaron los gauchos en su casa en 1978; que era muy tierno y no quería arriesgarlo, es lo que ha dicho el viejo técnico para justificar su deuda ante el mundo futbolístico.

Después vino todo. La exposición de su arte ante los pueblos hizo que fuera un emblema de lo argentino en todos los rincones para llegar a la cúspide de sus ambiciones deportivas en ese mundial mexicano del 86 con "la mano de Dios" y el otro gol a los inglés, que se consideró por muchos como lo más sublime que se ha visto en un campo de fútbol hasta ahora.

Personalmente tuve la fortuna de ver, ese sí, el mejor gol que hizo Maradona y, desde luego, la mayor obra de arte que se ha plasmado en una cancha; por lo menos, la más grande que vi en mi vida.

Fue en el estadio de Pereira, con la camiseta de argentinos, en un amistoso contra el Matecaña. Allí en occidental estaba yo en compañía de los jugadores Juanito Moreno y Antonio Herrán, entre otros amigos que habíamos viajado para ver al Diego. Al término de la primera parte ganaba el Pereira 2 goles por 0 y la figura había sido Osvaldo Pangrazio, autor de los dos goles. Con el ademán de subirse los pantalones, dijo entonces Juanito con un acento irónico: "vinimos a ver a Maradona y terminamos viendo a Pangrazio".

Como si lo hubiera escuchado el astro, cuando empezó el segundo tiempo, el argentino agarró la pelota para hacer la demostración más hermosa que sólo un puñado de privilegiados pudimos ver de lo que un hombre puede hacer con un balón de fútbol: gambetas, sombreros, pases milimétricos y al final, como un remate inolvidable, el gol de la historia: la pidió en su propia cancha y eludiendo rivales fue penetrando en el terreno adversario para enfrentar al arquero Roberto Vasco; lo encaró, lo sacó, lo volvió a esperar y volvió a eludirlo. Roberto saltaba de un lado a otro y no lo encontraba, ni a él ni al balón. Finalmente llegó a la raya de gol y mirando a los tendidos como los grandes artistas del toreo, empujó la pelota para firmar la más bella obra que se haya pintado jamás en el fabuloso mundo de nuestro deporte favorito.

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