ENSAYO/ Los siesteros y el desarrollo del Quindío

11 mayo 2024 9:39 pm

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Jaime Lopera

–“Es que a mí me gusta dormir la siesta”. Fue una frase, casi un susurro, que escuché de mi vecino de mesa durante la conferencia de un experto sobre salarios de ejecutivos. El experto venía hablando de los diversos y complejos sistemas de remuneración que existen en la economía colombiana, su relación con los aspectos tributarios, y algunas formas para diseñar esquemas de retribución adecuados para la época.

Al escuchar la escueta frase del extraño, una ceja de luz enorme se me abrió en torno al tema del desarrollo económico de mi propio Departamento. ¿Cómo era posible que se me hubiera pasado por alto ese detalle en todos estos años? ¡Claro! Allí estaba la clave de nuestras dificultades para hablar y crear el desarrollo económico regional: los siesteros.

“Hacer la siesta” y “crear el desarrollo regional” son, gráficamente, dos esquemas de trabajo diferentes. Los siesteros y los desarrolladores son dos concepciones distintas de ver el futuro. Si elegimos una u otra, allí podemos correr el velo para conocer una respuesta específica a los intentos de formar el liderazgo proactivo apropiado para los nuevos tiempos.

Porque los siesteros no quieren cambiar las cosas: quieren seguir durmiendo la siesta, quieren que la tradición de dormirla no se acabe y que los defensores del confort deben seguir siendo los amigos y paladines del confort. Por lo tanto no harán nada a favor del desarrollo económico porque éste significa cambios y, al mismo tiempo, complejos, peligrosos e incómodos agujeros al status quo.

Los siesteros están dominados por la molicie y nadie puede sacarlos de la cama al mediodía porque se les pueden secar los pensamientos por exhibirlos al aire. Ellos argumentan que las mentes salen más frescas después de una dormida, y no hay nada que pueda convencerlos de lo contrario. En fin, un motoso es, para ellos, una oportunidad para impedir que se hagan olas, que se innoven las cosas, que se sucedan los proyectos.

No obstante, ahí no acabó el asunto: cuando un gerente entusiasta y eficiente de la empresa privada compara su remuneración con la de un alto funcionario del poder judicial (la de un Juez, la de un Magistrado, o la de un ejecutivo de la Procuraduría, o de la Contraloría, o de las altas Cortes), queda de inmediato desquiciado y turulato. Con independencia de su formación o competencia, no existen indicadores sobre la eficiencia de estos funcionarios y ellos reciben, sin demasiado esfuerzo, remuneraciones muy altas.

Entonces ocurre lo peor, salvo algunas y notables excepciones: cuando un funcionario público llega a esos niveles altos de remuneración, se juega la vida para conservar ese empleo y garantizar su pensión. Se encierra en una jaula con aroma de prevaricaciones, congela sus ideas de desarrollo, entra al mundo malboro del confort y empieza a dormir la siesta todos los días, con pijamas y todo. Y esto lo hace, aunque tenga que pagar un precio bastante alto: tiene que disimular los roces con sus colegas, reducir los conflictos de la oficina al mínimo, atender requerimientos clientelistas, hacerse el de la vista gorda con las transgresiones, aceptar “almuerzos gratis”, favorecer la impunidad y, en fin, pasar lo más desapercibido posible. Allí, en esa jaula (por lo regular inmune), florece entonces un tipo especial de siestero que comulga con todas las formas de lucha en favor de la resistencia al cambio y la jubilación.

Aquella frase desganada de mi vecino de curso estimuló todas estas apreciaciones. Al principio me dio pena con mis amigos del sector público, pero después me dije que, si este mensaje le llega a un siestero, a uno solo que decida cambiar de actitud hacia el progreso, entonces el conferencista se habrá ganado con creces su presencia en la ciudad. Y en efecto, a los pocos días un juez de la República que estaba en la misma conferencia me hizo llegar discretamente el mensaje de que deseaba cambiar su situación porque, después de esa charla, le asaltaban serios sentimientos de culpa y más bien deseaba descansar con un ojo abierto el resto de sus días.

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