Cuento: Rutina

14 marzo 2020 6:49 pm

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A: En la cafetería comentó al médico, acerca de sus visiones:

Pensaba que era un simple trastorno de su imaginación, por causa de las cartas de la gerencia.

El trastorno venía repitiéndose y no sabía cómo evitarlo.

Dijo que al despertar veía descender por la pared, frente a su cama, un monstruo que iba hacia ella; que incrédula restregaba sus ojos, y se quedaba quieta, anhelante, aterrada.

El médico asumió por un momento una actitud pensativa; le expidió una orden para que realizara unos exámenes, y se marchó.

A la mañana siguiente regresó el monstruo. Sin dar tiempo a que pudiera defenderse, se arrojó sobre su cuerpo y sujetándola con las garras, la mantuvo inmóvil sobre el lecho; acercó su cabeza a la de ella, le hizo oler la fetidez de sus fauces, y con la fiereza reflejada en los ojos, le buscó la vena aorta, para hundir en ella sus colmillos.

Luchó tratando de escapar y esto enfureció más al monstruo, que empezó a emitir chillidos, y a poner más fuerza a su ataque; al descargar su cuerpo sobre ella, la hirió con los vellos que lo cubrían. Los colmillos penetraron su cuello; un líquido extraño entró a su cuerpo y en pocos segundos su sentido de la realidad se desvaneció; sintió un cansancio acumulado por años, y que sus órganos, sangre y huesos se convertían en un sorbete succionado por la trompa.

El choque emocional llegó a su extremo; creyó que de ella sólo quedaba una piel reseca sobre la cama, y que sus ojos aterrados miraban cómo la bestia, con el abdomen abultado, subía con dificultad y desaparecía por una hendija entre la pared y el techo.

Días después, realizados los exámenes, mientras el médico leía los resultados, ella comentó algo diferente:

Jamás llegué a pensar que después de veinticuatro años de trabajo continuo, la empresa me enviaría notas con llamadas de atención; luego, memorandos para citarme a diligencia de descargos, y ya no tengo que adivinar lo que dirá su última carta.

Al médico no le interesó la situación; era una consulta más; le dijo que no valía la pena recetarle, y con gesto indiferente le indicó que era hora de abandonar el consultorio.

Ella sabía que afuera tendría que enfrentar los afanes de la calle y del hogar. Y ahora en la oficina, soportar el acecho del jefe de sección, el acoso masculino, la repetición de sus tareas de escritorio.

Concluida su labor se dirigió hacia el monótono tic tac del reloj tarjetero, y sin sospechar que sería la última vez, introdujo la tarjeta para marcar la hora de salida. En la puerta recibió de manos del vigilante la carta: estaba despedida.

B: El caso de ella no era único. No me extraña sí mañana algunos empleados se contagian de otras alucinaciones. Ya pasará. Mientras tanto, debo conocer el estado general de cada uno de ellos, su historia laboral y clínica, si es posible su entorno familiar, y obrar de acuerdo a los protocolos; si es necesario, y el caso lo amerita, reporto a la gerencia y espero de allí la directriz a seguir.

Es normal que después de tantos años los empleados tengan desgaste, que su capacidad laboral disminuya, y la empresa sabe de antemano cómo implementar con sutileza los procedimientos adecuados para prescindir de ellos: indemnización, acoso laboral, recargo de trabajo. Y sin problema contratar nuevos empleados que laboren con mayores bríos.

No será una decisión dolorosa, pero pienso que a los empleados deberían capacitarlos para enfrentar la posibilidad de un despido.

Confieso que este caso fue uno de los muchos que conocí durante años, pero la empresa no me paga para recetar contra lo inevitable.

En cuanto a las visiones, pesadillas, fobias, manías, choques nerviosos y demás trastornos sicológicos, será una rutina que no podré evitar con algo diferente a dar mi concepto, para que la empresa prescinda de sus servicios.

Cinco años después del último despido, los directivos no sospechan que desde hace dos años vivo una situación similar. No sé hasta cuándo pueda ocultar y menos confesar por temor a que me despidan, que también empecé a ver, en las mañanas, un ramo de rosas que baja desde el techo de mí alcoba y se posa en mis manos.

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