James Padilla Mottoa
Me encanta la época de Navidad; no precisamente el 24 y el 25 de diciembre, sino todo el tiempo que precede esas fechas, desde el 31 de octubre. Creo que soy el precursor de las navidades desde septiembre, mensaje que recogió posteriormente toda la radio para empezar su programación especial de una música a la que los colombianos dimos en denominar como del género parrandero.
Me gustan las luces de colores diversos que engalanan casas, calles, parques y avenidas, el ingenio de hombres y mujeres para realizar una especie de artificios que le da un realce fantástico a la temporada maravillosa. Definitivamente soy adorador de los pesebres: me parece algo tan lindo, tan propicio para dejar fluir el torrente de creatividad que tenemos los de esta tierra. Además, porque en las novenas que se rezan alrededor del pesebre se vuelve a lo esencial de la fiesta que no es más que la adoración al Dios Niño que queremos recordar en su pobre nacimiento en el portal de Belén.
Me gustan las navidades porque son la ocasión del reencuentro; es como una trompeta que resuena en todo el mundo para invitarnos a volver. Volver a la tierra que dejamos un día, para volver a abrazar a los seres queridos que siempre nos esperan, a los amigos y a las calles que recorrimos un 25 de diciembre ya lejano, en una carrera que era una locura, orgullosos de hacer sonar un gallito de papel que había venido en el regalo del Niño.
Me enorgullece ser colombiano porque es aquí donde se celebran las mejores navidades del mundo: nadie más tiene la música parrandera (la de antes), la que crearon ingeniosos artistas que supieron mezclar con ese ritmo pegajoso la picaresca nacional. En Europa alumbran calles y parques e instalan enormes árboles que son el centro de atracción, pero no se les ocurre adornar los balcones, con una ventaja que tienen cual es la uniformidad de las construcciones.
En los países del norte del continente americano también se vive alegremente la Navidad, con los árboles que van a seleccionar y cortar en jornada singular que reúne a los miembros de la familia; y también hay luces y adornos especiales, pero, pobrecitos, no tienen natilla ni buñuelos y mucho menos el chanchito para sacrificar en la cuadra. No hacen pesebres ni novenas y Dios difícilmente está presente.
Por todo esto somos los campeones mundiales en la celebración de las navidades, aunque con la imbecilidad de la pólvora y el exagerado consumo de licor que para en riñas de resultados impredecibles.
Pero tengo que confesarles algo: para mí las navidades terminan el 25 de diciembre y no sé qué hacer con los escasos días que le restan al mes. Me parecen melancólicos y la cuenta regresiva que acostumbran para llegar al último minuto del año, me asusta y me entrega la última dosis de nostalgia que puedo aceptar. Enemigo del alcohol y de la farra, me quedo sin saber qué hacer y con la esposa, los hijos, las nueras, yernos, nietos y bisnieta, nos miramos en silencio en la larga espera de las 12, para darnos un abrazo e irnos a dormir.
No me gusta el 31, y mucho menos los agüeros de media noche, ni tampoco me gusta Roberto Jairo Botero con su "Faltan Cinco pa' las Doce", una canción infaltable que nos tira de bruces a la aventura misteriosa de un año nuevo. Por eso amigos, en mi última columna, me adelanto a desearles lo mejor en el calendario que ya toca la puerta y especialmente que Dios nos dé a todos mucha salud, ya que lo demás podremos conseguirlo.
COLETILLA. – A última hora informaron todos los medios sobre la muerte del Rey Pelé. Inicialmente creí que era una falsa noticia, pero luego tuve que rendirme ante la cruel realidad. Con él se muere también el momento más grande, más sublime del deporte bello que ahora lo arrastran las apuestas hacia el despeñadero. Ejemplo del fútbol, dentro y fuera de la cancha, con él se va también un pedazo de nosotros, los de mi generación, aunque hoy, de verdad, comienza su leyenda.