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Crónicas de la Cuarentena: Un hombre solo en el Jardín Botánico del Quindío

10 abril 2020 6:18 pm
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Por Miguel Ángel Rojas Arias

Hace 20 días hablé con Alberto Gómez Mejía, el presidente y fundador del Jardín Botánico del Quindío y su maravilloso Mariposario, ubicados en Calarcá, en un área de 15 hectáreas. Era el día del toque de queda decretado en el Quindío. Le estaba pidiendo unos árboles, y me dijo: “con gusto, pero tendrá que ser después de la cuarentena”.

Tres días después lo llamé porque vi el aviso donde explicaban el cierre del Jardín Botánico. Y entonces le pregunté: ¿Doctor Alberto, y usted dónde está pasando la cuarentena? Y me contestó: “Aquí, en el Jardín Botánico, estoy encerrado solo, rodeado de plantas y animales”.

Ayer, Alberto Gómez nos sorprendió con un escrito sobre su maravillosa soledad en el Jardín, un edificio de árboles y flores y pájaros y mariposas y muchos animales más. Alberto, el protector del Jardín, camina por el bosque y nos cuenta:

“Ustedes se pueden imaginar fácilmente la serenidad que en el alma produce caminar por este bosque del Jardín Botánico, solitario y embellecido por los cantos de las aves. Al lado del sendero, saturado de hojas secas, se aprecian las pequeñas palmitas, muy abundantes que germinan en el suelo gracias a que los pájaros previamente han digerido las semillas.

También hay muchas chapolas nacidas de los frutos que arroja el formidable árbol de Costillo. Además múltiples semillas en el terreno de plantas muy diversas. Más allá me topo con unos arbustos de la familia de las solanáceas, a la que pertenece el tomate, con pequeños frutos blancos, que deben ser tóxicos, pero que decoran bellamente el camino.

La sinfonía de las aves es emocionante y me atrevería asegurar que estos cantos son in crescendo, por cuanto que la presencia humana disminuyó drásticamente desde cuando empezó la pandemia. Yo intento con mi silbido, de manera muy torpe, imitar a un pájaro que está enviando un mensaje, que por supuesto no entiendo. Trato de repetir sus notas pero el ave no se inmuta, no me contesta, y sigue con las suyas.

Los rayos del sol, a través de los pocos espacios del bosque, logran a veces llegar hasta el suelo y forman un tapizado de colores, maravilloso. El aire es tibio y siente uno que la vida se renueva en cada segundo en el insecto diminuto, casi imperceptible, y en las hojas tiernas de los árboles gigantescos, verdaderos amos del bosque.

Podría quedarme aquí, para siempre, en esta fascinación deslumbrante de la naturaleza. Tengo el alma verdaderamente sobrecogida”.

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