Por James Padilla Mottoa
No puedo decir que soy un apolítico total porque me interesa el futuro de nuestro país y las cosas terribles que hoy pasan. Por eso estuve siguiendo de soslayo las formas y estrategias de los llamados políticos, ahora en la campaña previa a las elecciones que se efectuaron el domingo pasado.
Mi percepción es que hemos caído muy abajo en la manera de hacer la política en los ambientes locales y nacional: los insultos, las provocaciones, las denuncias sin sustento de última hora, las mentiras, son la síntesis de todo los deleznable que se ha patentizado en estos tiempos dentro de eso que aquí seguimos llamando democracia.
Escuchando y leyendo respetables opiniones de personas de bien en nuestra sociedad, que se sienten asqueadas con toda la podredumbre arrojada en distintos sentidos por las campañas políticas, queda muy claro que aquí en Colombia la tierra vive abonada para la violencia. Porque de esa violencia verbal que destiló la contienda que acabamos de superar, fácilmente pasamos a la violencia física que ha sido el denominador común de la historia republicana.
¿Cómo puede concebirse que quienes quieren un sello distintivo de líderes sociales recurran a argumentos rastreros para desvirtuar ante los potenciales electores a quienes son sus contrincantes en aspiraciones políticas? Eso no es más que un minado con explosivos de rencor y odio entre los miembros de esta sociedad.
Ordinariamente, en discursos y escritos muy bien confeccionados, oímos y leemos consignas que invocan la paz como el bien mayor para poder llegar al desarrollo anhelado y superar las desigualdades que constituyen otro de los principales focos de la violencia que sigue ahogando en sangre a los campos y ciudades de nuestro país. Pero las actitudes y realizaciones de quienes buscan un protagonismo en la conducción de la sociedad están reflejando cada día un camino en sentido contrario, un camino que va directo al estímulo y germinación de odios irredimibles.
¿Y el verdadero cambio que necesita con urgencia este pueblo y que ha llevado a manifestaciones violentísimas en tiempos recientes, dónde está? Creo que la gran oportunidad para ese cambio, representada en la voluntad para elegir en las urnas valores nuevos y honestos para el Congreso de la República, una vez más se ha perdido. Porque si revisamos minuciosamente la lista de quienes resultaron elegidos, nos damos cuenta que prácticamente son los mismos, los corruptos y traidores del pueblo que los elige, salvo unas cuantas y honrosas excepciones que a la postre serán absorbidas por un régimen corrompido al que sólo interesa el dinero que llenará sus bolsillos, a despecho de la miseria y las vicisitudes del resto de sus compatriotas.