Aldemar Giraldo Hoyos
Como ya se han presentado más de 21 ciclones tropicales en la cuenca del Atlántico, durante el año 2020, la Organización Mundial de Meteorología ha tenido que recurrir al alfabeto griego para bautizarlos, insistiendo en que, si un huracán ha dejado huellas imborrables, por su capacidad destructiva, su nombre no se repetirá por respeto a las víctimas y para no herir la sensibilidad de las personas afectadas.
Según Wikipedia, “La temporada de huracanes del Atlántico de 2020 es una temporada de ciclones tropicales en curso que ha presentado la formación de ciclones tropicales a un ritmo récord. Hasta ahora, ha habido un total de 31 ciclones tropicales o subtropicales, 30 tormentas con nombre, 13 huracanes y 6 huracanes mayores.”. Hay nombres que quedaron en nuestra memoria, hace un tiempo, como Gordon (1994), Hanna (2008), Hugo (1989), Katrina (2005), Andrew (1992), Sandy (2012), Mitch (1998), Fifi (1974), Flora (1963); dejaron una estela de destrucción y pérdida de vidas humanas.
Este año “IOTA” ha hecho de las suyas y ha destruido algo muy preciado por los colombianos, la isla Old Providence (Providencia), perteneciente al departamento de San Andrés y Providencia; el 90% de la infraestructura se ha ido al suelo, ha desaparecido su arquitectura vernacular raizal, verdadero patrimonio digno de recordar, en donde se forjaron historias, vidas y sueños. Imposible olvidar sus casas pintorescas de uno y dos pisos, cuyos postigos eran verdaderos catalejos para disfrutar el mar o las tradicionales carreras de caballos. Con nostalgia rememoro su puente multicolor flotante, su camino circular, sendero de la “chiva” turística y sus blancas playas bañadas por un mar matizado como una acuarela; en sus portones aprecié el inglés arcaico de los abuelos y el canto raizal teñido de nostalgia.
Providencia no será sólo recuerdos; renacerá como el Ave Fénix; su reconstrucción es responsabilidad de todos los colombianos. No hay derecho a que la respuesta sea tan lenta, se deja entrever la insensibilidad y la indolencia de las instituciones del Estado. No se trata de viajar para conseguir la foto en compañía de los que sufren. Si se han salvado bancos, EPS, equipos de fútbol y aerolíneas, con mayor razón hay que hacer hasta lo imposible para reconstruir el archipiélago, fuente de turismo que se levantará, gracias a la solidaridad de los colombianos y a la gestión del Estado. Que no se explote el dolor en beneficio de algún color político o credo específico; que la gestión sea sostenida en el tiempo hasta alcanzar los resultados necesarios. Hay que abrir los ojos para que no se exporten víctimas y para que los recursos sean destinados racionalmente; ojo, que no se repita lo de Armero o de Armenia. Urgente crear una verdadera veeduría que mantenga sus ojos abiertos e impida que los politiqueros corruptos hagan su agosto este fin de año. Recordemos que el Fiscal ya viajó con su familia a San Andrés al comenzar la pandemia; no es necesaria su presencia en la isla, en este momento.
Por favor, que todo el dinero que se vaya a despilfarrar pagando tiquetes y viáticos de oportunistas, se invierta en tejas y madera para Providencia. Como decía mi abuela:” Del árbol caído todos hacen leña”.