Fragmentos de una poética existencial

16 junio 2024 10:30 pm

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Carlos Alberto Agudelo Arcila

Fragmentos de una poética existencial. Mundos absurdos allanan mi cerebro, los vivo y soy un todo con ellos, me disgrego al grado de convertir la palabra en aparente lenguaje surrealista, sin perder la visión donde la realidad armoniza con lo onírico:

PUERTAS Y VENTANAS en el suelo. Se escucha una danza elemental para invocar la lluvia. A un hombre de ciento quince años acostado sobre tablas de madera se le siente un respirar lento. Una luz delgada penetra la habitación a través de un agujero en el tejado. El lugar abruma. Es difícil saber cómo un comedor pequeño en el centro de la sala se sostiene parado si las hormigas carpinteras desde hace tiempo destruyeron su estructura. El aire permanece pestilente. Afuera los arbustos se encuentran podados de manera artística sin saberse quién hace este trabajo magistral. Es un misterio el transcurrir en esta estancia. El anciano acostado sobre tablas de madera se levanta a escudriñar la parte de afuera no vista por él hace muchos años, con el dedo índice de la mano derecha señala en el firmamento la tarde radiante: una tempestad cae de inmediato como si la invocación por medio de la danza elemental hubiese logrado su cometido…

ME CANSA ESTA manera de decirle adiós a todo. Me cansa agitarle la mano a mañanas donde disimulo mi vivir detrás de una muralla sin salida. Me cansa el día y el crepitar bajo mis pasos sin destino. El mundo sigue su senda y la hierba gira sin descanso con el girar de la rueda en el asfalto. Hombro a hombro la humanidad atraviesa la rutina de nacer. Me cansa el disparo contra el aire de las aves. Me cansa el polvo de la sepultura y la mirada vacía del cráneo. Alguien va y viene y nunca se cansa del oro cuando da brillo a la tarde y la tarde se cansa de ella misma hasta morir en brazos de la noche. Me cansa el mutismo de la piedra y el duendecillo parado sobre ella…

MIENTRAS LLUEVE UNA gota permanece en la alfombra. Gota: lágrima suelta del firmamento de ojos azules. La mañana es fresa en el cesto de la bailarina del sol naciente. Llueve… El aguacero sin fin hace germinar la inocente flor en la tumba de César Vallejo. César ausente. Vallejo indaga su sombra herida de hombre solitario.

HUIR DE ALGO -no sé qué- Huir como único camino. El camino se llama huir – ¿no huimos a todo instante? – Huir del lunes sin pan en la mano. Huir del grito y no del eco. Huir del filo de la navaja y de sombras en el laberinto de papel. Huir de uno mismo hasta encontrar al niño crucificado contra la pared de una escuela donde otros niños apedrean la humanidad inocente. Huir de la gota y nunca de la tormenta. Entretanto el día se va río abajo en busca del ahogado de épocas inmemoriales.

EN BUSCA DEL viento perdido dentro del hospital sin pintarse de azul. El hospital gira alrededor de sus pacientes. Exclamaciones y suplicas dan contra el techo. Van y vienen los muertos sin ropa. La ropa de los muertos cuelga en alambres del patio de quienes un día llevaron a sus bocas el pan nuestro de cada día. Un portón se cierra y pronto se abre la oportunidad de ver crecer el pasto en el desierto lejano. En seguida se parte en dos el madero donde se crucificó el beso a la mujer nunca conocida. El viento abundante regresa a la una y…

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